lunes, noviembre 12, 2018

Mes de María

Día 5 - 12 de noviembre


"QUE SE HAGA EN MI SEGÚN TU PALABRA"
TEXTO: Lucas 1,38

Meditación P. Rafael Fernández
Muchas veces hemos escuchado el relato de la Anunciación a María y cada vez que lo oímos descubrimos en él nuevas dimensiones. Es el diálogo del Dios que busca y requiere al hombre, que interviene en la historia para salvar, del Dios que respeta su criatura, y que, por así decirlo, se inclina ante la libertad que él mismo lo otorg6. Y frente a este Dios, está una persona, María, que sabe admirarse al recibir la visita del Señor, que se manifiesta íntegra y consciente, que acoge la palabra, pero no con una actitud pasiva, sino lúcida, que se pregunta a sí misma qué significa aquello que escucha, que interroga, que toma la posición que le corresponde ante Dios, no como un esclava, sino como una criatura que se sabe amada y requerida.
No pretende tener una claridad absoluta, no intenta saber todos los detalles de la realización del plan que Dios le propone. Le basta asegurarse que Dios así lo quiere, pues él, que es sabio y poderoso, le irá mostrando luego, paso a paso, el camino por recorrer. Se da con él un diálogo de amor y de entrega mutua. María responde sí; ella se confía con todo su ser a la voluntad divina, asume libremente con total responsabilidad la proposición y el don del Señor. Lo hace con alegría y abandono, y, al hacerlo, está consciente de que asume un riesgo, pero no trepida por ello en dar su sí.
¡Qué contraste muestra esta escena con lo que generalmente siente el hombre contemporáneo en su relaci6n con Dios! Para este hombre, Dios es un ser lejano, etéreo; él no piensa que pueda establecerse con Dios un diálogo, donde hay pregunta y respuesta, donación y aceptación, con esa libertad propia del amor, que no violenta, que respeta, pero que, a la vez, es tremendamente exigente. Piensa que someterse significa esclavizarse, quizás por la experiencia vivida ya en al propio hogar, donde el padre, la autoridad dentro de la familia, ejercía su poder con distancia y despotismo, imponiendo su voluntad.
¡Gracias a Dios que también tenemos otras experiencias! Porque, ¡con cuánto gusto hacemos la voluntad de quienes amamos, con qué alegría damos nuestro sí a quienes queremos de corazón! Nunca se nos ocurriría pensar que ese sí disminuye nuestra libertad o que menoscaba nuestra dignidad. ¡Con cuánto abandono nos confiamos a aquello que nos propone alguien que sabemos que es sabio y prudente, que quiere, por sobre todo, nuestro bien y que es suficientemente poderoso como para guiarnos a través de las dificultades.
Quien está allí, ante el mensajero de Dios, no es más que una muchacha, una joven quizás no mayor de 15 años. De su sí dependía nada menos que la encarnación del Verbo de Dios. En verdad, no sólo ella se arriesga sino que es también Dios el que se arriesga, como se arriesgó con Adán y con Eva. Parece que ese Dios no se asusta ante la pequeñez del hombre. Es el mismo Dios que dice al profeta Jeremías: "Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía, y antes que nacieses, te tenía consagrado; yo te constituí profeta de las naciones. Yo dije: "¡Ah, Señor Yahvé! mira que no sé expresarme, que soy un muchacho". Y me dijo Yahvé: "No digas: 'Soy un muchacho', porque adondequiera que yo te envíe irás, y todo lo que te mando dirás, porque yo estoy contigo y para salvarte". (Jer 1,5 ss.)
El ángel también había dicho a esa muchacha de Nazaret: "No temas, María, porque has hallado gracia ante Dios... Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo". María, a diferencia de Jeremías, no se defiende, no alega que ella es muy pobre y pequeña para deshacerse así de la responsabilidad que se lo confía.
Su pequeñez no es un obstáculo. Al contrario, ella misma lo proclamará en su cántico de alabanza: "Magnifica todo mi ser al Señor, porque ha mirado la pequeñez de su sierva"
Como María, Dios también nos envía a nosotros sus mensajeros. Nos habla no a través de un ángel, pero si a través de las circunstancias, por su palabra viva en el Evangelio, por la voz de nuestros pastores, por las necesidades de nuestros hermanos, por los signos de los tiempos, por el consejo de, nuestros amigos, por las injusticia que claman al cielo, por la naturaleza de las criaturas, por la ley eterna que él mismo grabó en su ser al crearlas. Por las inquietudes que pone el Espíritu Santo en nuestros corazones. Sí, Dios nos habla y nos requiere. Cuando pensamos que Dios está ausente, que esta lejano a nuestra realidad y a los problemas que nos acosan, cuando creemos que él no se preocupa de nosotros, ¿no será, más bien, que no sabemos escucharlo, que no sabemos descubrirlo?. Así como, a veces, hemos convivido durante años con personas sin haber aprendido a escucharlas y sin conocerlas, así también puede sucedernos con Dios.
María supo admirarse; ella se "conturbó", nos dice el evangelista; se preguntó que quería decirle Dios con aquel saludo. ¿Nos admiramos también nosotros? ¿Nos dejamos tiempo para preguntarnos lo que Dios nos dice? ¿Nos detenemos a escuchar? ¿0 nos hemos dejado coger por la máquina del activismo, de la superficialidad, del consumismo y del materialismo en boga?
María nos llama a un re descubrimiento de Dios, a cambiar, quizás radicalmente, la imagen que de él nos hemos forjado. Nos llama a asumir la posición que nos corresponde ante el Dios de la vida y del amor, como criaturas libres y responsables, conscientes de que de su sí depende el acontecer de la historia. Ella, la pequeña sierva del Señor, nos alienta a no reparar en nuestra miseria y pequeñez; nos impulsa a ser valientes, a dar el paso arriesgado de la fe que es compromiso y entrega. Con ella queremos decir hoy de todo corazón: sí, Señor, que se haga en mí según tu palabra, yo también me arriesgo, yo también confío, yo se que tú también me necesitas para realizar tu plan de salvación y liberación del hombre do nuestro tiempo; contigo no temo, porque sé que para ti no hay nada imposible.
Oración Final del Mes

domingo, noviembre 11, 2018

Mes de María

Día 4 - 11 de noviembre


¿COMO SERA ESTO PUES NO CONOZCO VARÓN? Texto: Mateo 19, 1-12 Cuando hablamos de María, la Madre de Jesús, generalmente la llamamos "la Virgen María", o simplemente "la Virgen". Sin embargo, ¡qué extraño resulta hablar hoy de María como "la Virgen"! ¿Quién aprecia hoy la virginidad? Se ve en ella una mutilación de la realización personal; se piensa que solamente es pleno el amor que se expresa y consuma en el sexo. Sin embargo, pareciera que los evangelistas se esforzaron por destacar el hecho de la virginidad de María. Nos relata san Lucas: "Fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María". (Lc 1, 26-27). Y san Mateo concluye el relato del nacimiento de Cristo diciendo: "Todo esto sucedió para que se cumpliese el oráculo del Señor por medio del profeta: 'Ved que la virgen concebirá y dará a luz un hijo a quien pondrán por nombre Emmanuel". (Mt 1, 18 ss.) A la luz del misterio de María, se nos abre un amplio horizonte para descubrir el sentido de la virginidad. Para María la virginidad nuna fue expresión de mutilación o deformación. Para ella, ser virgen no era algo negativo, no era una carencia sino plenitud de su personalidad en el amor, pertenencia total al tú divino, a Cristo, y disponibilidad total para su obra; entrega, en un amor amplio, universal y generoso, a los hombres. Ningún rasgo hay en María que pudiese indicar menoscabo de su personalidad. Al contrario, la Virgen María es precisamente el símbolo de la personalidad libre, dueña de sí misma, que escucha y sabe decidir. Su virginidad irradia alegría: ella lleva en su corazón el cántico del Magnificat; es la Virgen que parte presurosa, impulsada por el amor, a través de la montaña para servir. Ella es la Virgen que, mostrando una delicada preocupación por los hombres, dice en Caná al Señor: "no tienen vino". En ella se realizan en forma perfecta las palabras de Cristo a sus discípulos: "No todos entienden este lenguaje sino solamente aquellos a quienes se les ha concedido. Porque hay eunucos que nacieron así del seno materno, y hay eunucos hechos por los hombres, y hay eunucos que se hicieron tales a sí mismos por el reino de los cielos. El que pueda entender, que entienda". (Mt 19,10 ss.) La virginidad de María es la virginidad liberadora y humanizante propia de aquellos que eligieron ese camino "por el reino de los cielos". Ella abre audazmente una senda que luego recorrerán millares a lo largo de los siglos. Existe, además, otra proyección de la virginidad de María que adquiere especial relevancia: su fecundidad le viene de Dios. Ella concibe por obra del Espíritu de Dios, del Espíritu Santo. Esto pone de manifiesto un hecho capital en la historia de la salvación: es Dios quien salva, quien redime y quien toma la iniciativa. El hombre, como creatura, está llamado a acoger, a aceptar y a asociarse a la accion liberadora del Señor. ¡Cuánto tiene que decirnos esta dimensión de la virginidad de María en un momento en que todo aboga por un humanismo que prescinde de Dios teórica y prácticamente, que proyecta y edifica contando sólo con la fuerza del hombre y que descarta en la vida la intervención de Dios! María es señal de protesta y, a la vez,m señal de luz. De protesta contra el pansexualismo y contra el temporalismo. Ella reinante abre las ventanas de nuestro corazón al Dios que merece ser amado como un tú real, como el tú más real y definitivo. Ella nos dice, con su vida, que su entrega indivisa a Dios no es encierro egoísta en sí misma sino , por el contrario, un inagotable darse a los hombres, una lucha comprometida por el reino de Cristo aquí en la tierra, un estar, en último término, junto a la cruz, compartiendo el sacrificio redentor de Cristo que nos rescata de la esclavitud del pecado. Su virginidad es un llamado a abrirnos, con una actitud de pobreza espiritual, como los niños, a la palabra y a la acción de Dios en nuestra vida y en el mundo.

Domingo XXXII Tiempo ordinario


Reyes 17,10-16; Hebreos 9,24-28; Marcos 12,38-44

«Esa pobre viuda ha echado en el arca de las ofrendas mas que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero esta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir»




11 noviembre 2018 P. Carlos Padilla Esteban

«Ser santo es ser niño. Niño que no ha perdido la inocencia, o la ha recuperado como un milagro. Niño que confía en el poder misericordioso de su Padre. Contando siempre con mi debilidad»


Muchas personas sueñan con dejar huella con su vida. Sueñan con la trascendencia de sus actos. Y a menudo infravaloran el valor de lo que no brilla, de lo que no se ve. El otro día leía lo que decía un campeón de motociclismo: «Más que los títulos, es mejor dejar huella». Me llamó la atención. Se refería a que su estilo de conducir dejara una huella imborrable. Es lo que le daba sentido a todo lo que hacía. Si resultaba que no grababan un importante momento de su conducción, no había valido la pena. Es curioso, me sonó a vanidad. Hoy quiero que todo lo que hago lo vean otros, lo sepan.
Cuelgo una foto y quiero que deje huella. O lo grabo para que muchos lo vean. Si no hay constancia visual, no hay tampoco huella. El valor de lo oculto desaparece ante mis ojos. Acabo pensando que lo que de verdad cambia el mundo es los visible. Tal vez me estoy olvidando de lo importante.
Pienso en esa semilla que muere y da fruto después de su muerte. Pienso en tantos actos de amor que nadie ve. ¿No los valoro? Me descubro a mí mismo queriendo dejar huella con mis actos. Los actos de toda una vida impresos para que todos los aplaudan. Demasiado exigente. Cuando llegue a viejo, ¿qué valor habrán tenido mis obras de joven? ¿Qué recuerdos de mi vida quedarán en la memoria? ¿Qué repercusión habrá tenido lo que hice siendo niño? Pienso en las huellas que dejan mis manos, mis pasos, mis palabras. Las huellas de mi amor. La entrega de mi vida. Muchos actos buenos pueden quedar borrados y no dejar huella, justo después de salir a la luz un acto malo que tapa todo lo anterior. Un despiste, un olvido, un agravio, un fracaso. Pesa mucho más un error, un árbol caído, que mil actos de bondad. No lo entiendo, pero es cierto. Miro la huella, miro la cicatriz. Son dos formas de caminar por la vida, de cambiar el mundo. La huella que se ve, la cicatriz oculta. Me muevo caminando inquieto sobre un delgado alambre. Oscilo entre el bien que deseo realizar y el mal que hago o no evito. Y mi vida se evalúa sobre una balanza. En equilibrio o en desequilibrio. Con pérdidas o ganancias. Me empeño en dejar huella. Insisto en hacer cosas grandes. ¿Es lo grande lo que de verdad cambia el mundo? ¿Creo que yo puedo cambiarlo con mis actos grandilocuentes? Me sobrecoge la desproporción. Dios deja huella en mi alma. En la historia de mi alma en la que me habla en lo más sagrado e íntimo. Busco sus huellas perdidas. Percibo su presencia oculta dentro de mí. Veo la huella de tantas personas en mi alma. Hay huellas. Hay heridas. Huellas que no duelen. Heridas que duelen en lo más profundo. Huellas dejadas por el amor. Heridas infringidas por el  odio o el desamor. Es tan sutil la diferencia. Huellas que todos ven. Y huellas que sólo algunos perciben. O sólo yo. O sólo Dios en mí. Y a mí me obsesiona la huella que dejan mis palabras y mis actos. Todo es vanidad. Quizás me estoy olvidando del poder de Dios. Su huella a través de mí es infinita. Es el milagro de la fecundidad que obra con su poder. ¿Por qué me preocupa tanto dejar huella si al final es Dios el que lo cambia todo? Quisiera ser capaz de amar el silencio. De amar la vida oculta en medio de un mundo lleno de publicidad. Quisiera pasar desapercibido en medio de una masa que camina hacia Dios. Tal vez por eso me gusta la fiesta de todos los santos. No hay protagonismos, ni escalafones. No hay santos mejores ni peores. Todos en la misma fiesta. Los más grandes y los más pequeños. Los que más amaron y aquellos a los que Dios más perdonó. Todos juntos en el mismo camino. Una sola huella. Me gusta la vida oculta de Jesús que sólo puedo imaginarme. Y las dificultades y dolores de los santos de los que nadie me habla. Creo en el poder de lo oculto sin necesidad de conocerlo. Creo en la huella profunda que dejan los santos con esos gestos y palabras de los que nadie nunca supo. Lo que de verdad importa es el amor enterrado.

Aunque no deje huella en apariencia. Y no sepa yo cuándo ocurrió, ni cómo. Nadie pudo verlo. El amor en la renuncia que no se valora. En lo que no se agradece. En lo que nadie reconoce ni puede ver. Tengo tanto afán por dejar huella y ser reconocido. Por ser valorado en mi entrega, en el amor que pongo en lo que hago. Soy muy humano y mis deseos también son humanos. Tal vez demasiado autorreferentes. Me hace daño pensar así. Pero es verdad que me gustan las personas que dejan huella en mi vida. Tengo a muchos. Decía Hamlet Lima Quintana: «Hay gente que con solo decir una palabra enciende la ilusión y los rosales, que con solo sonreír entre los ojos nos invita a viajar por otras zonas, nos hace recorrer toda la magia. Hay gente, que con solo dar la mano rompe la soledad, pone la mesa, sirve el puchero, coloca las guirnaldas. Que con solo empuñar una guitarra hace una sinfonía de entrecasa. Hay gente que es así, tan necesaria». Tengo la medida de su huella en mi alma. Son necesarios. El valor de su amor en mí me hace mejor persona. Soy el eco de su voz. Y mi amor es copia del amor recibido. No soy tan original como creía. Ni mis obras tienen tanto poder como deseo. Pero aprecio con gratitud las huellas en mi piel de los que me han amado. Me duelen algo más las cicatrices que dejaron los que no me amaron. Quiero agradecer mi vida llena de huellas de otros. Y pedirle a Dios que deje una huella honda en mi alma cada vez que me perdona, me levanta y me dice que me quiere.

No sé realmente si es cuestión de tiempo o no. No sé si depende del número de años que viva, ya sean pocos o muchos. No si es importante morir joven o tiene más valor llegar a viejo. Lo que si sé es que el tiempo tiene su importancia en mi camino de santidad. Los años que viva si son muchos exigirán más fidelidad, eso lo tengo claro. El mismo S. Luis Gonzaga le contaba a su madre la felicidad de morir joven y casi sin esfuerzo poder así estar con Dios para siempre. Es verdad que la santidad se conjuga en presente. Quizás tiene menos mérito aparente llegar a santo muriendo joven. Poco esfuerzo. Reconozco la heroicidad de ser santo habiendo vivido cerca de cien años. En cualquier caso, creo que el tiempo no es tan definitivo. Lo importante es que cada día de mi vida en la tierra tenga una luz que no es mía. Que mis actos tengan el color de ese Dios al que tanto amo. Y mi sonrisa sea la puerta abierta a un paraíso perdido. No creo en una santidad sin sentimientos, esforzada y rígida, casi como esculpida en mármol. Creo más bien en esa santidad luchada de un corazón que ama y se debate en avatares interiores. Creo más bien en la búsqueda en medio de la neblina de un faro que me indique dónde está mi puerto. Creo más bien en la generosidad que no se ve porque está escondida, pero produce un bien infinito que da frutos de cielo, aunque yo no los   vea. Creo que mi amor santo sólo es santo cuando dejo que Dios cale muy dentro de mi alma herida y lo cambie todo y lo haga todo nuevo. También sé que el querer ser yo un santo más en la lista de santos innumerables, no es un deseo que tenga yo por vanidad. No anhelo la dignidad ni el reconocimiento. Sólo espero ser uno más de pie ante Dios dispuesto a postrarme para entrar en su reino. Porque lo que quiero al fin y al cabo es vivir para Él eternamente. Quizás al final sí que tiene importancia el tiempo. Sé que lo que tengo que hacer mientras tanto aquí en la tierra es vivir para Él, en presente. Parece tan sencillo a veces. Como aplicar una fórmula matemática. Pero sé muy bien que luego todo se tuerce. Quiero hacer el bien y no me resulta. Pretendo amar hasta que duela y dejo de amar mucho antes. Digo que sí, que seré fiel hasta la muerte, y la infidelidad me sorprende. Me escondo evitando así arriesgar demasiado, porque amar duele mucho. Y digo que hago la voluntad de Dios vistiéndola de mis propios deseos. Y entonces creo que lo que estoy construyendo puede ser sólo un castillo en el aire. Sin fundamentos firmes. Sin raíces profundas. ¿Es santidad lo que yo vivo?
¿O es sólo el vano intento de mi alma que quiere tocar el  cielo?  Se  me  graban  muy  hondo  las palabras de S. Francisco: «Predicad siempre el evangelio, y si es necesario, también con palabras». Y yo creo tener muchas más palabras que actos. Como si necesitara siempre justificar con palabras lo que mis   actos desdicen. Comenta el P. Kentenich: «Puedo tener pensamientos religiosos todos los días sin que se transforme mi interior. ¡Orar significa amar! ¿Qué es la santidad? ¡Es el amor del niño al padre!»1. Ser santo es ser niño. Niño que no ha perdido la inocencia, o  la  ha  recuperado  como un milagro.  Niño que confía en el poder misericordioso de su Padre. Eso es ser niño. Contando siempre con mi debilidad.   Con la fragilidad de mi alma. Comenta Santa Teresita del Niño Jesús: «No me aflijo al ver que soy la debilidad misma, por el contrario, en ella me glorío y cuento con descubrir en cada día nuevas




1 J. Kentenich, Niños ante Dios

imperfecciones»2. La debilidad en esa lucha mía por descubrir el querer de Dios y ponerlo por obra no me asombra, no me entristece, no me hace perder la confianza. Sigo adelante. El camino es largo. Es cuestión de tiempo, al fin y al cabo. Caer y volver a empezar. El tiempo me da nuevas oportunidades. Una derrota. Un posible triunfo si me esfuerzo el próximo día. El santo es el que ama a Dios, en los hombres, en el interior de su corazón. Decía el P. Kentenich: «El amor no tiene límites. La vinculación a Dios es grata a Dios, en el sentido de la santidad de la vida diaria, cuando alcanza el grado de abrazar la voluntad de Dios que nos aconseja y nos hace saber sus deseos»3. Un amor sin límites es el que anhelo. Estoy tan lejos de la santidad que sueño. Hacer de su voluntad mi propio alimento. Buscar sus deseos en los bosques de mi vida. No quiero perderme buscando estrellas que no toco. Quiero  ser fiel día a día levantando el mundo entre mis brazos. Tarea inútil si no supiera que son sus brazos los que sostienen los míos. Los que me despiertan a la vida verdadera y me hacen aspirar a las estrellas. Santo es el pobre que sólo es consciente de su pequeñez. Y yo me alegro entonces en mis debilidades, me glorío en ellas. Son sólo peldaños que me guían al cielo. Me alegro de ser tan pequeño que no puedo hacer nada solo. No me basto para ser santo. No lo puedo. Sólo descanso en Aquel que me toma en sus brazos y me lleva lejos. Y eso cada día de nuevo. Cada semana. Puede que al final que sea cuestión de tiempo. El tiempo de Dios. No el mío.

Sé que es más importante agradecer que temer. Dar gracias antes que quejarme. Mirar al cielo y sonreír antes que vivir amargado. No sé. Me gusta la gente que agradece. Los que sonríen sin  motivo aparente. Los que llegan a tu vida y la llenan de esperanza. Se introducen por las ventanas del alma abriéndolas de par en par. Me turban los que siempre se quejan, los que exclaman con pesar: «¡Ay!, si todo hubiera sido de otra manera». Temen las malas noticias. Y son ellos por su aspecto una tragedia viviente. Un drama que se actualiza. No quiero volverme así. Me gusta por eso agradecer, sobre todo lo que no es evidente. La sicóloga Pilar Sordo hablaba en una ocasión de un paciente ciego al que le pidió que agradeciera por las cosas de la vida. Este hombre enumeró tantas razones pequeñas por las que tenía que dar gracias que ella se quedó sorprendida: «Todo va a depender de la capacidad que tengo para registrar las cosas que tengo y no las que me faltan. Puedo estar permanentemente feliz en la medida en que le encuentro sentido a lo que hago. Y no lo logro haciendo siempre lo que quiero. Eso no me hace feliz. Estoy centrado en lo que yo quiero conseguir. Si viera la mitad de lo que veía Jaime sin ver, cambiaría a partir de hoy». Se trata de cambiar la actitud ante la vida. Adquirir hábitos que me hagan agradecido y no quejumbroso. Enumero tantas cosas que no son evidentes.  No tengo derecho ni al sol, ni a la lluvia. Tampoco a dormir muchas horas o pocas. Doy gracias por esa persona que me cuesta especialmente. O por aquel que me cambia los planes y me exige. En momentos de dolor creo que nada es suficiente, porque me falta la razón para estar alegre. No descubro el motivo de mi existencia. Y pienso que nunca más voy a poder ser feliz. ¡Cómo se puede agradecer por lo que tengo cuando me falta lo que más necesito! La persona amada, el trabajo que le daba sentido a todo. Y quizás cuando sí lo tenía no agradecía porque lo consideraba casi un derecho. Cuando me falta lo que más amo, es como si todo lo demás fuera insuficiente. Puedo plantearme entonces volver a empezar o anclarme en ese pasado a partir del cual no hay razón para estar alegre. Siento que no valoro la vida que tengo. Hasta que pierdo algo no me doy cuenta de lo que me importa. Antes lo consideraba un derecho y no me llamaba la atención. Ahora cuando me falta me sorprende el hueco que llenaba. La vida no la quiero perder entre quejas y ayes. Como si nada pudiera volver a ser como antes. Decía Enrique Rojas: «Para ser feliz es necesario no equivocarse en las expectativas, esperar de forma moderada». Esa actitud me hace agradecido. Más consciente de lo que tengo. Más feliz por no querer más de lo que necesito. No es feliz el que más tiene. Sino el que menos necesita. Así de sencillo. Y yo lo complico tanto exigiéndoles a los demás lo que no me pueden dar. A la vida lo que no me regala. Al futuro lo que tal vez no traiga. Quejándome del  pasado que me ha quitado tantas cosas importantes. Y echándole en cara al presente que no cambia nada de lo que hay. Así no crezco, no maduro, no sonrío. En lugar de quejarme de lo que no puedo hacer, quiero alegrarme de lo que tengo entre mis manos. Un nuevo sueño. Un nuevo proyecto. Sin echar de menos continuamente lo que no puede ser. Me quejo de la suerte. Lo que pudo ser y no fue.



2 De Lisieux, Teresa, Historia de un alma
3 Kentenich Reader Tomo 2: Estudiar al Fundador, Peter Locher, Jonathan Niehaus

Lo que podía haber sido diferente. ¿Qué es la suerte? Que la moneda caiga de un lado o de otro. Que me sonría la fortuna y obtenga lo que tanto esperaba. Cuando mi felicidad se centra en lograr lo que deseo, lo que espero, lo que sueño, sufro más. Quiero aprender a vivir con expectativas más sencillas. Sin amargarme cuando no resultan las cosas como yo quiero. Buena suerte, mala suerte,
¿quién sabe? Algo que parece malo puede ser bueno a la larga. Algo que parece bueno deja de serlo de repente. Depende de mí, de mi mirada. Depende de lo que ocupe el centro de mi corazón. ¿Para quién vivo? Si Dios es el centro todo cambia. Sueño con que sea así. Que Dios llame a alguien al sacerdocio me parece algo inesperado. No se puede exigir. Es sólo gracia. Una vocación. La mía, la de tantos. Sé que cualquier vocación vivida con alegría en esta tierra es un motivo de acción de gracias. Dios se ha fijado en los pequeños. Dios me ha mirado a mí que soy pequeño. Está loco Dios, me decía una persona. Es cierto. Se ha fijado en mí. Ha puesto su mano sobre la mía. Querrá hacer sus obras. El peligro lo tengo cuando me olvido de lo que soy. Soy sólo su instrumento, sólo barro. No soy yo, es Él en mí. Su voz en mis labios. Sus caricias en mi piel. Su amor en mi sangre. ¡Cómo no agradecer por tomar prestada su omnipotencia! No soy yo poderoso. Pero veo milagros hechos con mis manos. No me olvido que es Él. Agradezco siempre de rodillas el don que no es derecho. Y acaricio la cruz que me pesa en los brazos. Apenas la sostengo torpemente. Él carga en con ella.
Para que no me pese. ¡Cómo voy a dejar de agradecer todo lo que no es mío! ¡Cómo no saltar lleno de alegría por aquellas cosas que me suceden y que no entiendo! Y por esas otras que suceden sin que yo lo espere. Quiero agradecerle a Dios todo lo que me ha dado. Lo que me ha quitado. Lo que no poseo. Lo que nunca tendré. Lo que hace conmigo. Lo que no hace. Le agradezco mis fracasos y mis cruces. Mis tragedias y alegrías. Así de sencillo parece. Decido dejar de quejarme. Y agradezco más por las cosas más sencillas de la vida. Como ese ciego que todo lo agradecía. Me conmuevo.

Algunos fariseos y escribas de la ley se buscan a sí mismos. No dan. Necesitan sentarse en los puestos de honor. Quieren la fama. Quieren sólo recibir. Hoy me lo recuerda Jesús: «¡Cuidado con los escribas! Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en la plaza, buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y devoran los bienes de las viudas, con pretexto de largos rezos. Estos recibirán una sentencia mas rigurosa». Los fariseos y escribas no están tan lejos de mi vida. Yo soy como ellos. No tengo que mirar tan lejos. Me gustan los mejores puestos. Pienso siempre en el honor y en la fama. En las reverencias y en los aplausos. La fama, el elogio, la admiración. Miro en mi corazón herido buscando la causa de ese deseo que me hace tanto daño. Me duele el alma. Tal vez el desamor, los rechazos, las desilusiones han dejado huella en mí. Me han convertido en un mendigo de aplausos. Pero sé que la fama puede hacerme daño. Voy por la vida presentando mis títulos, mis logros para ser aceptado y querido. Y por eso si alguien mancha mi fama, mi nombre, me vuelvo loco y me hundo. El otro día veía a un diácono postrado en el suelo antes de ser ordenado sacerdote. Está conmovido, humillado, frágil, desprovisto de méritos. Llora sobre el suelo, sin levantar la cabeza. Aparentemente no parece alguien importante. Sólo él, un hombre entre sollozos, esperando a que Jesús lo abrace. Y mientras él aguarda, resuenan las letanías como un canto de alabanza llenándolo todo de ángeles y santos. En ese momento sólo es posible dar gracias. ¡Qué bien me hace postrarme siempre de nuevo, una y otra vez! Para no olvidar quién soy. Para no olvidar que soy pequeño, que no soy nada, que no soy digno. Sé muy bien que ahí postrado no tengo ni fama ni honor. Me confundo con la tierra, con el barro, con el polvo. No ven mi rostro.
No me ven. Me pueden llegar a pisar si no se fijan. Jesús también tuvo fama. Muchos escuchaban con agrado sus palabras y lo seguían por mar y por tierra. Masas que lo aclamaban. Buscaban un milagro, o escuchar palabras de vida eterna. Querían ser bendecidos por Él y tocar su manto. La fama de Jesús llegó a su culmen en su entrada en Jerusalén. Parecía que todo iba a cambiar ese día. Y cambió, pero no como los hombres esperaban. Jesús se postró humillado. Perdió la fama mientras era herido con latigazos. ¡Cuánto miedo tengo a perder la fama y postrarme! Ojalá no me defendiera siempre ante cualquier crítica. Protejo mi fama, mi honor, mi nombre. Ojalá como Él «aprendiese sufriendo a obedecer». Me admira muchísimo Jesús en esta actitud de postración, de abandono, de renuncia total a tomar las riendas de su vida en sus manos. Me parece que es más Dios que nunca, cuanto más se deja hacer. Entonces lo veo al mismo tiempo impotente y poderoso. Más humilde y más hijo. Él calla, recibe y ama. Se entrega y perdona. Lo ha entregado todo, no se ha guardado nada. Se ha dado por entero. Pero yo no aprendo y miro con sed los primeros puestos. Me fijo en los

que triunfan, en los que más ganan, en aquellos a los que todos admiran. Y deseo lo mismo.
¿Cuántos «likes» necesito en Facebook, o en Instagram, para ser feliz, para sentirme famoso y orgulloso de mí mismo, para sentir que me quieren? ¿Por qué me atrae tanto la fama como a los fariseos y escribas? El eco de mi vida me importa más que mi propia vida. Cuido la fama y lo que los demás piensan y dicen de mí, me preocupa. Recuerdo una publicidad que decía: «Todos hablan bien de mí. Tendré que empezar a preocuparme». La fama sube y baja. Un acierto y subo. Un error y bajo.
Hoy en día por internet lo puedo llegar a saber casi todo de todos. Lo bueno y también lo malo.
¿Cuánto me importa mi fama? ¿Cuánto miedo tengo a caer? Sé que la felicidad no está en los primeros puestos. Pero creo que a veces vivo como si así fuera. ¡Qué frágil es la fama! ¿Estoy preparado para el momento de cruz en el que la pierda? ¿Estoy preparado para perder mi honor? Quiero triunfar siempre y en todo lo que hago. Quiero destacar y no pasar desapercibido. No puedo fallar nunca, pienso. No puedo defraudar a nadie. Y luego fallo de repente y defraudo y me hundo. Me defraudo a mí mismo porque tenía muchas expectativas. Defraudo al mundo que me sigue y adula. Defraudo a los que creyeron en mí y esperaban tanto de mis talentos. La terrible exigencia del éxito. Quiero ser capaz de no buscar los primeros puestos. Quiero aprender a ser humilde. No es tan sencillo. Es verdad que las humillaciones me ayudan tanto. Comenta Enrique Rojas: «La derrota enseña lo que el éxito oculta». Las críticas me allanan el camino. Las correcciones me ayudan. También me ayuda que me lleven la contraria y no piensen como yo. Que resalten lo que hago mal, que me lo digan. Que se rían de mí y yo sonría. Todo me hace tomar conciencia de mi fragilidad. Soy pequeño. Dios me salva en mi pequeñez. Miro a esos escribas que se alegran de sus vestidos y buscan los primeros puestos. Pienso en la imagen de Dios que tengo. Tanta gente cree en un Dios exigente y rígido que no acepta errores. Decía el P. Kentenich: «Nuestra honda convicción, consciente o inconsciente es: la ley fundamental del mundo es, desde el punto de vista de Dios, la justicia; y, desde el punto de vista del ser humano, el temor ante Dios. Y así ya no lograremos salir más a la superficie, nos quedaremos hundidos.
Quien se entrega por tanto tiempo a ese temor servil ante Dios, buscará de alguna manera reafirmarse
mediante el activismo y los éxitos»4. Si miro así a Dios, como juez inflexible, temeré presentarme ante Él sin méritos, sólo con derrotas. Buscaré el éxito, para tener algo que presentar en defensa de mi pobreza. Creo que esta mirada me hace daño. Hoy pienso en los puestos que anhelo. Y en esos puestos en segunda línea, al final de la fila, que son los que de verdad me hacen bien.

Sólo Dios sabe lo que de verdad doy. Sólo Él conoce mis entrañas. Me mira mientras camino:
«Estando Jesús sentado enfrente del arca de las ofrendas, observaba a la gente que iba echando dinero: muchos ricos echaban en cantidad; se acerco una viuda pobre y echó dos reales». A veces juzgo al que da poco, al que teme perder. Juzgo su egoísmo. ¿Quién soy yo para juzgar por la apariencia? Sólo Dios sabe.
Jesús conoce cada corazón. Me gusta pensar en Jesús sentado al borde de mi vida. Sólo Él tiene acceso a la intimidad de mi alma. Me gusta imaginarlo mirándome siempre, sonriendo. Como ese ojo del Padre que me contempla desde lo alto. Pero no para juzgarme y condenar lo que hago. Él conoce la pureza de mi corazón. Y también sabe los deseos más escondidos. Me ha visto llegar y sabe de dónde vengo. Ha descubierto mi pobreza y se asoma a la desnudez de mi vida. Y yo a veces pretendo disimular. Como si fuera capaz de ocultarme de su mirada. En una película escuchaba un slogan: «Saber es bueno, pero saberlo todo es mejor». Porque es verdad que hoy internet y las redes sociales me han dado la capacidad de acceder con rapidez a todo lo que quiero conocer. Es el deseo de saberlo todo que anida en mi alma. Saberlo todo sobre mí, sobre mi futuro, sobre la vida de los demás. Sólo Dios lo sabe todo. Sólo Él puede acceder a los misterios de mi alma y desentrañarlos.
Sólo Él me conoce. No me mira con curiosidad sino con amor. Y yo a veces deseo esconderme de su mirada. Guardar mi alma a resguardo para que no entre. Edificando muros que su mirada no pueda penetrar. Lo miro como un intruso, como un juez sin misericordia. ¿Qué imagen de Dios albergo en mi alma? Tengo miedo. Un miedo inconsciente a ser conocido como soy. Me ve echando mis dos reales. Jesús me mira conmovido y creo a veces que juzga mi egoísmo. Me mira y yo lo miro. Pero me escondo detrás de una perfección que no poseo. Es como si quisiera hacerle ver que soy mejor de lo que parezco. Que mi pecado no es tan grave, ni tan continuo, ni tan importante. Y mi verdad mucho más bella de lo que yo creo. Me escondo, me refugio amurallado, guardado. No quiero que



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nadie me vea. Jesús intenta entrar en mí. Y yo vivo protegido. Para que no entre Él que todo lo posee, todo lo sabe y todo lo ama. Creo que el hombre hoy vive tan volcado en el mundo, tan desparramado por los caminos, que ha perdido su interioridad. Yo mismo me refugio en el móvil cuando me quedo solo. Sin aprovechar los silencios no deseados. Desperdiciando la soledad que no es elegida. ¡Qué poca hondura tiene mi alma! Me gustaría vivir como dice el P. Kentenich: «Sólo el alma que se esfuerza por estar abrazada hondamente a Dios resiste los embates de un tiempo sin raíces, sin vinculaciones, y es capaz de mantenerse firme, fiel a sus raíces y afirmada en sus raíces»5. Un alma arraigada, enraizada. Echar raíces en un lugar, en un corazón, en Dios, es lo que más desea mi corazón que huye, que se esconde. No me conozco y no dejo que otros me conozcan, que Dios me conozca. Me sigue asustando ese mundo desconocido y oculto en mi subconsciente que aflora a menudo en mis sueños. ¿Cómo se puede educar mi alma escondida, mis sombras más profundas? Quiero dejar que Jesús me mire sentado al borde de mi vida y sonría. Mientras yo entro y salgo del templo, Él me mira. Dejo mis monedas y me doy a la vida. Amo y odio. Grito y callo. En medio de mi vida observa mis idas y venidas, sonriendo. Descubre mis miedos y acaricia mis inquietudes.
¿Cómo puedo hacer para dejarle mirar muy dentro de mi alma? Desarmo los muros que he construido. Dejo que mi herida, la que más me duele, le muestre a Jesús la puerta de entrada. Por ahí puede entrar María, a la que ya le he dado todo lo que soy. Sólo Dios sabe apreciar mi pobreza y le encanta mi pequeñez, sonríe. No se asusta tan fácilmente al verme caer. Y no le sorprenden mis infidelidades. Esas que a mí me desconciertan porque no acabo de conocerme y aceptarlas. Y me asusta mi pecado y mi desorden. Pero Jesús me mira conmovido y enamorado. ¿Cómo puede amarme tanto si yo a mí mismo no me amo? Sonríe. Ni siquiera yo lo sé todo de mí. Yo, que quiero saberlo todo de todos, desconozco mi verdad. Y Dios sí que la conoce. Me ha amado desde que me engendró, desde que soñó mi vida. Sabe lo que puedo llegar a ser. Y también ama mis debilidades.
Esas que yo tanto detesto. Ama mis caídas, esas que tanto me humillan. Ama mi vida como es y como puede llegar a ser. No me juzga condenándome, sino dándome una nueva oportunidad. Eso me alegra, me da paz. Su misericordia me salva. No me quiero olvidar.

La generosidad del que da más de lo que tiene es la que yo anhelo. Quizás porque me parece imposible. La generosidad de entregar todo lo que uno tiene cuando  me  puede  ser  tan  útil  en  el futuro. No quiero dar sólo lo que me sobra, sino lo que  necesito  para  seguir  viviendo,  amando. A veces me da miedo quedarme sin lo que necesito: «Llamando a sus discípulos, les dijo: - Os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero esta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir». Los dos reales parecen tan poco, pero lo son todo para esa viuda. Como lo son el pan y el aceite para la viuda a la que se acercó Elías. No tiene bastante, pero se fía del profeta: «Respondió ella: - Te juro por el Señor, tu Dios, que no tengo ni pan; me queda sólo un puñado de harina en el cántaro y un poco de aceite en la alcuza. Ya ves que estaba recogiendo un poco de leña. Voy a hacer un pan para y para mi hijo; nos lo comeremos y luego moriremos». Elías le promete que siempre tendrá bastante: «No temas. Anda, prepáralo como has dicho, pero primero hazme a mi un panecillo y tráemelo; para ti y para tu hijo lo harás después». Ese «no temas» de Elías es el mismo «no temas» de Jesús tantas veces en su camino entre los hombres. Quiere que yo no tema, que no me angustie ante el futuro incierto. Y yo tengo tanto miedo a la vida, al futuro, a pasar hambre. ¿Cómo no voy a guardar por si luego no tengo suficiente?  Me da miedo  no tener suficiente, para mí y para los míos. La inseguridad de  la vida. Hoy  hay  dos viudas que dan  todo lo  que tienen para vivir y siguen con vida. No mueren, no se quedan sin nada. Dios es misericordioso con el que     más da. A menudo me veo dando cosas. Algo de  mi tiempo.  Algo de  mi vida. Unos cuantos talentos. Tal vez me da miedo quedarme sin  nada.  Me asusta  dar  hasta  que me duela.  Mi  generosidad  no es tan grande. Soy egoísta guardando para un futuro que desconozco. Me gustaría ser más libre. La verdadera pobreza es la de aquel  que menos necesita. Hoy me lo recuerda el profeta: «La orza de    harina no se vaciará, la alcuza de aceite no se agotará». Parece imposible, pero para Dios nada lo es.
Puede hacer que mi alma no se vacíe cuando me entregue por entero. Y que mi amor no se gaste
cuando más ame. Quiero alabar y darle gracias a ese Dios de mi vida que siempre es fiel: «Alaba, alma mía, al Señor. Que mantiene su fidelidad perpetuamente». Él es siempre fiel. Aunque yo no lo sea.



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