domingo, diciembre 10, 2017

II Domingo de Adviento
Isaías 40, 1-5. 9-11; 2 Pedro 3, 8-14; Marcos 1,1-8

«Una voz grita en el desierto: preparadle un camino al Señor; allanad en la estepa una calzada para nuestro Dios»

10 diciembre 2017     P. Carlos Padilla Esteban

«Creo que sí es posible cambiar. Cuando menos lo espero Dios me dice que sí, que no dude. Que si creo en lo imposible Él lo puede hacer realidad. En mi vida, con mis gestos y mis manos»

Me gusta mirar a María embarazada en este tiempo de Adviento. Mirar su paso presuroso camino a Ein Karem. Su disponibilidad para el servicio. Con Dios hecho carne en sus entrañas. Me gusta pensar en su sí puro y firme en un momento de encuentro profundo con Dios. Un sí lanzado en las manos del Padre. Un sí confiado, de niña. Me gusta pensar que así comienza el Adviento. Con un sí filial y alegre de una niña y los pasos presurosos que suben la montaña, pasos de mujer. Así de sencillo. La niña inmaculada, libre de todo pecado. Pura y fiel. Me gusta mirar a María y creer que algo de su belleza se pegará a mi piel si me acerco a Ella, si me dejo cuidar por su abrazo, si me hago hijo dócil en sus manos. Hoy escucho: «Procurad que Dios os encuentre en paz con Él, inmaculados e irreprochables». Estoy tan lejos de ser inmaculado e irreprochable. Miro a la mujer vestida de sol que me mira. Miro a la niña que sube por los caminos que llevan a Ein karem, a Belén. Aún falta para que nazca Jesús. Hoy todavía no nace en mi alma. Ella es inmaculada, virgen y pura. Yo he perdido la pureza y la inocencia, la ingenuidad y la sencillez, de cuando era niño. Quiero que algo se me pegue de su belleza. Se lo pido. Me gusta mirar a María que mira a Dios, como dice el P. Kentenich: «Reflejo de Dios, espejo de la gloria de Dios, inmaculada concepción. Relación fundamental con Dios, con Cristo. Por el honor de Cristo María debía y tenía que ser concebida inmaculada. Virgen de las Vírgenes»1. María es el reflejo más puro de Dios. Su belleza viene de Dios. La creatura más bella jamás soñada. La más pura. Al mirarla veo a Dios. En su carne brilla Dios. Esa mujer vestida de sol me conmueve. La miro a Ella que camina al encuentro de Dios. La miro a Ella que me mira y viene hasta a mí. Llega llena de Dios. María concebida sin pecado. María llena del Espíritu. Me gusta contemplar su rostro, sus ojos, sus labios. Me gusta mirarla en su silencio elocuente. Con la fuerza contenida en sus gestos. Me conmueve su fidelidad en todo momento. Su sí repetido una y mil veces, cada mañana, cada noche. Miro a María mirando a Dios. Y miro a María mirándome a mí. Dice el P. Kentenich: «Aparece María más en su relación a nosotros, no tanto a Dios. María en su relación a nosotros. Madre de Cristo, Madre de Dios y Madre nuestra. Se trata de cómo Ella ayuda a que seamos redimidos. María como la gran educadora, nuestra educadora y como la educadora de los pueblos»2. María me mira en el camino a Belén. Se detiene para mirar mis pasos, para abrazarme, para quererme. Se conmueve al ver mi fragilidad. Yo le entrego mi pequeñez. Ve en mí una belleza que tal vez sea reflejo de la suya. Ve lo que yo no sé ver, cuando miro sólo mi pecado, sólo mi pobreza. Es mi Madre educadora. Quiere crear en mi alma un espacio de cielo en el que quepan todos los hombres. Es la tierra inmaculada en la que nace Jesús. En mi alma. Quiere que yo me refleje en su pureza y algo de Ella se me quede prendido en la piel. He perdido la ingenuidad y la pureza por el camino de la vida. He dejado de vestirme de su traje de gala, de fidelidad, de hermosura. No me siento a menudo digno de su amor. Y eso que busco sentirme querido. Hoy busco sus ojos en el Santuario. La encuentro, me encuentra. La miro a Ella vestida de luz. ¿Puedo ser inmaculado teniendo pecado? ¿Puedo ser puro habiendo caído? Miro a mi Madre que me mira. En sus entrañas lleva todo el amor de Dios y me lo entrega. Lo infinito recogido en la vasija finita de su alma. ¡Qué misterio tan profundo! En su carne llena de verdad nace Jesús. Y yo me

J. Kentenich, Milwaukee Terziat, N 21 1963
J. Kentenich, Milwaukee Terziat, N 21 1963


asemejo a Ella cuando me dejo amar. No sé bien cómo hace Dios los milagros. Debe ser que de tanto ponerme en su presencia me ha llegado un poco de su gracia. María lo hace posible. Puede mi vida llenarse de sol. Siento que el cielo se hace un hueco en mi espesura. Y su sí cobra vida en mis propios labios. ¿O es ahora mi sí el que yo pronuncio con su voz? «Hágase» grito con voz callada. Y quiero que mi carne enferma sane al tacto de sus dedos. Y su voz acaricie mi alma seca llenándola de vida. Y convierta mi impureza en pureza. Mi pecado en sanación. Quiero caminar con María por esos caminos de desierto hasta que se llenen de vida. Busco a su lado a su prima Isabel. Busco en Belén posada. Repito su sí con sencillez: «Fiat, hágase». Porque confío que su amor tan grande puede cambiar mi alma y hacer de mi vida un jardín inmaculado. Si dejo que Dios me toque por las manos puras de María. Ella me mira y me abraza. Y sostiene mis pasos lentos por el camino de mi vida. Me fío de Ella. La dejo hacer en mí hoy su morada. Para que todo en mí sea nuevo.

María escuchó al ángel hablando en su silencio: «Para Dios no hay nada imposible». Todo es posible para Él. No para mí que soy limitado y torpe. Quiero creer en su poder actuando en mi vida. Imagino lo que puede hacer si yo creo en Él. Si creo que puede actuar. Que puede vencer en mi debilidad.
María creyó en ese poder imposible. Yo quiero creer que Dios puede cambiarme el corazón. Y puede cambiar la vida de tantos a través de mi propia vida, de mis manos. Veo las dificultades del mundo. La oscuridad y el odio. Y me repito a mi oído esta misma frase. Sé que todo es posible para Dios.
Aunque yo crea que no es posible. Porque me cuesta ver que cambie algo. No veo que lo haga, que actúe. ¿Por qué no lo hace? Siento que su impotencia me quita la esperanza. ¿Y si realmente no actúa y no vence? ¿Y si al final me encuentro solo ante la muerte? ¿Y si no sana la enfermedad y no me devuelve la vida perdida? Me dicen que para Dios todo es posible. Pero yo no veo que sea real ante tanta muerte. El Adviento me habla de renovar la esperanza dentro de mi alma. Nada es imposible para Dios. Pero quizás no se adapta a mis deseos como a veces pretendo. Y juzgo a Dios porque no hace lo que le pido. Porque no es fiel a su promesa en mi vida tal como yo lo quiero. No creo en su poder. Por eso calculo mis fuerzas. Porque he dejado de tener fe. Pero hoy me dicen que para Dios todo es posible. Y vuelvo a creer. Y sé que Él no quiere actuar sin mí. Me necesita, cuenta conmigo, para hacer lo imposible. Quiere que lo busque en cada momento. Todo es posible para Dios, cuando abro la puerta y dejo que entre. Madeleine Delbrêl, asistente social en Ivry, Francia, que descubrió a Dios en las calles de la gran ciudad y en los anhelos insatisfechos de los hombres, decía: «Más allá de lo que hagamos, más allá de que empuñemos una escoba o una estilográfica, que hablemos o permanezcamos mudos, que zurzamos una prenda o demos una conferencia, cuidemos un enfermo o estemos escribiendo con la máquina de escribir. Todo eso es sólo la cáscara de una realidad maravillosa, del encuentro del alma con Dios minuto a minuto. ¿Llaman? ¡Abramos rápidamente!: Es Dios que viene a amarnos. ¿Vino alguien?: ¡Adelante! Es Dios que viene a amarnos. ¿Hora de sentarse a la mesa?: ¡Vayamos! Es Dios que viene a amarnos. Dejémoslo hacer»3. Es Dios que viene a hacer posible lo imposible. Viene a hacer realidad los sueños de mi alma. Viene a cambiar mi corazón que no se resigna a la vida que lleva y quiere algo más, sueña con algo más. Viene a amarme para que yo le ame. Quiero lo imposible. Pero es verdad que mis planes no siempre resultan. No logro eludir la cruz, o que sea esta más pequeña. No consigo caminar más rápido. Ni tener más de lo que tengo. Pero sigo sabiendo que para Él no hay nada imposible. Aunque no me toque ver a mí los frutos, ni el cielo en la tierra. Pero sé que puede forzar la puerta de mi alma. Puede sanar mis heridas más profundas. Puede hacer que me sienta en paz y no me queje tanto de la vida. En realidad lo que me sana es no querer lo imposible. No desear lo que no poseo. No pretender una vida sin cruces. Me sana no atarme a lo que tengo, a mis deseos, por miedo a perderlo todo. Lo que de verdad me hace libre es necesitar poco, y exigirle a la vida sólo lo que me da. ¡Cuántas veces mi oración es egoísta! Pido lo que a mí me viene bien. Pido lo que deseo y pienso sólo en mí. Giro en torno a mis necesidades. Y me enfado con ese Dios impotente que no me salva. Tal vez si cambio mi forma de mirar resulta que veo su poder actuando. Cuando dejo de pedir tanto y comienzo a esperarlo todo. Descubro entonces en mis propias carencias un camino de vida, una misión tan grande. Como le ocurrió al P. Kentenich: «Al ver cuántas personas han perdido su hogar, se suscita en mí una fuerza que me impulsa a poner todo mi amor a disposición de la gente. Permítanme confesarles que esta fue una de las fuerzas motrices que me llevaron a ordenarme sacerdote, poner a disposición de los hombres todas mis

3 Christian Feldmann, Rebelde de Dios


energías. No tengo a nadie, así ocurrió en mi caso, por eso el firme principio: lo que te ha pasado a ti, que en lo posible no le pase a nadie más. De ahí brota la fuerza para renunciar a uno mismo. Brindemos hogar a otros cuando nuestro propio corazón clame por hogar»4. El P. Kentenich sufrió tanto la soledad en su vida. Y creyó que la misión que Dios le confiaba en su herida era hacer posible que muchos no sufrieran lo que Él había sufrido. Dar hogar sin haberlo tenido. Y Dios hizo posible lo imposible a través de su corazón de padre, de buen pastor. Utilizó su vida rota, su tiempo tan finito, sus gestos torpes, sus palabras pobres. E hizo milagros haciendo que fuera posible lo imposible. Hoy Jesús me invita a mirar mi corazón. Y quiere que busque en el alma mi misión imposible. Desde mi herida. Esa misión que me parece inalcanzable. Sé que Dios lo puede hacer conmigo, porque para Él todo es posible. Mi misión tiene que ver con los hombres, con sus carencias, con sus heridas, con sus dolores. Hay tanta soledad y abandono. Hay tanta pobreza en el alma. Hay tanta angustia y amargura. Y mi vida puede hacer posible lo que parece imposible. Desde mi carencia, desde mi dolor. Mi misión concreta es la que me da luz y esperanza. Me gusta mirar así mi vida y creer en su poder infinito. En medio de la más negra noche aparece una luz. Cuando en la vida todo se torna oscuro, surge un destello de esperanza entre mis dedos. Parece todo perdido y brota la esperanza. Esta promesa de vida hoy llena mi alma. El Adviento me dice que para Dios todo es posible. Si creo. Es posible acabar con la negrura del alma. Es posible creer contra toda esperanza. Es posible sembrar amor cuando no he sido amado. Es posible perdonar lo imperdonable, aun no habiendo sido perdonado. Y creer que en medio del dolor más hondo es posible encontrar una esperanza a la que agarrarse. Aunque me siga doliendo. Y ver algo de luz con mis ojos ciegos. Es posible lo imposible cuando creo en ese Dios que me ama y me recuerda que tengo una misión que realizar. Que hago falta en este mundo tan roto. Que mi vida tiene un sentido que no alcanzo a distinguir al perder a un ser querido, al sufrir el abandono o la soledad, al caer enfermo. Cuando me encierro en mis miedos y angustias. Cuando no soy capaz de construir nada porque me vuelvo destructivo en mi pecado. Y no perdono mis actos, ni mi pasado, ni mis errores. Y entonces resulta que sí que es posible cambiar. Cuando menos lo espero Dios me dice que sí, que no dude. Que si creo en lo imposible Él lo puede hacer realidad. En mi vida, con mis gestos y mis manos.

Creo que el Adviento es un tiempo de silencios sagrados. En los que callo para oír la voz de Dios en el desierto de mi alma. El silencio y el amor están unidos. Comenta el Papa Francisco en Amoris Laetitia: «En el amor los silencios suelen ser más elocuentes que las palabras». Es Dios en ese silencio en el que me debato buscando respuestas. Ese silencio incómodo en el que espero oír su voz cuando permanece callado. O una señal que me indique cómo seguir buscando. Comenta el Papa Francisco en este Adviento: «En estos tiempos inquietos en que vivimos el misterio de la Encarnación nos recuerda que Dios siempre nos sale al encuentro y es el Dios-con-nosotros, que pasa por los caminos a veces polvorientos de nuestra vida y, conociendo nuestra ardiente nostalgia de amor y felicidad, nos llama a la alegría». Ese Dios que está conmigo, que sale a mi encuentro. Ese Dios que acampa en mi alma. Que viene a buscarme a mi silencio. Allí donde no hay voces. Donde apenas oigo. Viene para que haga silencio acallando mis gritos. Calmando mis ansias y agobios. Levantando mi desánimo en medio de mi tristeza. Quiero aprender a guardar silencio. Comenta Carmen Serrat: «Aprender a meditar nos ayuda a encontrarnos con nosotros mismos y disfrutar del silencio y la soledad». Sé que no siempre es tan sencillo disfrutar del silencio y la soledad. Son más cómodos los ruidos, las voces del mundo, la música, los tiempos inquietos. Me duele hacer silencio, contemplar. Me duele permanecer solo, sin nadie a mi lado que me sostenga. Prefiero volcarme en el mundo para no pensar. Porque sé que si pienso sufro. Si callo me agobio. Me abismo en la oscuridad del alma buscando resquicios de una luz sagrada que me calme. Callo, porque no quiero hablar demasiado. Porque en el amor que Dios me tiene sus silencios son más elocuentes que sus palabras. Como el silencio que guardan los amigos verdaderos en medio de sus pasos. O los cónyuges en un paseo a orillas de la vida. O ese padre que acompaña a su hijo enfermo. No hacen falta palabras. El silencio del amor es elocuente. «¿Qué haces?» Me preguntan.
«Nada». Respondo. Y acompaño la vida del que amo. Del que sufre a mi lado. Del que me necesita. Porque necesita más mi presencia que mis palabras. Porque las palabras no pueden contener todo lo que siento, lo que amo y lo que sufro. Porque en una palabra no cabe toda la eternidad. Quedaría

4 J. Kentenich, charla 1946


reducida a un concepto vano y frío, demasiado pequeño. Me gusta el silencio de María y José buscando posada. Un silencio inmenso. En medio de la incertidumbre de la vida que no controlo. Callan José y María. Yo también callo. Quiero guardar silencio ante mi amado que me busca. En esa cueva llena de silencios en la que Dios se vuelca. Y se hace carne. Y se hace noche llena de paz y plena de esperanza. Y se hace luz y estrella. Como escribe Jorge Luis Borges: «Toda casa es un candelabro». Y esa cueva, ese establo, se hizo casa, se hizo hogar. Y en medio del silencio el amor se volvió candelabro, luz, esperanza, destello de una vida que nace. En la oscuridad llena de silencios. Brota el llanto de un niño que se vuelve candelabro. Para mostrar lo densa que es la noche. Para dejar ver las siluetas sagradas de mi historia.

Jesús viene a mi vida con su silencio para consolarme, como dice el profeta: «Consolad, consolad a mi pueblo; hablad al corazón de Jerusalén, gritadle». Me habla al corazón. Quiero que Dios me hable siempre al corazón. Quiero que me grite y me consuele en mi dolor. Que se llene mi alma de sus palabras. De sus silencios elocuentes. De su amor profundo y cálido. Quiero tener a mi lado a Dios que se hace presencia que todo lo llena y colma. Yo me callo. Guardo silencio para escucharle. ¡Cuánto me cuesta no hablar, desconectar del mundo que está enfermo! ¡Cuánto me cuesta salir de la vorágine de la vida que me absorbe y me hace del mundo! Guardo silencio. Callo. Como esa persona que rezaba: «En el silencio sagrado de nuestro encuentro, te doy la llave santa que abre mi alma. Por si acaso mi vida se vuelve llanto. Por si acaso mis pasos se hacen cansancio. Déjame hoy guardar entre mis velos la palabra más bella jamás oída. Déjame llevarme dentro del alma esa caricia suave de tu presencia. El tesoro escondido que yo he encontrado. La palabra más dulce, oigo tu canto. No me dejes tan solo, amado mío. Sal a mi encuentro siempre, nunca te olvides. No me dejes tan pobre. Calma mi llanto. Llena con tu silencio mi alma callada». Así quiero tocar yo a Dios. Y que Dios me toque en el silencio del Adviento. Cuando viene a consolarme en medio de mis dolores. Cuando viene a calmarme en mis pesares. Quiero aprender a hacer silencio.
Ese silencio suave del alma, hondo y sagrado. Me cuesta callar. ¿Cómo hago para buscar el silencio? Necesito encontrar lugares y ambientes en los que me sea fácil callar. Una atmósfera de Inmaculada en la que sea fácil entrar en la presencia de Dios. Necesito en mi casa tener un lugar así. En mi alma. Necesito personas que me ayuden a callar para oír la voz que clama en el desierto: «Una voz grita en el desierto». Una voz. La voz de Dios que viene sobre mí, como aquel día vino sobre el vientre sagrado de María. Esa niña que sabía esperar en silencio. Que tenía el corazón en paz y no sufría. La miro a Ella en silencio y quiero como Ella guardar silencio para oír la voz que grita dentro de mi alma.
Guardar silencio y hablar menos. Callar mejor que hablar. El otro día me hablaban de una persona que había llegado a los noventa y nueve años. Me decían que nunca hablaba mal de nadie, no se enfadaba con nadie, no vivía amargada y con quejas. Pienso que esa mujer había aprendido a lo largo de su vida a escuchar, a callar, a aceptar. Con una sonrisa. Sin prisas. Con la paz en el alma. El otro día leía: «El silencio de la mirada consiste en saber cerrar los ojos para contemplar a Dios que está dentro de nosotros, en las regiones profundas e íntimas de nuestro abismo personal»5. Pienso que a menudo hablo mucho, escucho poco, critico y condeno. Vivo sumergido en la queja y la amargura. Y no tengo paz dentro de mi alma. ¿Cómo voy a poder hacer silencio? Cuando intento callar brotan palabras de queja. El Adviento me invita a acallar mis gritos, a calmar mis quejas, a vivir en paz. Busco la paz en lo más hondo de mi ser. «El silencio del corazón es el más misterioso. Podemos decidir no hablar y callar, podemos cerrar los ojos para no ver nada, pero sobre el corazón nuestro dominio es menor. Arde en él un fuego en el que las pasiones, la ira, el rencor y la violencia son difícilmente controlables. Al amor humano le cuesta configurarse según el amor de Dios. La ruta que lleva al silencio del corazón se recorre en silencio»6. Allí donde Dios me pide que escuche su canto es donde viene a verme. Allí donde callo para que Dios haga sagrado mi silencio. En lo más hondo de mi alma. Quiero callar y hablar menos. ¿Por qué no sé callar las quejas? ¿Por qué surgen con tanta facilidad el juicio de mis labios? Vivir en paz con todos, conmigo mismo. Es lo que sueño.

Juan es un hombre lleno de fuego en sus palabras. Y es un hombre frágil que vive en el desierto.
Dios manda un profeta para anunciar a Jesús: «Yo envío mi mensajero delante de ti para que te prepare el

Cardenal Robert Sarah, La fuerza del silencio, 49
Cardenal Robert Sarah, La fuerza del silencio, 49


camino». Juan es el profeta del testimonio. Es un interrogante en la vida del pueblo. Normalmente decido cambiar cuando alguien me habla de Dios de manera sugerente y atractiva. Sigo a quien admiro. Quiero vivir como vive aquel al que sigo. Juan testimonia a Jesús desde su humildad: «Juan iba vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Y proclamaba: - Detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero Él os bautizará con Espíritu Santo». ¡Qué anhelo de Jesús tenía Juan! Su Adviento fue toda su vida. Desde que saltó de alegría en el vientre de Isabel.
Desde que más tarde, movido por el soplo del Espíritu en su corazón, vivió en el desierto buscando a Dios. Desde que supo en lo más hondo de su alma que él sólo era el mensajero. El que iba a abrir el camino al Mesías. Era él quien roturaba la tierra. Dios le reveló un día su misión. Y él la aceptó con un corazón humilde. Esa misión tenía que ver con Jesús. Siempre he buscado escuchar un día en mi corazón la voz de Dios que me diga quién soy, para qué he nacido, a quién puedo ayudar, cuál es mi misión particular. Comenta el Papa Francisco en este Adviento: «En la diversidad y la especificidad de cada vocación, personal y eclesial, se necesita escuchar, discernir y vivir esta palabra que nos llama desde lo alto y que, a la vez que nos permite hacer fructificar nuestros talentos, nos hace también instrumentos de salvación en el mundo y nos orienta a la plena felicidad». Quiero escuchar para confirmar mi camino. Para optar con radicalidad por lo que me pide. Así fue como Juan vivió para esa misión. Me gustan las personas que se entregan del todo por aquello en lo que creen. Así lo hizo Juan. Él lo dejó todo por esa misión.
Pienso en su altura humana. Jesús mismo alabó su grandeza. Él cumplió lo que Dios le pidió. Jesús fue anunciado por él. Era sólo el testigo. La voz. La luz que señalaba a otro. Juan habló en la noche sobre el que sería la luz verdadera. Habló en el silencio de aquel que sería la palabra. ¡Cuánto anhelo tendría en su corazón por llegar a conocerlo! ¡Cuánto desearía llegar a ser su discípulo! Toda su vida llegaría a plenitud cuando se encontrasen de nuevo. De niños ya se habían encontrado. Jesús vivió oculto, escondido. Juan comenzó su misión antes que Jesús. Escuchó a Dios en el desierto, en el silencio de su alma. Y obedeció. No quiso brillar por sí mismo. Renunció quizás a sus propios sueños. A una misión más vistosa y elogiada. Dios le regaló el único sueño de esperar, de hacer esperar a otros, de preparar, de allanar, de cuidar la vida de los demás hasta que llegara Jesús. Juan fue un hombre de desierto. Se alejó de Jerusalén. Creo que para preparar el corazón hay que alejarse un poco de la propia vida con sus ruidos. Para tener más perspectiva. Para rezar con calma. Tengo que vaciarme de mí mismo, de mis cosas. Esa es la propuesta de Juan. Cuando llegue Jesús, ya no hará falta el desierto. Sólo será estar con Él, a su lado para siempre. Pero la espera tiene algo de noches estrelladas de desierto. En la ciudad, las estrellas no se ven. En la noche del desierto, sí. A veces hay que detener los pasos para mirar el corazón. Para mirar el cielo. Para mirar mi vida. Y tocar la sed que tengo. El ansia de Dios. Esa sed ya es Adviento. ¿Cómo es mi sed? ¿Qué necesito que Dios toque esta Navidad? Quiero tocar el desierto en este Adviento. Caminar por la vida con esperanza. Jesús ya llega. Siempre llega. Viene de nuevo.

El Adviento es el camino de José y María hacia Belén. Es la estrella de los magos en medio de una noche. Y es también el desierto en el que Juan anuncia y pide cambiar el corazón. El Adviento es para mí lo que espero, lo que deseo, lo que necesito. Le pido a Dios que me regale ser como Juan, un hombre íntegro, un hombre de una sola palabra. De una sola misión. El hombre que anunció a Jesús y desapareció cuando llegó Él. Anunció humilde a alguien mayor. Le pido que me regale el don de hacer un camino para Cristo en lo profundo de mi alma. Que me ayude, como él, a dedicar mi vida a preparar en otros su llegada. Quiere que consuele a mi pueblo. Que hable al corazón de los hombres. Esa es mi tarea. Mi manera de anunciar es consolar y hablar con palabras de compasión al corazón del que está a mi lado sufriendo. Sin dar lecciones. Quizás sólo estando, cuidando, consolando.
Porque mi esperanza es que viene pronto el que tiene en su mano el sentido de mi vida. Juan primero tuvo que allanar su alma, abajar las montañas, subir los valles. Despejar en su interior el camino a Jesús. Siempre es así, nadie puede anunciar lo que no ha vivido todavía. Pienso que los apóstoles, cuando anunciaron a Jesús, anunciaron su propia vivencia de Cristo. Su historia de amor con Él.
Habían tocado su carne y habían visto su amor. Juan Bautista anunció antes de ver. Porque creyó en la palabra de Dios. Porque quizás su madre le habló de María. Y se fío. Su vida fue en función de Cristo. Así quiero vivir yo. Sabiendo cuál es mi tarea. Y construyendo mi vida en función de Cristo. Pienso que como sacerdote tengo algo de Juan Bautista dentro del alma. Hablo de Cristo a otros.


Preparo sus vidas para Él. Ayudo a favorecer su encuentro con Jesús. Y después, tengo que desaparecer. Sin ponerme en primer plano. Dejo paso a Jesús. Me gusta Juan porque no cayó en la tentación de ponerse en el centro, de buscar títulos, de esperar elogios. Su agua no es nada en comparación con el fuego del Espíritu que traerá Jesús. Su humildad, su honestidad, su verdad, me conmueven. A veces, temo anunciarme a mí mismo. Busco que me reconozcan. Me pongo en el centro. Hoy miro a Juan. Miro su amor por Jesús. Su esperanza. Su fe. Su pasión. Me ayuda con su testimonio a ponerme yo a un lado para que pase Jesús. Juan es el hombre del Adviento junto con María y José. Los tres esperaron. Los tres se fiaron de la palabra de Dios. Los tres cuidaron en su alma el anhelo de Dios, hasta el final.

Hoy viene Juan a predicar un bautismo de conversión. Viene con sus palabras a rescatarme de mi fragilidad y de mi pecado. Su tarea fue ayudar a otros a cambiar de vida. Es lo que me dice hoy con sus palabras firmes. Me asegura que el Espíritu Santo es el que puede cambiarme. Me dice que voy a poder dejar lo que estoy viviendo para optar por un nuevo camino. Sus palabras me ayudan a preparar el camino al Señor que nace: «Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos. Juan bautizaba en el desierto; predicaba que se convirtieran y se bautizaran, para que se les perdonasen los pecados. Acudía la gente de Judea y de Jerusalén, confesaban sus pecados, y él los bautizaba en el Jordán». Es necesario cambiar de vida para encontrarme con Jesús. Hace falta iniciar un nuevo camino. Tengo que ser capaz de pedir perdón y reconocer los pecados. Allanar mis montes. ¡Qué importante es la confesión sacramental para volver a empezar! Decía el P. Kentenich: «La confesión es para ayudar, no para complicar». Confesar mis pecados significa mirar en lo hondo de mi alma y reconocer mi fragilidad. Ver lo que hago mal, lo que no hago, lo que podría hacer mejor. Ver mis palabras de quejas y mis silencios amargos. Supone saber lo que quiero hacer bien y dejar de hacer lo que estoy haciendo mal. Para ello es necesario allanar el orgullo y acabar con la vanidad. Someter la soberbia y el egoísmo.
Levantar el valle del pesimismo y la tristeza. Vencer la crítica y la envidia que me hacen tanto daño. La confesión me hace más niño ante Dios. Más filial, más dócil. Me hace más puro desde mi impureza reconocida. No soy inmaculado, lo sé, caigo una y otra vez, pero sé que estoy llamado a ser propiedad de Dios. Quiero vivir consagrado a Él. Dice el profeta Isaías: «Preparadle un camino al Señor; allanad en la estepa una calzada para nuestro Dios; que los valles se levanten, que montes y colinas se abajen, que lo torcido se enderece y lo escabroso se iguale». Miro hacia delante. Reconozco mis caídas y fragilidades. Soy pecador. Pero pienso en la tierra nueva, en el cielo nuevo que me anuncia Dios, y el corazón se alegra. Miro mi pecado y mi fragilidad, consciente de que es Dios el que viene a salvarme. Pero me cuesta a veces reconocer mi debilidad. Me resulta complicado ver mi impureza. Comenta Pío XII: «El mundo moderno ha perdido el sentido del pecado». Y escribe Pablo VI en 1964: «No encontraréis ya en el lenguaje de la gente de bien actual, en los libros, la tremenda palabra, que, por otro lado, es tan frecuente en el mundo religioso: la palabra pecado. Los hombres, en los juicios de hoy, no son considerados pecadores. Son catalogados como sanos, enfermos, malos buenos, fuertes, débiles, ricos, pobres, sabios, ignorantes. Pero la palabra pecado no se encuentra jamás. Se ha perdido el concepto de pecado». Vivo en un mundo de personas enfermas y rotas. Hoy cuesta hablar de pecados y de pecadores. Y sé que los hay. Yo mismo lo soy.
Soy causa de la ruptura de Dios en mi vida. Cuando le cierro la puerta y me alejo. Cuando no escucho sus palabras. Cuando me cierro en mi egoísmo a otros. Cuando no amo. ¿Por qué me cuesta tanto reconocer en alto mi pecado, mi miseria, mi debilidad? Sé que es humillante reconocer las propias caídas. Me es más sencillo hablar de mis logros y éxitos. Valorar mis conquistas. Resaltar mis talentos. Pero me cuesta sentirme pequeño y frágil. Es una humillación que me hace daño. Llego a la confesión y no sé ver mis pecados. No soy consciente de mis omisiones ni de mis acciones que hieren. No veo actitudes faltas de misericordia. No encuentro nada digno de ser confesado. Veo más culpa en los otros. Sé ver sus pecados y sus faltas. Pero las mías me cuesta verlas. Rompo el vínculo con los hombres, con Dios, conmigo mismo, y no veo el pecado, no veo mi responsabilidad. Sé que la confesión sana ese vínculo roto, ese puente quebrado. Me libera de la carga que me pesa. Y al recibir el perdón sé que se sana mi alma por dentro. Me llueve la gracia que me levanta de mi vida miserable. Y crezco, avanzo, me levanto de nuevo sostenido por el Espíritu. Eso es el Adviento.

Dejarme educar por María, por Dios. Dejar que en mi pecado venga Dios a sanar mi alma enferma.

viernes, diciembre 08, 2017

Inmaculada Concepción


Terminado el mes de María, celebramos a la Inmaculada Concepción de María. CC. 

8 de DICIEMBRE
DÍA DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA

La fiesta de la Inmaculada Concepción de María nos aproxima a la llegada de Jesús.
Dios, desde todos los tiempos, preparó la joya más preciosa para que fuera la Madre de su Hijo. Ella, fiel al Dios de su pueblo, con su Sí profundo, dio lugar al plan de Salvación que el Padre trazó para los hombres tan amados por Él.
Dice José Kentenich: …el Padre recorrió la creación entera recayendo finalmente en la pequeña y humilde niña de Nazareth, que, como “Corona de la Creación” había salido de sus manos paternales. Desde la eternidad la había incluido en el plan del mundo y de la redención, entresacada de todas las mujeres y preservada de la culpa del pecado original. Pensemos en esta fiesta de la Inmaculada, cuánto amor y sabiduría demostró el Padre al crear a la Santísima Virgen, preparando aquella morada que acogería a su Hijo Unigénito”.
Eres bella María, hermosísima en tu pureza. A Tí alzamos los ojos y , contemplándote, contemplamos  lo más santo que ser alguno pudo encarnar. Te pedimos Madre Inmaculada enséñanos a amar y cumplir siempre la voluntad de Dios. Aseméjanos a Tí y purifica nuestros corazones, para que tu Niño pueda nuevamente nacer entre nosotros. Amén.
Silencio………..
Oh Señora mía………..

jueves, diciembre 07, 2017


Día 30 del mes de María
7 de diciembre

En el camino de vinculación a María por la Alianza de Amor, habiéndonos regalado hogar en el Santuario y habiéndonos dado gracias de transformación, quiere enviarnos como instrumentos   en sus manos a las lejanas tierras de Dios, para que podamos anunciar a muchos hombres la Alianza con Él. Quiere dotarnos de ricas gracias de misión para que en alegre disposición llevemos al mundo su mensaje. (María si fuésemos como Tú, P.K. pg.134)

Queremos ser instrumentos en manos de María.

“Madre piensa tú en mí,
Entonces mi pensar será luminoso y claro.
Habla tú por mí,
Y mi hablar será puro y veraz.
Madre, actúa tú por mí,
Será entonces justo mi actuar;
Santificado será mi trabajo
Y también mí descanso.
Penetra toda mi existencia,
Llena todo mi ser,
De tal manera que en mí pueda verse
Tu manera de ser y de actuar”.
(María si fuésemos como Tú, P.K.pg.135)

Oh, Señora mía..

Madre seguimos  tus pasos rezando los misterios de la luz.

miércoles, diciembre 06, 2017

REFEJO DEL AMOR DEL PADRE,
FORJADORES DE FAMILIAS SANTAS
CURSO 4 - PARAGUAY
CRÓNICA DE NUESTRA CONSAGRACION PERPUETUA

Bajo una intensa lluvia, el sábado 25 de noviembre a las 09:00 horas llegamos al Santuario en Tuparenda, cargadas de emociones indescriptibles, ilusiones, anhelos, amor y una paz interior inmensa.
Empezamos a las 8 con adoración al santísimo, seguidamente Padre Antonio Cops oficia la  Santa Misa y una vez finalizada la misma damos inicio al Rito de Consagración. Estuvimos todas presentes, además de nuestra educadora  Lux Elena y la Jefa Regional Liza. Cabe destacar, que durante toda la ceremonia nos acompañaron los hijos de nuestra querida hermana Ruth (+)
El día anterior viernes, realizamos una pequeña jornada nocturna en la casa de Claudia, en San Bernardino, ocasión en la que nuestra educadora, nos recuerda sobre las responsabilidades y obligaciones que asumimos al realizar este gran paso como Hermanas Federadas.  
Posteriormente allí en el Santuario se procedió a la elección de nuestra Madre de curso, responsabilidad asignada a Adalia.
Una vez finalizado la ceremonia nos dirigimos a una de las salas de la Casa del Peregrino donde nuestras hermanas de federación representantes de todos los cursos organizaron un maravilloso brindis. Compartieron con nosotras, familiares y los hijos de nuestra querida Ruth (+).

El curso 4 de corazón les agradecemos a todas las Hermanas Federadas que nos custodiaron con sus oraciones y capitales de gracias.



Día 29° del Mes de María
6 de diciembre

He ahí a tu Madre” Eso nos dice Cristo a cada uno de nosotros. Y es también el encargo para cada uno de nosotros: tenerla por Madre, dejarnos guiar por Ella al Dios Trino. Ella nos hace fácil esa Alianza. Debemos estar ciertos que si nosotros damos un paso hacia Ella, entonces Ella da diez a nuestro encuentro. Dónde quiera que la busquemos está ahí con su amor, con su sabiduría, con su poder. Pero también se ha elegido un lugar desde dónde con preferencia reparte su amor de Madre, desde donde, con preferencia reparte sus dones y gracias. (María si fuéramos como Tú P.K. pg.121)

 Dios eligió a su Madre, El Padre nos eligió a la Madre. Meditemos en silencio este pasaje, recibamos con el corazón cobijado la presencia Maternal de María. En cada momento, ante cada decisión, alegría o tristeza, tenemos a nuestro lado la presencia incondicional de María que no cesa un instante de educarnos y guiarnos en el camino de la gracia.
Queremos renacer cada día en íntimo dialogo con nuestra querida Madre.

Oh Señora mía…

Dialogamos hoy contigo Madre, rezando los misterios gloriosos. 

martes, diciembre 05, 2017

MES DE  MARÍA 5/12/2017
28° día

Reconocemos nuevamente la actitud de humildad sin límites, la servicialidad de la Madre de Dios, con la que entró en la casa de su prima. Encontró a tres personas y las tres recibieron algo maravilloso: María saludó a su prima (….) en ese momento Isabel se convierte en profetiza y el niño que lleva en su seno da saltos de gozo y dicen los teólogos que en ese instante quedó libre del pecado original. Zacarías, que estaba mudo por su incredulidad, la recupera por su encuentro con la Madre de la fe. Así vemos como la Virgen ayuda a todos los que con Ella se encuentren(…) ¡Gracias a Dios!(…..).
“De dónde a mí que la Madre de mi Señor venga a mi y me sirva?”.
La respuesta es sencilla:
                                  Porque Ella me quiere”. (María si fuéramos como Tú. JK. Pág 119)

Silencio interior…………………..
Querida Madre ¿qué otra palabra puede brotar de nuestras bocas si no es “¡gracias!, ¡gracias por este amor inmerecido!. ¿Y qué otra cosa puede brotar de nuestros corazones que agradecimiento? Un agradecimiento desbordante que nos colme y se derrame hacia los demás , llevándolo como Vos llevaste al amor por los caminos de Galilea. Un amor que se da generoso a todos sin excluir a nadie.
Madre del Amor que se brinda, enséñanos a ser generosas en el amor como Tú lo fuiste. Amén

Oh Señora mía……
Te acompañamos hoy en el camino con los misterios dolorosos.

lunes, diciembre 04, 2017

MES DE  MARÍA 4/12/2017
27° día

“María camino de la casa de su prima Isabel” - Basílica de la Visitación, Ain Karim (Israel)
Querida Madre: no dudaste ni un minuto….fue tan grande tu alegría que tenías que ir a compartirla con Isabel. Y sin temer las dificultades te pusiste en camino.
Nos dice tu hijo José:
“El Dios bueno , en su infinita misericordia y fidelidad no podía condenar a muerte eterna al hombre que Él había creado y que amaba. (…..). Como Dios justo (…) hace la promesa de una nueva alianza de amor: promete el Redentor. Dice que la mujer, la Madre de Dios, será el puente, el vínculo entre Dios y el hombre. (….)Ella debía sellar la alianza con Dios, como representante de toda la humanidad, e introducirnos a todos en su propia alianza de amor”.
Silencio interior…..
María , madre hermosa, sellaste la Alianza pero no te la quedaste en tu secreto interior, saliste a llevarla a otros y la noticia alegró a Isabel y transformó a Zacarías hasta poder nuevamente hablar: aquella gracia le llegaba por intermedio de María Santísima, dentro de la cual habitaba el mismo Dios.
Querida Señora en camino, concédenos aprender cada día un poco más de Ti y como contrayentes de la Alianza de Amor, danos la fuerza de salir a los caminos del mundo a llevar la “Alianza que transforma”. Solo contigo podremos hacerlo….
Oh Señora mía……
Te acompañamos hoy en el camino con los misterios gozosos.

domingo, diciembre 03, 2017

Consagración Perpetua Curso 4 de Asunción






























I Domingo de Adviento
Isaías 63, 16b-17. 19b; 1 Corintios 1,3-9; Marcos 13, 33-37

«Velad entonces, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa, si al atardecer, o a medianoche, o al canto del gallo, o al amanecer»

S. Francisco Javier 3 diciembre 2017     P. Carlos Padilla Esteban

«Dios me ama tal como soy sin yo merecerlo. Me ama en medio de mi pobreza. Se me olvida ese amor de hijo. Creo tantas veces que Dios sólo me ama cuando soy bueno, cuando soy fecundo»

No tengo muy claro si es la vanidad ese pecado que me pierde y me hace caer en la falta de misericordia. Me siento importante y de repente miro desde arriba, menosprecio y juzgo a otros. Llego a pensar que valgo sólo por lo que produzco, por lo que se ve de mis obras, por lo que el mundo aprecia en mis actos. Surge la vanidad en el alma, al creerme mejor que otros. Ese sentimiento insano penetra mi corazón y me hace vulnerable. Sí, cuanta más vanidad siento, más vulnerable soy, más dependo del aprecio de los demás, más condeno y juzgo. Y me vuelvo estirado. Distante. Algo prepotente. Presumido. Pretencioso. Busco la caricia que me haga sentirme bien.
Mendigo el reconocimiento de todo el mundo y siempre. Necesito el elogio y la alabanza para poder sonreír. Que me sigan miles, millones. Pretendo siempre gustar, caer bien y ser apreciado. Siempre y en todo. Y como no es posible y no suele suceder, me turbo y sufro. Es esa debilidad del alma que se abaja buscando la aprobación de toda creatura. ¡Qué pobre me veo entonces huyendo de la crítica y buscando siempre la aceptación del mundo, no la de Dios! No sé si es una tentación. O es que mi alma está enferma porque en algún rincón oculto tiene una herida de amor profunda que no soy capaz de reconocer. Alguna crítica no olvidada. Algún desprecio grabado. Mi autoestima permanece herida. El amor a mí mismo sufre. No me acepto, no me quiero, no me gusto y espero que los demás me acepten y me quieran. Se me olvida ese amor profundo de Dios grabado un día en mi alma. Y vivo como si Dios no me amara lo suficiente. Decía el P. Kentenich: «Dios es un buen padre de todos los hombres, un padre que con el más grande amor se preocupa de cada uno de sus hijos, de cada pequeñez en sus vidas, y todo lo dispone y conduce para el bien de cada uno»1. Ese amor incondicional de Dios, que me ama en todos mis fracasos y caídas, es el único amor capaz de sanar mis heridas. Es un bálsamo que me da aliento y paz cuando más lo necesito. Dios me ama tal como soy sin yo merecerlo. Me ama en medio de mi pobreza. Se me olvida ese amor de hijo. Creo tantas veces que Dios sólo me ama cuando soy bueno, cuando soy fecundo, cuando soy útil. Y si no soy bueno, no me ama, me aparta a un lado, se desentiende de mí, me olvida. Quiero tomar conciencia de mi valor de hijo. Recordar su amor imposible. Descubrir a Dios como Padre y saberme amado por Él en toda circunstancia, lo merezca o no: «Allí donde se ha despertado el amor filial, ¡cuánta impotencia se llega a sentir! Cada grado de amor filial profundiza la conciencia de nuestra debilidad. Sólo cuando el niño es pequeño, puede ser grande»2.
Experimento mi debilidad como hijo y me abro al poder de mi Padre. Sólo si descubro mi fragilidad y la entrego, puede Dios acercarse a mí. Sólo si confío. Me gusta tocar mi fragilidad, mi debilidad.
Solo no puedo hacer nada. El amor del niño que se sabe amado es heroico. Porque no se detiene ante los peligros. Confía plenamente en ese Dios Padre que lo quiere y sale a buscarlo en medio de la tormenta. Así es el amor de Dios, aunque yo me olvide. Le gusta verme impotente y débil para poder tender sus brazos hacia mí inclinando su rostro. Le gusta saber que lo necesito y clamo por su presencia. Que lo busco cuando siento que sin Él nada puedo. Es la experiencia de la filialidad la que necesito para aprender a vivir. Dios me ama cuando me reconozco pequeño. Dios me ama no porque sea poderoso, ni porque lo merezca. Dios me ama cuando dejo de lado mi vanidad y me siento

1 Christian Feldmann, Rebelde de Dios
2 J. Kentenich, Un paso audaz: El tercer hito de la familia de Schoenstatt, Rafael Fernández


humillado. Es por eso que se encarnó en la piel de un niño. Se puso a mi altura. Rebajó su poder y se volvió vulnerable, frágil, indefenso. Para despertar en mí la misma conciencia de debilidad. Me hago niño para descubrir el poder de Dios. Me vuelvo niño para poder tocar su amor misericordioso. Dios me quiere con locura y no me deja nunca. Me ama porque me ha creado como soy, me ha elegido, me ha soñado. Me ha imaginado con mis dones y defectos. Con mis capacidades e incapacidades. Me ama porque quiere sacar de mí la mejor versión de mí mismo, esa que aún no conozco. Y no quiere que sufra al verme incapaz de hacer todo lo que deseo. Yo con frecuencia caigo en la vanidad y busco el aplauso. Necesito que me reconozcan, que me halaguen. Y me vuelvo duro e importante.
Poderoso y fuerte. Como si no necesitara el amor gratuito de nadie para sobrevivir. Siento que todo se lo puedo exigir a la vida, alguien me lo debe. Me creo con derechos. No quiero la gratuidad de nadie, tampoco la de Dios. No deseo que me den algo sin yo merecerlo. Me vuelvo exigente conmigo mismo, con los demás, con Jesús. Ya no confío en que Dios me ayude si yo no hago nada, si no pongo de mi parte. No creo en su poder cuando experimento que no puedo. Creo más bien en lo que toco, en lo que puedo lograr. Me vuelvo vanidoso cuando me van bien las cosas. Me siento fuerte y entonces Dios no puede mostrarme su amor de Padre, no le dejo. Ve que no necesito su presencia y cercanía, y se entristece. Ve que no soy niño. Porque me he vuelto hombre rígido y seguro de mí mismo. No dudo de mis pasos. No temo. No confío en nadie. Quisiera aprender a ser más niño. Para poder entrar por la puerta pequeña de su alma. Quisiera volver a la edad aquella. Recuperar la inocencia perdida. Volver a mirar con ojos puros. Quisiera reconocer que no puedo hacerlo todo solo. Que necesito su amor, su abrazo, su cuidado, para poder seguir el camino. Sé que sin ese amor paternal de Dios no camino. Sin el amor maternal de María no logro avanzar. El Adviento es una vuelta lenta y pausada a mis años de niño. Cuando las sorpresas me asombraban. Y el tiempo era un presente eterno. Y no había preocupaciones. Ni miedos, ni prisas. Me gusta volver a ser niño dejando de lado mi madurez vanidosa. Me gusta volver a sonreír por nada. Y soñar con cosas imposibles, de esas que creen los niños. Cuando no hay muerte ni dolor. Cuando no hay nostalgia ni pérdida. Me gusta la mirada de los niños. Quiero volver a ser niño. Miro a Jesús.

No sé muy bien cómo digerir las alabanzas que recibo. Llegado al punto de escuchar un elogio no sé si hago bien alegrándome por dentro o sería mejor dejarlo pasar como las aguas del río, sin prestarle atención. Me repito a mí mismo que sólo soy un siervo de Dios, que hago lo que debo, nada más, sólo eso. Pero me engaño. Por dentro agradezco el halago, y me sienta bien el elogio. No quiero revestirme de falsa humildad. A veces me siento como queriendo esconder lo que me dicen, pero sin dejar de escuchar atentamente. Sé que la caricia me hace bien. Aunque al mismo tiempo me ablanda por dentro. Y caigo en la tentación de mendigar elogios siempre con la sonrisa en el rostro. Cuando me alaban me siento útil para el reino de Dios. Un instrumento apto en las manos de María. Pero cuando callan y no me dicen nada. Cuando me juzgan y critican. Cuando hablan mal de mí o simplemente no hablan. Entonces me turbo y me duele muy dentro el alma. ¿Cómo puedo prescindir de esa ayuda para caminar? Caigo en la vanidad de los elogios y las alabanzas. De los agradecimientos y menciones. Todo es vanidad. Porque vivo comparándome con otros. Buscando ser el mejor en lo que hago. Espero recibir lo mismo que reciben los mejores, nunca menos. Quiero más amor, más cuidado, más atención, más cariño. Siento que es vanidad que me preocupe tanto el qué dirán. El qué pensarán de mí si hago o si no hago. Si voy o si no voy. Si digo o callo. Vivo pensando en responder a las expectativas creadas en medio de un mundo tan vasto donde no abarco. No cumplo. No llego. Son en realidad las mismas expectativas que yo mismo he creado con mis palabras y gestos. Con los precedentes. Y entonces esperan algo que yo les puedo dar. Buscan oír lo que he dicho que no quería decir. Y me veo corriendo con los dientes apretados dispuesto a contentar tantas demandas, tantas exigencias. Quiero que todos sean felices por mi causa. Quiero ser luz, causa de alegría y esperanza. Y me vuelvo vulnerable al halago. Mendigo el abrazo amigo como algo tan necesario para darme. Espero la palabra amable que me haga sonreír. Y el consuelo del aprecio que levante mi ánimo. Es tan fácil admirar y adular a otros. Ensalzar y reconocer desde abajo al que yo mismo he subido a un pedestal. Porque me hace bien tener modelos a los que seguir. Ver reflejada en la carne humana esa santidad que anhelo. Y encumbro a otros hombres pensando que no cometerán errores como hago yo y no caerán. Su fidelidad será mi fuerza. Pero la fama es efímera. Y la carne humana débil. Y se me olvida en mi vanidad que todos fallan, yo el primero. Y dudo de


al ver caer a otros. Y temo caer yo mismo. Me olvido de la realidad del hombre que es débil y frágil. Hoy resulta tan fácil buscar modelos que no me ayudan a vivir. Modelos con valores diferentes a los que me hacen bien: «Quizás hoy hay modelos mucho más variados, y muchos desaparecen rápido. Tanto que ni siquiera da tiempo a memorizar sus nombres antes de que las estrellas más rutilantes de los firmamentos mediáticos se apaguen. Pero están ahí. Jóvenes y adultos los admiran y los aplauden. Se conocen sus historias y sus acciones, sus gustos y sus vicios, sus amores y sus flaquezas. Ese mirar –y admirar–a otros es humano. Es cierto que no todo es lo mismo. Quizás la grandeza de una época reside en saber admirar a quien merezca la pena»3. La grandeza del hombre es saber a quién admirar. Elegir bien el camino a seguir. Admirar y seguir las huellas de quien merezca la pena. ¿A quién admiro? ¿A quién sigo? ¿Quién muestra en su carne los valores que yo sueño? Quiero seguir al que tenga valores eternos reflejados en su carne humana y en sus pasos. Admiro a muchas personas, es verdad. Pero no sigo a muchas. Admiro sin temer su caída. Porque todo es posible. Todos podemos fallar. Y al mismo tiempo me asusta que me admiren. Porque genera la admiración una expectativa dentro de mi alma que me tensa. Pongo sobre mí la autoexigencia de no defraudar a nadie, de no ser piedra de escándalo. Con los dientes apretados lucho y corro por los caminos de la vida intentando no fallar y llegar a todo. Lo hago con un gesto de rigidez impuesto, en medio de mi cansancio. Sufro el miedo a defraudar. La expectativa que tantos tienen y que puede que no obtengan lo esperado. ¿Qué carga pongo yo sobre los hombros de aquellos a los que admiro? ¿Qué carga han puesto algunos sobre mis hombros? Tal vez exijo una perfección inalcanzable, una santidad intachable. O me la exigen. Porque tienen expectativas sobre mi vida. Es todo tan fútil. Vanidad de vanidades. Los años vuelan. El tiempo se escapa entre los dedos. Temo exigir a otros y exigirme a mí mismo más de lo posible. No puedo dejar de mirar a lo alto del cielo. No puedo dejar de mirar a Jesús hecho niño que me recuerda que soy barro. Sé que por mi piel puedo llegar a las estrellas. Necesito aprender a poner siempre en Dios mi confianza. Ser como Jesús en medio de la paz de una noche santa. La fragilidad humana es sólo el peldaño que me conduce a lo alto. O el peldaño por el que baja Dios descalzo para encontrarse conmigo. No me quedo en el dedo que señala la luna. Miro más alto del dedo, miro lo que señala. Creo en el poder de un Dios infinito reflejado en rasgos humanos caducos, en medio de una cueva. Y me admiro de que Dios puede hacer desde la pequeñez de mi vida obras tan grandes. Me conmueve tanto poder tocando mis miembros cansados. Puede hacer que mi voz obre milagros. Puede sanar con mis manos tan torpes heridas hondas. Puede levantar con mis pocas fuerzas al caído en medio del camino. Y puede hacer que mi sonrisa torpe dé aliento a los que viven sin esperanza, son tantos. Y yo temo dejarle actuar a Dios. Me asusta tanta cercanía en mi carne. Se me olvida que es Él el que está detrás de todo lo que sueño y espero. Sigo a muchos. Admiro a muchos. Pero sigo mirando en lo alto su poder de Padre que me busca y abraza. Y lanza lazos humanos para que suba alto, muy alto, a su regazo. Y no me quede en el dedo, en la vida, que lo señala a Él ante mis ojos.

Me gusta mirar este tiempo de Adviento como un tiempo de esperanza. Pero tengo que reconocer que muy a menudo no sé bien qué es lo que espero. ¿Qué expectativas tengo? A veces creo que espero mucho de la vida. Quizás mucho más de lo que pueda darme. Como decía Francisco de Quevedo: «Quien espera en esta vida que todo esté a su gusto, se llevará muchos disgustos». Espero que mis planes sean los de Dios. Quiero que todo esté a mi gusto, como yo lo espero. Quiero que mi vida sea una vida fecunda, próspera, lograda. Espero tener éxito y triunfar en todas las facetas de mi vida.
Espero no perder nada de lo que poseo y me da alegría, aquello que tanto amo. Espero tener más que ahora, aunque ya sea bastante. Ser más feliz que en este momento. Espero que llueva, que salga el sol. Siempre a mi antojo. Espero tener salud y amigos. Y dinero para disfrutar con ellos. Espero seguir como estoy, nunca peor, eso no. O mejorar mucho más allá de lo que ahora vivo. Tal vez he bajado mis expectativas a medida que han pasado los años y me he llevado muchos disgustos. O la edad me ha hecho más sensato, más realista o más pesimista. Sé que las cosas no están siempre a mi gusto. Por eso he sufrido. Y he llorado. Y he tocado el fracaso en mi carne humana, en un mar de lágrimas. De forma concreta, tosca y dura. Y la esperanza se ha vuelto más débil, o ha muerto. Tal vez es que, como me dice el P. Kentenich: «La vida interior se está extinguiendo»4. Y al vivir en la

3 José María Rodríguez Olaizola, Ignacio de Loyola, nunca solo
4 Christian Feldmann, Rebelde de Dios


superficie de mi vida, de mis cosas, las expectativas son menores. O no pretendo alturas que no poseo. Y dejo de esperar tanto. No le exijo tanto a mis días. O a lo mejor sí y cuando las personas me defraudan y no están a la altura esperada. Sufro, lloro, desconfío. Resulta que no son tan buenos como parecían. No son tan responsables y me fallan. Me hicieron creer que eran de una manera y son de otra. ¡Cuánto me cuesta aceptar la debilidad de los demás! ¡Qué difícil besar la realidad tal como es, aceptándola! ¿Podrá ser mejor? ¿Podrá empeorar lo que ahora vivo? ¿Qué es lo que espero de mi vida? Me gustaría tener una mirada más de Dios para mirar las cosas. Y creer más allá de lo imposible con los ojos alzados hacia Jesús. Pensar en el efecto multiplicador de la gracia en mis manos. En el poder de Dios para hacer posible lo que no es posible. Multiplicar ese pan que alimenta a tantos. No hablo de milagros extraordinarios. Sino de los caminos imposibles que Dios me hace seguir cuando me dejo conducir en sus manos. En lo cotidiano, en lo ordinario. Caminos interiores donde veo su mano. Y me veo más dócil. Más providente. Quiero tener una fe más práctica pensando que es Dios quien conduce mi vida necesitando mi sí. Decía el P. Kentenich: «Hablando humanamente, allí donde está operando una fe providencialista, jamás salen las cuentas. Observen que la fe en la Divina Providencia supone siempre oscuridad. Exige siempre saltos mortales: saltos mortales para la razón, porque jamás salen las cuentas. Saltos mortales para la voluntad, porque la razón no tiene seguridades intelectuales, terrenales, humanas»5. Me gusta pensar en el Adviento como el mayor salto mortal en la historia de los hombres. No salen las cuentas. Un niño pequeño en una cueva que trae la paz y es el rey. Hoy escucho: «Bajaste, y los montes se derritieron con tu presencia». Dios se hace niño impotente en medio de los hombres. Rompe los cálculos humanos. Baja, desciende, se hace débil, se hace creatura. Necesita el abrazo de una madre y la fuerza de un padre. Un cuidado infinito. No salen las cuentas. No es un cálculo lógico lo que se esconde en esa cueva de Belén. No está todo previsto y calculado en el corazón de José y de María. No hay tantas certezas. Hay muchas dudas y muchos miedos como en mí tantas veces.

Pienso que el Adviento tiene mucho de esperanza providente y mucho de nostalgia de infinito. Y hacen falta ojos de niño para seguir el camino que lleva de la noche a la luz. Del frío al calor de un fuego. Hace falta la fe en un Dios bueno que me quiere y conduce mi historia. Y quiere lo mejor para mí. Quiere que salga de mí la mejor versión de mí mismo. Espero en esa llegada que altere mis planes y me exija saltos de fe fuera de tantos cálculos. Saltos audaces y valientes que rompen todos los esquemas. Me gusta pensar en ese Dios oculto en los cielos que desciende en mi carne para cambiar los corazones. «Señor, Tú eres nuestro padre, nosotros la arcilla y Tú el alfarero: somos todos obra de tu mano». Espero en ese Dios alfarero, porque confío en que sus manos harán conmigo una obra de arte. Y por eso sigo caminando porque creo que Dios tiene algo bueno para mi vida. Lo mejor está por venir, por eso espero. No quiero dejar de confiar en su amor inmenso. Él baja a mí en medio de mis cruces y dolores. Viene a mí cuando me siento perdido en mi noche. Donde no hay estrellas, donde parece no haber esperanza. Viene a mí para abrazar mi cuerpo herido. Espero, quiero, deseo que venga de nuevo a mí en este Adviento. Necesito un milagro de Navidad para mi vida. ¿Qué es lo que espero? ¿Qué necesito? Hay tanto dolor, tanta injusticia que hiere mi alma. Lo quiero todo.
Quiero el amor infinito. La paz eterna. Sé que cuando llega esta época navideña surgen las dudas de los regalos. ¿Qué necesito realmente? ¿Me falta algo? Lo pienso bien. No necesito nada. En realidad estoy lleno de cosas. Lleno de bienes. Lleno de necesidades satisfechas. Lleno de cosas superfluas.
¿Tengo necesidades reales? Hay necesidades creadas por el consumismo. Me encuentro lleno en mi ansia de tener. Pero vacío en mi deseo de amar de forma plena y para siempre. Veo un vacío hondo dentro de mí que me produce nostalgia de lo eterno. Tengo en mi interior la esperanza de una vida más plena, más feliz, más lograda. Es el deseo que sigue estando anclado en el alma. Quiero vivir más de lo que hoy vivo. Y que no mueran aquellos a los que quiero. Que no mueran nunca y menos prematuramente. Aunque sé que a Dios se lo puedo pedir todo. Pero no le puedo pedir nunca explicaciones. Tal vez por eso quiero aprender a confiar más en Dios y menos en mis fuerzas. Quiero aprender a caminar con más hondura, aunque no sea más lejos, dejando mi superficie. Quiero vivir con una mirada más providente y no calculando a ver si tengo fuerzas suficientes para llegar a la meta. Mis cálculos humanos me pesan muy dentro y me hacen tan frágil. Es como si para dar un

5 Conferencia 1962, J. Kentenich, Christian Feldmann, Rebelde de Dios


paso tuviera que tener mil certezas en el alma para no dudar. Y las cosas que me sacan de mi esquema me ponen inseguro y me dan miedo. Me agobio y no pienso que es Dios actuando en mí cuando me sacan del molde. Y creo que soy yo el que actúa con mi fuerza mientras Dios me contempla maravillado. ¡Qué poca hondura tiene mi mar! Me hace falta adentrarme en mi interior buscando las huellas de Dios en mi historia. La esperanza es la que me llama a comenzar este Adviento poniendo mi confianza en ese Jesús que me sale al encuentro, hecho niño indefenso. Jesús viene a nacer en mi alma para cambiarme por dentro. Eso espero, lo necesito. Tengo expectativas.
Pero no vivo amargado ni defraudado cuando me asusta que Dios no haga realidad todos mis planes. Detrás de cada derrota vuelvo a confiar. Subo el umbral de mi tolerancia frente a las frustraciones. Soy tan pequeño. Y veo que puedo ser más tolerante con los que están más cerca. Mejorar mi ánimo cuando las cosas no suceden como esperaba. Superar mis disgustos con entereza. No espero ya que todo esté a mi gusto. Que todo me resulte. No es lo que espero en este Adviento. Espero más bien vivir anclado en Dios para no vivir continuamente con miedos. Espero más silencio y menos ruidos. Espero menos guerras y más paz. Menos divisiones y más unidad. Espero más abrazos y menos distancias. Espero más verdades y menos mentiras. Espero el cielo en la tierra y el corazón roto por un amor que todo lo desborda. Espero acercarme al que está más lejos. Y escuchar al que nunca llamo. Espero recorrer la distancia eterna que me separa del que me hizo daño. Espero cuidar al enfermo y visitar al preso. Espero dar de comer al indigente y hospedar al peregrino.
Espero escuchar al que me habla y animar al que me escucha. Espero hacer felices a los que me rodean, regalando mi tiempo. Espero dar la vida por los grandes ideales y no ser mezquino en mi entrega. Espero vencer mi pereza, y dejar de lado mis miedos. Espero ayudar al que sufre y sostener al caído. Sé que no es tan fácil todo lo que espero. Pero me dice Dios que siga esperando, que crea, que confíe. Y me pongo en marcha al comenzar el Adviento. Si Él va conmigo creo que puedo. Si Él me alegra en medio de mis penas, todo es posible. Por eso pongo todo en las manos de Dios que conduce mi barca.

Comienza el Adviento y yo quiero estar atento al paso de Dios por mi vida. Quiero vigilar y no estar ensimismado. Hoy escucho: «Mirad, vigilad: pues no sabéis cuando es el momento. Es igual que un hombre que se fue de viaje y dejo su casa, y dio a cada uno de sus criados su tarea, encargando al portero que velara. Velad entonces, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa, si al atardecer, o a medianoche, o al canto del gallo, o al amanecer; no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos. Lo que os digo a vosotros lo digo a todos: ¡Velad!». Sé que Dios da a cada uno su tarea. ¿Cuál es mi tarea? ¿Qué misión me ha confiado? Muchas veces veo muchas tareas y me siento pequeño ante ese desafío inmenso. Me desborda lo que esperan de mí. Todo lo que no hago. Veo las personas que me ha confiado Dios. Me ha puesto para que vigile. Para que esté atento a los peligros. Quiero estar en vela, quiero vigilar.
Pero a veces vivo ensimismado. El otro día una persona me hablaba de ese peligro del ensimismamiento. Sucede cuando sólo pienso en mí, en lo que me está pasando en el alma. Vivo agobiado por todo lo que me sucede. Sufro en medio de mis miedos. Entonces dejo de mirar más allá mi preocupación inmediata. No veo a nadie más que a mí mismo. No veo a Dios actuando en medio de mi desierto. Estoy yo solo ensimismado, preocupado, angustiado. Pero no veo a Dios sujetando mis pasos. Me gusta cuando Jesús me dice que vigile, que esté atento, porque viene a verme. Me gusta pensar que viene. Es verdad que no sé el momento en el que vendrá a mí. No sé cuándo me va a abrazar por la espalda sin que yo lo espere. No sé cuándo me va a decir que actúe o permanezca quieto. No alcanzo a ver su presencia en medio de mis noches y mis miedos. No distingo su rostro. No escucho su voz dentro de mí porque no callo. Quiero mirar y descubrir a Jesús en medio de mis días y oscuridades. En medio de mis tinieblas y mis fríos. Yo también espero un encuentro profundo con Él que cambie mi vida. Sueño con ver su rostro y tocar sus llagas. Quiero convertirme de una vez por todas. Me gustaría ver a Jesús que nace para darle un sentido a mi vida, yo de rodillas en esa cueva fría. Me alegra pensar en la posibilidad de verlo cuando estoy agobiado con tantos trabajos y preocupaciones. Quisiera vivir infinitamente despreocupado. Cuando me superan los compromisos y no doy abasto. Cuando vivo ensimismado, preocupado y agobiado. Y entonces me faltan las fuerzas para caminar yo solo. Y quiero que Jesús venga a mí y me diga que está conmigo, que me necesita, que ha nacido para darle sentido a mi vida. Anhelo tocarlo, como María tocaba a Jesús niño en su regazo. O como S. José lo miraba conmovido. O como lo contemplaban esos magos y pastores


que lo dejaron todo por ver a Jesús. Quiero ver su rostro en medio de una cueva, en medio de mi noche, en esa noche de Belén, esa noche fría de invierno. Pero creo que me duermo con frecuencia preocupado del mundo que me inquieta. Me faltan las fuerzas para vigilar siempre y estar atento a lo que pueda ocurrir. Será culpa de mi pecado. Culpa de mis faltas e imperfecciones. No soy perfecto.
Me canso de tanto esforzarme y vigilar. Me cansa estar siempre atento. Necesito la fuerza de Dios para seguir de pie. Decía el P. Kentenich: «Cuando esa tarea de vigilancia descansa sólo en la virtud, no podremos liberarnos del cansancio, similar a aquel que sufre el vigía en su torre cuando se fatiga de tanto mantener la atención sobre el horizonte y evitar toda distracción. Para cumplir la labor de velar, y estar atentos, hace falta el auxilio del Espíritu Santo»6. Veo tantas imperfecciones en mi alma. Tanto pecado. Tantos buenos propósitos incumplidos. Veo que no hago lo que deseo hacer. No hago el bien que sueño y no evito el mal que temo. No vigilo. No estoy atento para ver dónde soy tentado en la vida y me dejo llevar. No amo con hondura a los que me aman. No me doy con generosidad cuando me lo piden. Necesito que venga su Espíritu.

Me pongo en el centro de todo, ensimismado. Es verdad, a veces vivo sólo para mí. Tal vez el voluntarismo de una vigilancia esforzada me cansa por dentro. Quiero entonces mirar a lo alto. Sin la fuerza del Espíritu no puedo vigilar nada. No puedo permanecer en la atalaya en vela para ver los peligros. Y no puedo velar toda la noche para esperar el paso misericordioso de Jesús por mi vida.
Me quedo dormido. Me canso de tanta espera. Y digo con San Antonio: «Te hemos seguido a ti. Nosotros criaturas hemos seguido al Creador, nosotros hijos al padre, nosotros niños a la madre, nosotros hambrientos al pan, nosotros sedientos a la fuente, nosotros enfermos al médico, nosotros cansados al sostén, nosotros desterrados al paraíso». He seguido a Jesús, eso es verdad. Lo he seguido y me canso de dar pasos sobre sus huellas. De tanto subir las cumbres. Quiero descansar sin dejar de vigilar. Comenta Fray Pablo de Venecia, uno de los testigos en el proceso de canonización de Santo Domingo: «El maestro Domingo le decía a él y a otros que estaban con él: ‘Caminad, pensemos en nuestro Salvador’.
Dondequiera que se encontraba Domingo hablaba siempre de Dios o con Dios; nunca airado, agitado o turbado, ni por la fatiga del camino, ni por otra causa sino siempre alegre en las tribulaciones y paciente en las adversidades». Miro a santo Domingo. Quiero vivir como él. Él descansó en Dios y fue fiel en el camino. Quiero pensar siempre en Jesús. Él quiere que descanse en sus manos. No quiere que me rompa. Me abraza, sale a mi encuentro en este Adviento para que sea luz y alegría para muchos.
Decía el Papa francisco: «La imagen más honda y misteriosa de cómo trata el Señor nuestro cansancio pastoral es aquella del que ‘habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo’ (Jn 13,1). La escena del lavatorio de los pies». A veces pongo el acento en exceso en mi fuerza de voluntad, en la fuerza de mis propósitos. Y me agoto. Me digo a mí mismo que voy a mejorar a fuerza de golpes. Que voy a seguir subiendo por las montañas más altas. Y pienso que voy a tocar la cumbre. Pero no puedo. Me faltan las fuerzas. Me rompo. Miro a mi alrededor buscando ayuda. Me siento tan débil. Es el cansancio sano del que lo da todo por amor a todos. Es el amor que quiero vivir. Pero a veces tengo el cansancio enfermo de mi baja autoestima. Que me hace desconfiar de mis fuerzas. Me canso de mí mismo y no acepto mi debilidad y mi torpeza. ¿Cómo puede Dios enamorarse de mí? Él me ama.
Hoy me levanto de nuevo para volver a vigilar porque ha venido Jesús a despertarme. ¿Qué tengo que hacer? Necesito la fuerza de Dios para no acabar claudicando. Necesito su mano para no tropezar de nuevo. Vigilo, con los ojos abiertos, con el corazón tranquilo. Algo puede suceder si dejo que Jesús venga a mí. «Ven, Señor Jesús». Le grito. Quiero que salga a mi encuentro, pero a veces me impaciento. No sé si valgo yo para esa vigilia tranquila. Para esa vela paciente. No soy nada paciente. Desde pequeño me lo decían. Lo quiero todo ya, ahora mismo, ayer mismo. Me falta paciencia para vigilar atento, para velar hasta que Jesús pase, me entra el sueño. Es verdad que lo busco y lo quiero. Deseo su presencia en mí cada día. Sueño con esperar pacientemente su venida. El Adviento es una oportunidad que Dios me da para crecer en la paciencia. Cuatro semanas. Cuatro domingos. Tanto tiempo para velar a su lado. Un camino corto esperando que nazca un niño muy dentro del alma.
Quiero aprender a confiar cada semana. Decido vivir el Adviento como un camino pausado buscando a Jesús que nace en medio de mi vida.



6 J. Kentenich, Envía tu Espíritu