domingo, enero 15, 2017

P.Carlos Padilla

II Domingo Tiempo ordinario
Isaías 49, 3. 5-6; 1 Corintios 1,1-3; Juan 1, 29-34

«Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios»

15 Enero 2017     P. Carlos Padilla Esteban

«Me dice que lo siga siempre. Que siga sus pasos torpemente. Y que confíe en que siempre, caído o levantado, va a estar conmigo sosteniendo mi vida. Es el mayor consuelo. Me da paz»

El otro día escuchaba que vivimos en la cultura del «yo» y del «ya». Todo lo hago yo solo. Todo lo quiero ahora mismo. Vivo en primera persona. Me han educado para buscar mi interés, mi futuro, mi lugar. Y me he acostumbrado a hacerlo. Desde pequeño he aprendido a hacer mi camino. Me educaron para pensar en mí, en mis intereses, en mi porvenir. Y además me enseñaron el valor de mi tiempo. El tiempo siempre es oro. Y cuanto antes logre lo que quiero seré más feliz. No puedo esperar. No puedo sacrificar mi tiempo. No puedo sacrificarme por nadie. No puedo sacrificar nada porque quiero ser feliz. Me vuelvo egoísta. El otro día leí que la teoría sueca del amor dice: «Toda relación humana debe basarse en el principio de la independencia entre las personas». La consecuencia de la independencia vista así es que me despoja de la habilidad para socializarme. Para amar de verdad. Para ser generoso. Me dice que mi felicidad será plena cuando sea independiente. Es esa carrera de la vida en la que si ayudo a alguien es porque me beneficia ayudarlo. Y si no saco nada positivo, no ayudo. Ayudar a otros y perder así mi lugar de preferencia no parece recomendable. Perder mi posición, mi cargo, mi prestigio. Pienso más en mí mismo que en los otros. Son valores que flotan en el aire. Que se extienden y se convierten en credos que fundamentan muchas vidas. Me dicen que no es bueno para mi salud negarme a mí mismo. Que necesito ser más asertivo y decir lo que es bueno para mí y hacerlo.
Defender mi espacio, mi libertad, mis gustos, mis derechos. Incluso aunque el mundo se enfade con mi conducta. Me recuerdan que yo voy primero, por encima del resto. Me dicen que es cuestión de salud. Entonces renunciar no merece tanto la pena. Incluso es innecesario hacerlo. Perder la vida, dejar de ser,
¿qué sentido tiene? Esperar a otros. Sacrificar lo que yo deseo por amor a otros. Sacrificar mi libertad, mis sueños, siendo generoso con otros. Por amor, por respeto a la vida de los otros. Estos términos suenan extraños en esta cultura del «yo» y del «ya». Están fuera de lugar. Imaginar a alguien que está dispuesto a renunciar a lo que tiene por amistad, por amor, parece impensable. Imaginar a Jesús que vino a dar su vida por mí. Y se arrodilló delante de mí. Dispuesto a darme a mí todo su amor sirviéndome. Me parece tan grande ser capaz de renunciar incluso a la propia vida tal como yo mismo la había soñado. Renunciar a mis deseos, a mis proyectos. Por amor a otros. Pensando en el bien de los otros. Parece imposible. Y sólo es posible desde Jesús. Viviendo en Él, con Él. Quiero educarme y educar a los que van conmigo en la libertad. En la entrega. En la generosidad. Para que amen sin pensar sólo en ellos. Que sean generosos y no egoístas. No quiero protegerlos en exceso para que no sufran. A veces quiero evitar el dolor a los que más quiero. A quienes educo. No quiero que se equivoquen y protejo sus pasos. Que no se hagan daño. Decía el P. Kentenich: « ¡No ahorremos nunca las luchas a nuestros hijos! Si empezamos a hacerlo, los educaremos a todos a la inmadurez. Y les garantizo que, si ahorran las luchas a los que les han sido confiados –sea que les solucionen rápidamente las dificultades o que, aun sin quererlo, hagan incidir en la balanza el mayor peso de su personalidad–la consecuencia será la siguiente: un hombre sincero agradecerá a Dios de rodillas cuando ustedes se hayan muerto»1. Significa acompañar en sus luchas a los que Dios me ha confiado. Enseñarles el valor de la libertad. Hacerles madurar en el amor a los otros. Enseñarles el valor de perder la propia vida, el propio puesto, por amor. No quiero educar en una cultura del «yo» y del «ya». No quiero proteger en exceso: «Quiero saberlo todo. Pero ¿intervenir? Ni

1 J. Kentenich, Textos pedagógicos


se me ocurre. Yo no intervengo. Que den tranquilos sus volteretas. Basta que no caigan muy bajo. De otro modo, no educaremos para la vida»2. Educar en la libertad. Aunque caigan al tomar decisiones aquellos que Dios me ha confiado. Así lo hace Jesús conmigo. Me deja tropezar. Y levantarme de nuevo. Como Pedro que niega hasta tres veces a su Maestro. Quiero educarme en esta libertad. Quiero educar en esta libertad. Sin guardar la propia vida. Sin protegerme tanto. Sin cuidar tanto mi salud, mi fama, mi vida, mis aficiones, mis posesiones. Sin temer perder. Con libertad. Dando con amor. No quiero tenerlo todo claro. No todo es blanco o negro. Hay matices. Educar en la libertad de la conciencia. De las decisiones tomadas en lo hondo del corazón. Poniendo a Dios en el centro, al otro en el centro. Y no pensar sólo en mí mismo. No siempre yo primero.

Dios siempre está a mi lado aunque tantas veces no logre entender lo que quiere para mí. A veces Dios calla. A veces Dios habla. Hace unos días pude ver una película controvertida: «Silencio». Una película conmovedora que no deja indiferente. Voces a favor. Voces en contra. Una película basada en una novela histórica que relata la vida en Japón de los cristianos perseguidos en el siglo XVII. Comunidades de cristianos que vivían en secreto, ocultos, anhelando la presencia de un sacerdote, la vida de los sacramentos. Con el miedo grabado en el alma, el miedo a ser descubiertos. Con el miedo de ser débiles y caer en apostasía, por temor a la muerte. Y a veces parece que Dios guarda silencio en medio de las cargas pesadas que soportan esos cristianos valientes. Narra la película la vida de tres sacerdotes jesuitas portugueses. Los fuerzan a apostatar para salvar así la vida de los cristianos que iban a ser ejecutados si no lo hacían. ¡Qué decisión tan difícil cuando mi corazón me dice que la fidelidad del martirio es la única salida! Y tantas veces me emociono recordando la vida de los mártires. ¡Qué fácil juzgar a otros cuando caen y no son fuertes! Cuánto dolor. En medio de esta lucha interna en la conciencia de cada hombre Dios habla, Dios calla, Dios está presente. Rezaba así un sacerdote: «Señor, no me dejes más tiempo abandonado. No me dejes seguir en esta situación imposible. ¿Te resignas a ser un héroe anónimo, Sebastián? ¿No será que buscas la muerte, no como un verdadero martirio oculto, sino con el único fin de satisfacer tu vanidad? ¿Para que los cristianos te alaben, para que vengan a rezarte, para que digan: - Aquel padre era un santo?»3. La gloria del martirio. La infamia de la caída. Y en medio de las dudas toma el sacerdote esa decisión tan difícil de vivir esclavo en Japón con la carga de haber negado a Jesús. Sin dejar de amarlo en silencio. Habiéndolo negado en el exterior. Sufriendo la culpa. Y con fe amándolo en silencio. En lo oculto del alma. ¡Qué fácil juzgar el pecado del otro! ¡Qué fácil condenar al débil por su debilidad! No creo que pretenda la película justificar la apostasía. No la defiende. No la recomienda para evitar el martirio. Quiero mirar con respeto infinito la conciencia de cualquier hombre. Sin ensalzarlo. Sin condenarlo. La apostasía es lo que es. Negar a Cristo en voz alta. Después de haber caído, el sacerdote protagonista, se encuentra con un pecador que ya había caído antes que él. Siente la culpa y le pide confesión. Y en ese encuentro en la debilidad, el sacerdote oye la voz de Dios en su alma. Vuelve a ser fuente de misericordia. Qué indigno se siente. Y comprende que Dios siempre ha estado a su lado. Nunca le abandonó. Me conmueve la debilidad de los hombres, mi propia debilidad. Al sentirme débil comprendo la necesidad que tengo de buscar la fuerza de Dios, su mirada. No soy fuerte. No quiero pensar que todo depende de mis fuerzas. No creo en una santidad lograda a base de lucha, de voluntad heroica. Vivo en una cultura que acentúa mi búsqueda egoísta de la felicidad. Cada uno a lo suyo. Cada uno siendo fuerte. Sin errores, sin debilidades. Como queriendo salvar la propia vida. Pero Jesús vino a dar su vida por mí. Cargó con mi culpa, con mi pecado, con mi debilidad, con mis negaciones. Se subió a lo alto del madero por mí. Para que yo dé mi vida con Él, en su poder. Para que no me busque tanto a mí de forma egoísta. Yo primero. Yo ahora mismo. En el silencio de Dios encuentra eco mi silencio tantas veces. Mi silencio cobarde cuando me callo por miedo a apoyar a otros, a defender a otros. Por miedo a ser condenado como otros. Mi silencio culpable a veces. Mi silencio inocente otras veces como el de Jesús llevado como cordero inocente a la cruz. Un silencio impuesto a la fuerza. Ese silencio que puede confundir a los hombres, pero no a Dios. Ese silencio que parece lo contrario de lo que es. El silencio de Jesús es expresión de un amor hondo por mí. La afirmación más fuerte de la vida de los hombres. Su servicio último, callado, sin palabras. Su entrega más generosa. En este mundo que me anima a buscar sólo mi felicidad, mi independencia, mi

2 J. Kentenich, Textos pedagógicos
3 Shusaku Endo, Jaime Fernández, José Fernández, Silencio (Narrativas Históricas)


libertad, brilla la entrega de Jesús. Pero yo quiero ser independiente y entonces me aíslo. Quiero ser libre y huyo lejos de todo compromiso. No quiero ataduras. Y entonces sufro menos, porque no amo, porque no me comprometo. Pero mi corazón quiere amar. Quiere amar hasta dar la vida. Aunque mi forma de dar la vida no sea tan gloriosa como la de los mártires. Aunque mi vida no sea reconocida digna de admiración. Sólo a los ojos de Dios valgo más. Y el silencio de mi entrega no gloriosa vale la pena. Esa vida que parece cobarde y débil. Esa vida que Dios me pide es donde se manifiesta su amor. Donde se juega mi generosidad. En esa vida en la que amo a Dios y a los hombres torpemente. Yo no quiero vivir sin dar la vida. No quiero tampoco el elogio y el reconocimiento de una vida gloriosa. Me basta con que Dios me mire y se conmueva en silencio ante mí, al ver mi sí pobre y débil. Eso es lo importante. Por eso no quiero buscarme a mí mismo. No quiero buscar mi felicidad, mi paz, mi santidad, en una carrera egoísta. Quiero amar, comprometerme, vincularme. Quiero aprender a renunciar por amor a otros.

A veces me cuesta decidir, optar, dejar algo que hago bien y empezar a hacer algo nuevo que no controlo. Me da miedo el riesgo y confundirme. Perder lo que ya tengo, lo que ya gano, lo que hago bien. Me asusta apuesta que parece imposible por lograr algo mejor. Tal vez me falta paciencia. Y me quedo en el esfuerzo. Quiero cambiar, mejorar. Dice Carlos Moyá sobre Rafael Nadal: «Es demasiado exigente consigo mismo y no se perdona el fallo. Tiene que intentar cambiar un poco esto. Aunque no se trata de cambiar, es evolucionar y atreverte». Tengo algo de perfeccionista. Quiero hacer las cosas bien, perfectas. Me cuesta perdonarme el fallo. Quiero hacerlo bien todo, siempre. Y busco a Dios para que se alegre con mi vida. Para que me afirme. Dios guarda silencio en mi intento por mejorar, por hacerlo todo mejor. Tal vez tengo que aprender a desprenderme de mis pretensiones, de mis deseos tan del mundo. No quiero cambiar por cambiar. Pero quiero crecer y ser mejor. En el fondo sé que a veces no busco la aprobación de Dios, busco la de los hombres. El otro día leía cómo la presencia de Dios en nuestra vida no nos convierte en otras personas, seguimos siendo los mismos: «Esta experiencia no hizo de mí un santo. No perdí mis debilidades ni mis defectos, ni dejé de significar una carga para otros ni de herirlos. Seguí siendo egoísta y hubo épocas en que incluso esta vivencia de la presencia de Dios parecía totalmente olvidada. Más de una vez quise instalarme definitivamente en esta tierra. Pero, pese a mis pecados, algo subsistía, pues en la profundad de mi alma siempre supe que este mundo es relativo, que la tierra no es nuestro hogar definitivo y que sólo a través del muerte logramos la resurrección»4. Cuando me ato más a Dios me hago más libre de los hombres. Pero me cuesta mucho. Cuando aprendo a estar con Dios en el silencio de mi alma, en su silencio. Atento. Aguardando. Algo escucho. Pero se me olvida. Quiero dejar de ser tan duro conmigo mismo. Quiero aceptar la debilidad de mi carne. Decía el Papa Francisco a los jóvenes en Cracovia:
«Nos hará bien decir todas las mañanas en la oración: - Señor, te doy gracias porque me amas; haz que me enamore de mi vida. Es el tiempo para amar y ser amado. No os avergoncéis de llevarle todo, especialmente las debilidades, las dificultades y los pecados, en la confesión. Él sabrá sorprenderos con su perdón y su paz». Me gusta esa mirada sobre mi debilidad. Esa miseria reconocida que abre el corazón del Padre. Lo miro conmovido. Quiero cambiar, es verdad. Quiero ser mejor, menos egoísta, menos exigente conmigo y con los demás. Más paciente y compasivo. En la película «Silencio», uno de los protagonistas se pregunta: « ¿Hay lugar en este mundo para los débiles?». En el corazón de Dios es donde caben los más débiles. Dios no puede hacer nada con los que creen en sus propias fuerzas que los hacen capaces de todo. Pero sí con aquellos que han caído, se han vuelto a levantar, han pedido perdón de rodillas, han vuelto a comenzar creyendo en la misericordia de Dios. En el corazón de Dios caben los que no caben en el mío. Cuando no acepto el error que se vuelve a cometer una y otra vez. La caída que se reitera. La miseria que se convierte en estilo de vida. Y me vuelvo exigente. Con los que tropiezan siempre de nuevo y luego piden perdón. Y no veo cambios. Y los exijo. Pero Dios no es así conmigo. Sabe que los cambios son lentos. No llegan con rapidez. A veces no llegan. ¡Cuánto me cuesta cambiar! Se me llena la boca con el cambio. Pero luego no quiero perder, dejar de hacer lo que hago bien. Arriesgarme a perderlo todo. Nunca fui un jugador de póker. No apuesto sin cartas. Quiero tenerlo todo seguro. No me arriesgo a dar la vida sin antes tener algo bien asegurado. Por si acaso. No quiero perderlo todo. Y me vuelvo conformista. Me acostumbro a lo de siempre. Soy el mejor en lo mío. En lo que hago con los ojos cerrados. Pero no quiero arriesgar nada. Me asustan los cambios reales. Tengo tomada la medida a

Franz Jalics, Ejercicios de contemplación, 52


mi vida y me da miedo dejar de ser lo que he soñado. Lo que otros esperan. El cambio tiene algo de dolor. Da miedo el dolor. El cambio me pide dejar y tomar cosas nuevas. Y cuesta hacerlo. Pero me da miedo no crecer si no dejo cosas. Si no las hago de forma diferente. No dejaré de ser débil nunca. No lograré hacerlo todo bien siempre. Eso me alivia. Jesús no lo espera de mí. En su silencio me aguarda siempre. Va conmigo y me sostiene. Su mano en mi mano. Su pisada en mi pisada. Estoy de paso por aquí. Sólo quiero sembrar esperanza con mi vida. Sólo quiero ser fiel a Dios en mi alma. En lo más hondo. Es el misterio al que Dios me llama. Me dice que lo siga siempre. Que siga sus pasos torpemente. Y que confíe en que siempre. Caído o levantado. Va a estar conmigo sosteniendo mi vida. Es el mayor consuelo. Me da paz.

Creo que lo más difícil en mi camino es hacer y decir lo que Dios quiere. Hemos repetido en el salmo: «Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad». Y es verdad. Aquí estoy. Pero a veces confundo su voluntad. O pienso que lo que yo quiero tiene que ser necesariamente lo que Dios quiere. Juzgo rápidamente las acciones de los demás. Y creo ver en ellas la ausencia de Dios o su presencia.
Resuenan en mí las palabras de Juan Climaco: «No juzgues demasiado severamente a los que enseñan grandes cosas con palabras, si los ves menos apresurados a ponerlas en práctica; porque a menudo la utilidad de las palabras compensa la penuria de las obras. Porque no todos poseemos igualmente todos los bienes: en algunos la palabra sobrepasa la obra; en otros, por el contrario, la obra sobrepasa la palabra». Juzgo más las obras que las palabras. Aunque a veces las palabras las juzgo cuando no se refuerzan con las obras. Pero juzgo. Me creo mejor que otros. Y pienso que en mi juicio está el querer de Dios. Y me da miedo caer en el relativismo. O en pensar que todo vale. O en hablar de los fines que todo lo justifican. Corro el riesgo de apresurarme en mis condenas. En mis filias y en mis fobias. «En la vida diaria colocamos nombre al otro por lo que hace, lo cual constituye un juicio negativo, un juicio a toda la persona del otro»5. Me encadeno a mis prejuicios y condeno. Y decido en mi corazón lo que está bien y lo que está mal. Generalmente miro más a los demás que a mí mismo. Quiero hacer la voluntad de Dios. Quiero ser su instrumento. Es el anhelo del alma. Siempre lo es. Quiero la gloria de una vida meritoria. La defensa hasta el extremo de mis principios y mis ideales. El amor que se da por entero. La vida que merece la pena ser vivida. Y vivo expuesto al juicio de los que me rodean. ¡Qué rápido caigo yo en el juicio! ¡Con qué rapidez soy yo juzgado! Esto está mal. Esto está bien. Y me quedo tranquilo. Pero mi juicio no me salva. Quiero hacer la voluntad de Dios. Y no que Dios haga realidad la mía. Me da miedo el riesgo de ser egoísta:
«El egoísta devoto se hace una idea demasiado clara acerca de la voluntad de Dios. Dios quiere la justicia, la paz, la armonía y el amor. Con este conocimiento se aproxima a Dios y pide que Él también realice su voluntad. No se da cuenta de que esos ruegos sólo expresan su propia voluntad. Mientras Dios los cumple él es un siervo leal de la voluntad de Dios. Pero si Dios no los cumple o no los cumple de inmediato surge en él la desilusión, la insatisfacción y a menudo la indignación frente a Dios. Cuanto más se rebela contra Dios, tanto más claro está qué voluntad pretende imponer, la propia»6. Busco mi voluntad detrás de muchos ruegos. Y luego, cuando Dios calla aparentemente, me rebelo. Cuando no se realiza lo que es justo y bueno. Cuando no se hace realidad el sueño que yo tenía guardado en mi alma. Estoy aquí para hacer la voluntad de Dios. Me duele cuando no la hago y me alejo. Pero sé que la voluntad de Dios inquieta. Me mueve por dentro, me desinstala. No corrobora todos mis actos. No asiente ante todos mis juicios. Quiero ser más libre.
Más niño para abrazar su voluntad en todo lo que me toca hacer cada día. Buscar sus manos actuando en mi barro. Su deseo abriéndose paso en mis sueños. Su voz despertando en mis labios. Quiero oír siempre lo que hoy escucho: «El Señor me dijo: - Tú eres mi siervo, de quien estoy orgulloso». Quiero escucharlo no sólo cuando cumplo y hago fielmente todo lo bueno. No cuando soy perfecto. No sólo si muero en santo martirio admirado por todos. No. Quiero escucharlo siempre. Saber que siempre Dios está orgulloso de mi vida, de mi entrega, de mi deseo de seguir sus pasos. Sea como sea. Quisiera repetir en mi alma esta verdad honda: «Mi Dios fue mi fuerza». Es mi fuerza verdadera en medio de muchos silencios. Mi Dios. Mi fuerza. Mi roca. «No se trata de acentuar nuestro propio hacer, ni realizar sabe Dios cuántos actos apoyándonos sólo en nuestras propias fuerzas. Poco a poco iremos abandonándonos al Espíritu y pidiendo su venida junto a María: ¡Ven Espíritu Santo y colma los corazones de tus fieles!»7. No busco sólo mi fuerza. Más bien deseo la fuerza de Dios en mí. Sólo no puedo avanzar. Por eso hoy pido

5 Edgardo Riveros Aedo, Focusing desde el corazón y hacia el corazón
Franz Jalics, Ejercicios de contemplación, 52
7 J. Kentenich, Envía tu Espíritu


que su Espíritu Santo descienda a mi vida. Quiero que me calme y colme mis deseos y mis ansias más verdaderos. Quiero que me cambie por dentro y haga en mi corazón todo nuevo.

Hoy me conmueven las palabras de Juan Bautista: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre Él, ese es el que ha de bautizar con Espíritu Santo. Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios». Se lo cuenta a todos. Lo ha encontrado. Lo señala para que otros lo sigan. Para que se vayan detrás de Él. Señala a Jesús para apartarse él. Pone a Jesús en primer lugar para desaparecer él. Juan lo ha visto y ha creído. Me impresionan mucho sus palabras: «Yo lo he visto». ¡Cuánta fe y cuánto amor! ¡Qué hombre más fiel! Su última misión es hablar a los suyos de Jesús. Jesús es el único que tiene palabras de vida eterna. Por eso ya no puede dejar de anunciar a Jesús vivo entre los hombres. Juan había recibido en su corazón la voz de Dios que le había dicho que el Mesías sería señalado por el Espíritu Santo. Es un anuncio  misterioso. ¿Cómo lo vería? ¿Cómo sabría que era Él? Juan creyó, lo vio y luego anunció toda su vida ese momento. Fue tal como le habían dicho. Su fe de niño se hizo realidad. Pero Jesús supera el anuncio. Siempre es más de lo que espero. Siempre me desborda. A Juan también le pasó. Juan lo  llama el cordero de Dios que quita el pecado del mundo. El cordero de Dios. Jesús es manso. Es el cordero inocente que carga con mis pecados. El cordero que morirá indefenso. Es el cordero de Dios que ama, que no expulsa a los pecadores sino que convive con ellos, que los ama, los acoge. No se va del mundo, para vivir en soledad o con algunos hombres más puros. Él camina y vive como un más, sanando corazones y cuerpos heridos. Ese cordero puro y fiel que se entregará por mí. Me impresiona mucho su promesa. Es el cordero que quitará del mundo mi propio pecado que me escandaliza. Lo hará todo de nuevo. Viene a amar y a quitar el pecado con su vida. Juan hasta ahora hablaba de conversión. Como el paso necesario para que llegase el Señor. Había que eliminar todo pecado, limpiarse, lavarse. Ahora llega Jesús y es Él quien quita el pecado del mundo, de todos, de cualquiera. Lo hace amando, lo hará muriendo en la cruz. No pide condiciones. No pide conversión previa, ni habla de un bautismo para seguirlo. Sólo me pide tomar mi vida y mi cruz e ir detrás de Él. Es la gratuidad de Dios. No hace falta ser perfecto, sólo abrir el corazón y creer que es posible. En cada misa repito en alto estas mismas palabras de Juan: «Este es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo». Lo hago mostrando a Jesús roto entre mis manos. Se acaba de partir Jesús por mí, por todos. Así es como quita el pecado del mundo, rompiéndose, entregándose del todo. Es un momento de adoración, de reconocimiento. Me gusta repetir esas palabras en cada misa. Y mirarlo a Él roto entre mis manos. Y adorarlo. Manso, callado, partido. Por ese cordero de Dios merece la pena dejarlo todo atrás y seguir sus pasos. Yo me fío porque lo he visto y he creído. Me he fiado. Los discípulos de Juan también se fiaron de Juan y se fueron con Jesús. Sólo por su palabra. Merecía la pena hacerlo. Lo sigo. Pero luego lo pienso y me queda grande la misión de ese cordero. Es un hombre que no grita, que ama, que vive como uno más, entre todos. Que sana, que camina y sueña. Es un hombre que habla de un amor desconocido. Es Dios que me ama sin castigar. Que me perdona sin medida. Ese Dios se ha hecho hombre y está conmigo. Pero yo veo que el pecado sigue existiendo a mi alrededor, en mí. Sé que Jesús es el cordero de la paz, pero sigue habiendo guerras. Y yo no logro sembrar la paz. Sé que es el cordero fiel y fuerte. Pero sigue habiendo debilidad e infidelidad a mi alrededor, en mi vida. Y yo me siento incapaz de cambiar tantas cosas. Es el cordero inocente que no grita, que calla. Y me conmueve esa inocencia y esa indefensión como camino para mí. Dice Mahatma Gandhi: «La no-violencia no es para los débiles, sino para los fuertes. Hay que tener mucha fe y mucha fuerza para dejarse matar». Me atrae más la fuerza. No tanto la debilidad. Me siento débil. Me siento pecador. Me siento incapaz de esa no- violencia ante la injusticia. De dejarme matar es un acto heroico. Es todo demasiado grande para un corazón tan débil. Juan es un hombre fuerte que anuncia al hombre inocente. Juan tampoco se defiende. Como el Cordero de Dios. Él tampoco huye de la cárcel que le acaba quitando la vida. Él anuncia la verdad de forma tan libre. Y luego sigue anunciando la vida desde la cárcel. Sigue siendo fiel. Sigue siendo testigo. Es verdad que la fidelidad brilla más que la caída. Es verdad que el fuego del martirio me anima a mí a ser fiel en medio de mis propias pruebas. Eso no lo dudo. Pero creo que soy incapaz de juzgar el corazón de los hombres. Me toca arrodillarme cada día ante el misterio del que viene buscando el perdón. A veces en mi vanidad juzgo y me siento algo. Pero hoy quiero aprender de Juan. De su humildad. De su vocación de camino. Quiero mirar con respeto ese marco sagrado de la conciencia en el que se debate la lucha por hacer carne el más leve deseo de Dios en cada hombre.


¡Quién soy yo para juzgar a nadie! No quiero saberlo todo ni creerme en posesión de la verdad más absoluta. Dando juicios que nadie pueda rebatir. Erigiéndome en el paradigma ante el que cualquier opinión contraria claudica. No lo pretendo. Pero a veces mis afirmaciones pueden ser demasiado duras y categóricas. Miro a Juan en el río Jordán. Miro su fe señalando a un hombre entre los hombres. Dios oculto en la apariencia de hombre. Dios impotente en medio de una fila de hombres pecadores. Y Juan siendo testigo. ¿Soy yo testigo de un amor más grande? Me gustaría siempre vivir en referencia a Jesús. Me gustaría señalar a Jesús y ponerlo en el centro de mi vida. Pero tantas veces me predico a mí, me pongo delante, no desaparezco. Me coloco yo en el centro. Me agarro a ese orgullo de querer ser otro Cristo. Le pido a Dios ese don de Juan de señalar a las personas hacia Él, no hacia mí. Ser puente y camino, nada más. Quiero despojarme de mis deseos, de mis orgullos. Y simplemente estar con Jesús. Y tratar de descubrir su voluntad. Aunque me caiga.

Jesús viene hoy hacia Juan. «Al ver Juan a Jesús que venía hacia él». Me impresiona mucho este momento en la vida de Juan. Es muy importante para los dos. Es un encuentro personal. El evangelio dice que Jesús viene hacia Juan. No hacia una multitud. Hacia él. Jesús irrumpe en la vida de Juan. En el Jordán. En medio de lo que él hacía, de lo que él era, en su lugar. Juan no tuvo que ir a buscarlo fuera. Se quedó cumpliendo la voluntad de Dios en su vida. Bautizando. Invitando a la conversión. Y Jesús llegó hasta él. Es el encuentro que marca su corazón para siempre, el que toda su vida había esperado.
¡Cuántos anhelos se cumplen en el corazón de Juan en ese momento! Había deseado tanto ese encuentro. Les había hablado tanto de Jesús a los suyos. Del Cordero, del que había de venir. Y ahora, delante de Él, ¿qué sentiría? ¿Cuánto tiempo estarían juntos? No lo sabemos. Sí queda claro que no fue tanto tiempo. Y que después Juan fue encarcelado. Y Jesús comenzó su misión. En la cárcel Juan se preguntaría sobre el sentido de su vida. ¿Habría merecido la pena tanta búsqueda, tanta lucha? Y ahora, ¿qué querría Dios de él? Ya estaba ahí Jesús iniciando el reino. Había terminado su misión de preparar el camino. No podía ser discípulo de Jesús. Todo estaba terminado. Dudas. Preguntas. Y la paz de haber hecho lo que tenía que hacer. Y la paz de ese encuentro pleno con Jesús. Siempre le pido a Jesús que venga Él a mí porque yo no sé ir hasta Él. Quiero que irrumpa en mi vida. Que se haga el encontradizo. Jesús siempre viene primero. Eso lo he aprendido en mi vida. Y mi misión es intentar cumplir, allí donde me toca, la voluntad de Dios. Quiero cumplir mi misión pequeña o grande con amor. Allí llegará el Señor y cambiará mi corazón una y otra vez. Siempre me preguntó si sabré reconocerlo, como Juan. Pero pienso, que como le pasó a él, habrá algo en mi corazón que me dirá que es Él. Me hará saltar y reconocer su rostro. Le doy gracias a Dios por todos los encuentros con Él en mi vida que me han dado tanta fuerza. Siempre anhelo volver a encontrármelo de frente. Acepto sus silencios tantas veces. Pero sé que me habla muchas otras. Lo espero. Lo busco. Lo deseo. Intento estar en mi lugar cumpliendo y tanteando lo que Dios quiere. Y allí viene Jesús, eso seguro. Viene a mí. Me encantaría poder decir, cada día, que Jesús vino a mí y que yo lo supe ver. Es verdad que lo puedo decir de momentos guardados dentro de mi alma. Son momentos que me dan luz. Pero también tengo silencios y ausencias. Y anhelo volver a estar con Él. A veces me pasa lo que describe el P. Kentenich: «
¡Qué fríos podemos ser en nuestro trato con Dios! ¡Cuán poca ternura y apertura! ¿Por qué somos así? Porque es, ante todo en nosotros mismos, en quien confiamos. Porque en nuestros esfuerzos por perseverar en el camino a la santidad y vivir la santidad, hemos acentuado demasiado el ‘yo’. Por supuesto, siempre hemos hablado del auxilio de la gracia y de amar a Dios como nuestro sumo bien. Pero ahora sabemos que sólo por la senda de la fe, de las virtudes, no llegaremos muy lejos»8. Acentúo el yo. Pienso que yo puedo. No espero que venga a mi vida. No cuento con Él sino con mis fuerzas. Como si todo dependiera de mí. Necesito que su Espíritu venga a mí una y otra vez. Necesito ese encuentro repetido en mi vida. No quiero vivir centrado en mí mismo. Quiero ser testigo de alguien mayor que yo. Ser testigo con mi amor, con mi entrega. Testigo de alguien que le da sentido a todo lo que hago. No soy yo. Es Él en mí. Y no quiero que los halagos  me hagan olvidar a quién pertenezco. De quién soy por entero. Quiero, como Juan, descubrir a Jesús en mi vida, ser capaz de hablar de Él. Anunciar al mundo cómo me ha cambiado la mirada y la vida. Él siempre rompe mis esquemas. Siempre me desborda. Siempre viene a mí, en medio de mi vida.





8 José Kentenich, Envía tu Espíritu

domingo, enero 08, 2017

El Bautismo del Señor y la Epifanía

El bautismo del Señor y la Epifanía
Isaías 42, 1-4. 6-7; Hechos de los apóstoles 10, 34-38; Mateo 3, 13-17

«Se abrió el cielo y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre Él: -Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto»

8 Enero 2017     P. Carlos Padilla Esteban

«No quiero callar cuando puedo decir algo bueno. Cuando puedo proteger y alimentar el amor.

Guardo las palabras de Dios en mi corazón. Las regalo. Me hago portavoz de las palabras de Dios»

El otro día pensaba que nadie me puede hacer daño con sus palabras. Lo he escuchado muchas veces. Me lo han dicho. Lo he aprendido. Lo he olvidado. Sé que sólo yo, en la interpretación que hago de lo que escucho, de lo que ocurre, me acabo haciendo daño a mí mismo. Me lo sé de memoria. Nadie me puede hacer daño. Me lo repito para no olvidarlo. Pero muchas veces compruebo que no es posible. Sigo sintiendo el dolor con las palabras hirientes, con las miradas de desprecio, con las risas de burla. Y eso que sé que yo mismo tampoco puedo hacer daño a nadie con lo que digo y con lo que hago. No tengo nada que ver con el llanto que provoco. No tengo poder para causarlo. Lo sé. Pero también ocurre. Mis palabras hieren, duelen. Interpretan mis palabras y sienten dolor. Las palabras generan dolor en el que las recibe, en la interpretación que hace de lo que escucha. Yo lo hago. Los demás lo hacen. ¡Qué importantes son mis palabras! Con ellas expreso mis convicciones. Me comprometen cuando las pronuncio con voz audible. Cuando salen de mi boca crean, generan, producen. Son semillas llenas de vida. Cuando las digo en alto, me comprometo por dentro. El mero hecho de decirlo ya me compromete. Si me lo digo a mí mismo también me compromete. Cuando me digo en mi cabeza que no valgo, acabo no valiendo. Cuando me repito con tristeza que otra vez he perdido, pierdo la esperanza. Cuando vuelvo a decirme en alto o en bajo que no valgo para nada, me hieren esas palabras en mi alma. Me paralizan. Me dejan sin vida. Pero sé que hay al mismo tiempo otras palabras que me ayudan. Decía Rafa Nadal: «La vida consiste en hacer lo que tienes que hacer y que la cabeza te deje hacerlo». Que mi cabeza no me haga pensar que no valgo y me deje luchar. Que descubra en mi corazón las fuerzas para seguir dando la vida. Necesito encontrar palabras que me ayuden a seguir luchando. Esa jaculatoria que me recuerde algo esencial, algo que me dé vida. Que me recuerde quién soy, mi verdad más honda. Y me anime a seguir porque estoy llamado a hacer algo grande. El entrenador de Carolina Marín, jugadora española de bádminton, le dijo en un momento difícil de un partido de las olimpiadas: «Recuerda a esa niña de catorce años que llegó a la academia y quería cumplir su sueño. Esa niña de catorce años me dijo lo que quería, esa niña confía en ti. Esa niña sabe cuál es el plan de juego y juega con disciplina, porque es su sueño. Y ese deseo que tú tienes es más fuerte». Esas palabras le dieron fuerza. Luchó, jugó y ganó la medalla de oro. Siempre hay un juego interior en mi mente. No importa lo que esté sucediendo en el juego exterior. Yo estoy jugando en el corazón, muy dentro de mi alma. «Nuestro mundo interior depende del modo en que nuestro ser interpreta un suceso externo. Nuestro mundo interior está en calma o convulso debido a una dinámica interior: la significación que nuestro mundo interior hace de un suceso externo»1. Dentro de mi cabeza juego contra obstáculos que yo mismo me creo. Oigo palabras y las interpreto. Juzgo lo que ocurre y me alegro o sufro. Interpreto lo que sucede en mi exterior. Juego contra mi miedo o contra la poca confianza que tengo en mí mismo. O contra esa misma poca confianza que otros alguna vez han tenido en mí. Sé que mis palabras crean vida. Las que me digo a mí mismo me hunden o me levantan. Las que les digo a los otros en medio de la vida. Las palabras que enaltecen y levantan. Las palabras que humillan y desalientan. ¡Cuánto poder tienen las palabras! Pero también sé que si mis palabras interiores son alegres, positivas, enaltecedoras, será más fácil hacer frente a esas palabras que choquen contra mi

1 Edgardo Riveros Aedo, Focusing desde el corazón y hacia el corazón


vida. Nadie podrá hacerme daño si yo no lo permito. Tendría que grabarme esta verdad en mi alma para no olvidarla. Quedarían sin fuerza esas palabras que me descalifican. Que quieren hacer que desconfíe de mis fuerzas. Me lo vuelvo a repetir, en realidad, nadie tiene poder para hacerme daño. Pero sucede. Una y otra vez me hieren. Me sorprende mi vulnerabilidad. Me empeño en ponerme corazas para proteger mi ánimo, mi autoestima, mi decisión. Como si protegiendo por fuera lo lograra. Tengo que rearmarme mejor por dentro. Repetirme esas palabras que necesito oír. Las que me dicen que valgo, que mi vida es grande, importante a los ojos de Dios. Las que construyen la base de mi vida. Las que me fortalecen. Quiero decirme todo aquello que me hace mejor. Nadie puede de verdad hacerme daño si yo no quiero. Aunque a veces suceda. De mí depende. De mi alma en paz.
De la certeza de estar donde Dios quiere que esté. De ser como soy sabiendo que Dios me ama así. Eso lo sé. Pero también sé el poder que tienen en mí las palabras de las personas que me importan, a las que amo, las que me aman. Decía Ana Magdalena sobre su esposo Sebastián Bach: «Una palabra de aprobación suya valía más que todos los discursos de este mundo». La palabra de la persona amada tiene más poder en mi ánimo que ninguna otra. La palabra de aquel que tiene una autoridad sobre mí que yo mismo le doy. La palabra de mis padres, de mi profesor, de mi cónyuge, de mis hijos, de mi amigo. Esas palabras que me hunden o me levantan. Esas palabras las guardo como mi tesoro. Me construyen para siempre.

Son esas mismas palabras las que yo callo o pronuncio. Cuando les hablo a los otros. Cuando les digo lo que a veces no pienso movido por la ira. Cuando soy demasiado directo y digo lo que creo que es verdad. Cuando no cuido mi forma de decir las cosas. Y hiero. Porque soy torpe. Y hago bromas queriendo ser simpático, queriendo acercarme al otro. Cuando no soy sensible en mi trato, ni me pongo en su lugar. ¡Es tan fácil desanimar a otros en medio de la batalla! Desaconsejo que hagan lo que yo no puedo hacer. Porque creo que no podrán. Dudo de sus posibilidades. Los desanimo. Se me olvida a veces agradecer lo que hacen por mí. Y exijo actitudes y cambios en los demás sin pensar qué es lo que realmente necesitan. Dejo de cuidar a los que Dios me ha confiado. No los cuido con mis palabras y gestos. Y otras veces hablo más de la cuenta. Critico a los ausentes. Juzgo sus vidas.
Haciendo afirmaciones que dañan su fama. ¡Qué fácil es hundir la fama de alguien con palabras hirientes! Comentarios fuera de lugar. Vierto sospechas infundadas. O hago comentarios jocosos desacreditándolos. Dice el Papa Francisco en Amoris Laetitia: «Detenerse a dañar la imagen del otro es un modo de reforzar la propia, de descargar los rencores y envidias sin importar el daño que causemos. Muchas veces se olvida que la difamación puede ser un gran pecado, una seria ofensa a Dios, cuando afecta gravemente la buena fama de los demás, ocasionándoles daños muy difíciles de reparar. El amor cuida la imagen de los demás, con una delicadeza que lleva a preservar incluso la buena fama de los enemigos». Hablo mal de otros para quedar yo mejor, por encima. Para destacar yo más. Para ser más importante, más capaz, a los ojos de los otros. Mis ironías. Mis palabras dichas con descuido. Quiero cuidar más mis palabras. No juzgar tanto. Hacer más silencios y pensar bien lo que voy a decir antes de decirlo. Quiero evitar las críticas destructivas. Esos comentarios que no construyen, que no edifican, que no elevan el ambiente, que no sanan. Quiero no hablar si no voy a construir con mis palabras. Quiero no hablar si voy a difamar con mis palabras. Es tan fácil herir con palabras. Quiero guardar los juicios en mi corazón.
Quiero guardar silencio como María. Quiero guardar palabras que den vida. Y sólo pronunciar palabras bellas. Llenas de luz. Olvidar las palabras que envenenan, las que desaniman, las palabras oscuras que no dan vida. Comenta el Papa Francisco sobre Jesús: «Jesús era un modelo porque, cuando alguien se acercaba a conversar con Él, detenía su mirada, miraba con amor. Nadie se sentía desatendido en su presencia, ya que sus palabras y gestos eran expresión de esta pregunta: - ¿Qué quieres que haga por ti?». La palabra se hizo carne en Jesús. Y las palabras de Jesús entre nosotros se hicieron carne. Crearon vida. Acogieron, elevaron, enaltecieron. Construyeron un reino nuevo en medio de los hombres. Con amor. Con paz. Fueron las suyas palabras firmes y llenas de vida. Fueron palabras de misericordia en hombres con sed de amor. No dejó nunca de sanar a los hombres con sus palabras. De invitar a la conversión. De animar a seguir el camino de la santidad. Fueron palabras de aliento, de esperanza, de vida. Sus palabras brotaban de un corazón enamorado. No se guardó las palabras buenas. No escatimó en su entrega. Es lo que nos pide el Papa Francisco: «No seamos mezquinos en el uso de estas palabras, seamos generosos para repetirlas día a día, porque algunos silencios pesan, a veces incluso en la familia, entre marido y mujer, entre padres e hijos, entre hermanos. En cambio, las palabras adecuadas, dichas


en el momento justo, protegen y alimentan el amor día tras día». Palabras de ternura y comprensión en familia. Palabras que expresan el amor que sentimos. El perdón que damos. La admiración que sentimos por el otro. Palabras con las que acojo al hermano necesitado de mi comprensión. No quiero guardar silencio cuando puedo decir algo bueno. Cuando puedo proteger y alimentar el amor.
Guardo las palabras de Dios en mi corazón. Las medito. Las regalo. Me hago portavoz de las palabras de Dios para los hombres. Portavoz de su amor que se hace carne. Palabras que unen. Palabras que sanan. Palabras que hacen milagros en mis labios.

Me gusta el tiempo de Navidad que me habla de una noche santa que cambia mi vida. Me gusta la noche santa en la que unos reyes llegan de lejos trayendo regalos. Me gusta esa noche al raso de unos pastores llenos de esperanza. Me gusta creer como los niños, adorar como los pobres. Me gusta una noche santa que no acaba. Una Navidad que dura cada día del año. No quiero vivir de forma perfecta en Navidad. Quiero mejor que Navidad sea cada día de este año. De mí depende. De mi sí alegre y confiado. De mi mirada de niño. Me gusta esta poesía: «No sé muy bien qué tiene la noche santa. Oculta en medio del día. Aún no amanece. Tienen las sombras luz y los silencios notas. Que tocan melodías abriendo el alba. Y yo quiero saber bien lo que suena. Como un grito callado en mi alma quieta. Quiero entender la vida que se me escapa. Entre mis dedos torpes que no retienen. Quiero abrazar el sol que apenas habla. Y mecer en mi alma su canto suave. Quiero abrazar al niño, quiero tenerlo. Muy dentro de mi alma. Y no perderlo. No sé muy bien qué tiene la noche santa. Que cambia mis palabras. Cambia mi llanto. Hace que de la nada surja la vida. Y de mi polvo enfermo un sueño nuevo. Quiero vestir de luz la tristeza en que habitan. Tantos hombres cansados en esta noche. Con la luz de tu amor, mi pobre niño, dentro del pecho. Como un fuego encendido que nadie apaga. Quiero trepar alegre cumbres tan altas. Con la sonrisa abierta que tú me grabas. Quiero, Jesús, mi niño, gritar muy fuerte. Que no temo las sombras ni las ausencias. Que no temo perder lo que hoy poseo. Que ya puedo correr caminos anchos. Que no voy solo nunca y vas conmigo. Y la paz de tu abrazo sostiene fuerte. La esperanza que tengo de ser yo eterno. No sé muy bien qué tiene la noche santa. Que llena hoy de estrellas mi senda santa». Me gustan estos días llenos de luz y esperanza que no acaban aunque pasen. Porque permanecen vivos en mi alma de niño. Me gusta esta noche santa de Dios, en la que me dice cuánto valgo y yo sonrío. Me gusta ese día de magia de la Epifanía, en el que los reyes me llenan de regalos, y Dios se manifiesta en mi pobreza. Me gusta la esperanza de los que adoran sin miedo y se desnudan ante un rey nacido entre pañales. Me gustan tantos hogares que se llenan de luz esa mañana. Después del paso sigiloso de los reyes. Y tantos niños que sueñan, y esperan, y se emocionan, porque Dios da mucho más de lo que ellos piden. Me gusta la Navidad en medio de la oscuridad de mi vida. En medio de la guerra, de las injusticias, de las incertidumbres. Me gusta la palabra hecha carne en un grito de paz. Y sé que Jesús me regala una certeza que ya no olvido. No estoy solo en medio de mi vida. No estoy condenado a la soledad y al abandono. Él va conmigo siempre aunque a veces me olvide de su paso alegre a mi lado y no sepa comprender sus palabras de aliento. Él se detiene siempre en mi noche. Y veo su paso que va sobre mi paso. Y su paz se vuelve mi misma paz y mi esperanza. Ya no temo en medio de la luz de un nuevo día. En medio de una noche santa de reyes repartiendo regalos. Oro, incienso y mirra. Y mi vida se llena de esperanza. Y yo mismo me hago rey en medio de la noche. Quiero ser rey. Dar lo que tengo. Dejo de lado mis ropajes antiguos. Me abro a la vida que se me regala. Y llevo mi oro, mi incienso, mi mirra. Tengo que estar vacío para dar lo más mío, lo que sólo yo poseo. El otro día leía: «Sólo cuando nos hayamos despojado de todo lo que no es esencial, puede manifestarse lo que sí es. Sólo aquel que se ha visto confrontado con el vacío puede vivir la vida terrena en su auténtica realidad. Se hace posible dar a este mundo el valor que le corresponde y vivir en él con alegría y eficiencia sin ser de este mundo. Hacer uso de las cosas de este mundo, como si no hiciera uso de ellas. Sólo entonces puede desarrollarse la disposición a vivir por igual en la riqueza que en la pobreza, en la enfermedad que en la salud, en la longevidad que en la brevedad de la vida»2. Necesito estar vacío de mí mismo para poder regalar lo más auténtico que hay en mi alma. Vacío de mis deseos, de mis obsesiones, de mis gustos. Vacío de mis caprichos, de mis protestas, de mis quejas. Vacío de la búsqueda enfermiza de mi felicidad. Vacío de las apariencias y máscaras que me protegen. Vacío de mis títulos y mis logros. De mis posesiones, de mis pretensiones. Yo solo en mi verdad más plena.
Sólo así podré vivir con libertad, dar con libertad, amar con libertad. Sólo así, vacío de todo lo

Franz Jalics, Ejercicios de contemplación, 52


superfluo, podré dar lo más importante. Lo único que tengo y los demás no tienen, ni pueden dar. Mi verdad única. Esa que yo sí tengo cuando me desprendo de todo lo que me ata y esclaviza. Así puedo ser rey. Así puedo regalarme al regalar. Darme al dar. Sin esperar ni exigir nada como pago de mi entrega. Así. Con la libertad de los niños. Con su alegría y paz. Quiero volver a ser niño. No dormirme en la noche de reyes. Esperando ansioso la sorpresa. Creer en ese Dios en forma de rey mago que lee mi carta oculta de deseos. Y me da lo que le pido. Más incluso. Quiero ser otra vez niño inocente, lleno de pureza. Buscar con mis ojos cerrados la sombra de Dios pasando por mis sábanas. Envolviendo regalos. Acariciando mis sueños. Quiero volver a creer en la gratuidad de un Dios que se abaja. No en el pago por el bien hecho. Ni en el fruto de mis méritos. Quiero ser niño esa noche santa para abrazar confuso lo inmerecido. Y alegrarme entre lágrimas por tantas cosas que recibo.
Quiero soñar y escribir mi carta. Llena de anhelos imposibles. Pido la paz esta noche. Y el amor más puro. Y recobrar mi inocencia. Y la luz en medio de mis noches. Pido la alegría que nadie pueda turbar con sus palabras. Pido no la ausencia de cruces en mi vida. Y sí la serenidad para caminar con ellas. Pido ser yo más generoso y no vivir esperando a que los demás me quieran. Querer yo más.
Amar hasta que duela. Pido las estrellas en mis manos. Y lograr cambiar yo el corazón de tantos hombres. Sostener a los heridos. Cargar con los que mueren. Pido dar vida con mis palabras y alegrar con mis gestos. Pido tener el alma vacía de pretensiones y no atarme a mis deseos egoístas. Pido ser como Jesús entre los hombres y pasar haciendo el bien sin esperar recompensa. Cierro los ojos esta noche mágica. Entrego mi carta a Dios. La leerá seguro.

Miro hoy a Jesús en la misma fila de tantos hombres que buscan el bautismo. Lo veo como un hombre más entre los hombres, necesitado de conversión. El que no tiene pecado en la fila de los pecadores: «Fue Jesús de Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara». Se humilló ante Juan. Como un hombre más. Se pone a la cola de todos, se pone en medio de mi vida, con sencillez, sin llamar la atención. Se abaja. En medio de los hombres. En medio del Jordán, se deja bautizar como uno más, sin señalarse. Ese es el amor de Dios encarnado que pisa, que toca, que se deja, que acaricia, que se pregunta quién es y que mira al cielo como yo. Despojado de todos sus derechos y honores.
Vacío de pretensiones. En la misma fila que cualquier hombre. Así, como uno más, Jesús descubre quién es en el Jordán. En ese momento de profunda humanidad de Jesús en el Jordán, el cielo se abre. Se humilla y es enaltecido. Descubre su ser y el sentido de su vida. Pedro en la segunda lectura muestra cómo Jesús pasó por la vida de los hombres. Son pocas palabras pero resumen lo que hacía Jesús. Reflejo de quién era: «Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con Él». Es un resumen que me conmueve. Dios estaba con Él. Cada momento. Cada día. En las comidas, en los milagros, en los caminos, en la cruz, en un pesebre pequeño, en la carpintería de Nazaret. Cuando todos lo seguían y cuando dudaron de Él. El Padre estaba en su alma. Estaba ungido, bendecido. Y pasó por el mundo haciendo el bien. Me gusta esa expresión. Jesús cura a los oprimidos. Jesús cura esa opresión del alma y del cuerpo. El miedo, la angustia, el desamor, el vacío, la soledad, el fracaso, la sensación de inutilidad, la falta de sentido, la incapacidad para alegrarme, la envidia, el dolor, la rabia, la herida de amor que va conmigo desde siempre. Él me libera. Eso resume increíblemente lo que Jesús hizo, lo que hace hoy. Toca la herida, sana, libera, desata el nudo, me hace hijo amado. Dios siempre da la libertad, siempre regala y abre el alma. Nunca quita, nunca constriñe. Son las mismas palabras del profeta: «Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero. Sobre Él he puesto mi espíritu. No gritará, no clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará. No vacilará ni se quebrará. Yo, el Señor, te he llamado, te he cogido de la mano, te he formado, y te he hecho alianza de un pueblo, luz de las naciones. Para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la prisión, y de la mazmorra a los que habitan las tinieblas». Dios sostiene a Jesús. El Padre sujeta al Hijo en sus brazos. Ha puesto su Espíritu sobre Él. Esas palabras se hacen carne en Jesús. Él es quien no clamará, no voceará, no gritará. Su voz será tranquila. Sus silencios contendrán tantas palabras. Sus gestos hablarán de misericordia. Será luz. Abrirá los ojos de los ciegos. Liberará los corazones apresados. Jesús pasa haciendo el bien. Sanando heridas. Curando dolores. Sosteniendo a los caídos. Ese es Jesús a quien su Padre sostiene. Y pienso en que su misión es mi misión. Yo también quiero ser Jesús. No quiero quebrar la caña cascada. No quiero herir con mis gestos. Quiero sanar. Quiero sostener como a mí Dios me sostiene. Pero antes necesito sentirme uno más. Sentirme pobre y


pequeño. Decía el P. Kentenich: «Dios se hace dependiente a propósito. Él lo hace sólo para dar y siempre dar. Él tiene en sí una inclinación: - Quererse entregar. Si yo quisiera alegrar a Dios, ¿cómo podría hacerlo?
Dándole la oportunidad de dar en la medida que yo me conozca y me reconozca delante de Él como pequeño y necesitado. Dios sólo desea hijos pequeños; Él no puede hacer nada con los adultos. Así comprendo que, si hice una tontería, puedo estar totalmente poseído por el pensamiento: - ¡Gracias a Dios!, ¡tengo ahora un derecho especial a la misericordia de Dios! ¡Misericordia! Tengo un motivo más profundo, no sólo de humildad, sino también de confianza»3. La humildad de Jesús caminando entre los hombres es mi camino. Permanecer oculto entre los pecadores. Aceptar mi pobreza. Me siento como Él cada día. Pequeño. Yo con mi pecado y mi miseria. Pequeño. Es mi único mérito, no haber crecido. Haber caído más veces. Haber vuelto a la lucha. Necesito la humildad para caminar hacia el Jordán, hacia el agua de ese río. Hacia las manos de un hombre que me bautiza. Necesito hacerme pequeño para que Dios me levante.
Sentirme nada, para poder oír su voz que me eleva. Me parece imposible la misión. Pero Dios lo hace posible desde mi herida. Me hace comprender al herido porque yo mismo he sido herido. Me hace ser misericordioso porque yo he tocado la misericordia en la mirada de Dios, de los hombres. Y he sentido su abrazo y su Espíritu. Y puedo lo que yo solo no puedo. Puedo no vocear y lograr que mi palabra, su palabra, penetre los corazones. Puedo dar luz viviendo yo a veces en la oscuridad. Puedo ser fuerte cuando experimento mi debilidad. Es la paradoja que vive cada día el cristiano. Soy paz en medio de mis luchas interiores. Y doy alegría en medio de tristezas. Es la esperanza que llego grabada en mi alma. Dios lo hace posible.

Este día pasó Dios por la vida de los que estaban en el Jordán. ¿Qué sentiría Juan en su corazón? A Juan le cuesta que Jesús se humille ante él. Pero al final se lo permite, igual que años más tarde Pedro protestaría ante el lavatorio de los pies, pero se dejó. Él que tanto había esperado este momento de luz estaba turbado ante el Mesías esperado. Se resistía a bautizar a Jesús. Se sentía pequeño: «Pero Juan intentaba disuadirlo, diciéndole: -Soy yo el que necesito que Tú me bautices, ¿y Tú acudes a mí?». ¡Cómo iba a bautizar él al cordero de Dios! Las paradojas del hombre frágil y enfermo. No hago lo que hago por mi dignidad. No sano porque yo sea un gran sanador. Es Dios en mí. Es su Espíritu en mí. Ese día el Espíritu descendió también sobre Juan. Y fue capaz de vencer sus reparos. Y le dijo sí a Dios en sus miedos. Sintiéndose pequeño e indigno dijo que sí. Aceptó esa misión imposible. Acoger al hijo de Dios en la fila de los pecadores. Él que era solo el precursor, sólo un pecador. Era él sólo aquel al que Dios había puesto delante de su hijo. Para preparar el camino. Muchas veces yo tampoco me siento capaz de hacer nada. Toco mi pecado, acaricio mi debilidad, me miro las manos vacías. Entiendo que no soy capaz de lo que Dios me pide. Y entonces hago como Juan, dudo y al final obedezco. Me resisto a veces a cumplir sus deseos. No me siento capaz. Tantas veces puedo dejar de hacer lo que Dios me pide alegando mi incapacidad. Pero no puedo decir que no. Mi sí abre la puerta de la gracia. Es un misterio. En mi impotencia logro que se manifieste el poder de Dios. Hago que se abra el cielo. Sin ese sí de Juan no se hubiera abierto el cielo aquel día en el Jordán. ¡Cuánto poder tiene la debilidad reconocida! Su impotencia abrió el corazón de Dios. Eso hace Dios en mi vida. Siempre pienso que el Santuario se abre en un manantial de gracias cada vez que alguien sella allí su alianza de amor con María. Es un misterio. El sí que doy abre el corazón de María. Y entonces brotan de los labios de María las mismas palabras de ese día en el Jordán. El amor de Dios en las alas de una paloma. ¡Cuántas veces sufro mi fragilidad y me cuesta tocar el amor de Dios! Muchas veces tropiezo, no cumplo, miento. Y no toco su amor. Me cuesta mucho reconocer mi culpa, aceptar mi pecado, reconocer mi falta. Pienso que Jesús me querría más si hiciera mejor las cosas. Si escondiera mi pecado Jesús hablaría maravillas de mí. Eso creo. Pero no es así. Jesús repite las palabras de hoy cada día cuando ve mi fragilidad. Me dice que valgo. Que mi vida merece la pena. Me levanta. Me sostiene. Pone voz a mis sueños. Me da la paz de saberme amado por Él de forma incondicional. Tal como soy. A veces quiero tapar lo que hago mal. Intento no darle importancia. Incluso no se la doy.
No me culpabilizo. Todo vale. Me excuso. Siempre tengo razones para hacer algo mal. Decía el P. Kentenich: « ¿Cómo asumimos nuestras imperfecciones? A menudo somos terriblemente indiferentes en relación con nuestras culpas. ¿Cómo vencer la indiferencia? ¿Obligándonos o presionándonos? No; ese camino no nos llevará a ninguna parte. Es el Espíritu Santo quien nos inspirará un dolor profundo y sano por nuestras

3 J. Kentenich, Vivir con alegría


faltas; nosotros no lo lograremos por nuestras propias fuerzas»4. Quiero experimentar la culpa. Pero no para atarme a ella. No para hacerme esclavo y sufrir sin sentido. Sino para reconocer que soy frágil y nada puedo sin la misericordia de Dios. Para sentirme niño en sus manos. Débil en su abrazo. Desde mi sí débil se abre el cielo sobre mí. Es un misterio. Dios sólo me pide un gesto torpe. Que acepte lo imposible. Que sintiéndome indigno acepte su abrazo y su voz reconociendo mi valía.

Jesús escuchó ese día en el Jordán esas palabras que cambiaron su alma: «Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrió el cielo y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre Él. Y vino una voz del cielo que decía: -Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto». Lo cuenta el evangelista. Lo contaría Jesús. Lo viviría Juan que comprendió lo incomprensible. Todo se llenó de luz. Y su alma que soñaba comprendió un poco de su vida. Lo contarían esos testigos que lo vieron. Para saber quién soy tengo que sentirme amado. El amor es como un espejo. Me devuelve mi verdadera imagen. El saberme amado me hace valorarme en lo que soy y descubrirme en mi propia originalidad. Cuando no me aman, busco reconocimiento, imitar a otros. Tiendo a compararme. Me desvalorizo, o vivo superficialmente sin preguntarme por el sentido de mi vida. El sentido único. ¿Quién soy yo? ¿Para qué me ha creado Dios? Quizás estén siempre unidos mi identidad y mi misión. Mi nombre y mi forma particular de darme. Llevo grabada esa pregunta dentro del alma. ¿Quién soy yo distinto a los demás? Sólo si me he sentido amado puedo aceptarme con paz. Mirarme al espejo. Y reconocerme.
Gustarme. Y esa identidad, mi nombre, mi originalidad, está asociada a una misión particular. A una forma de darme única. El encontrarme con Dios supone encontrarme con esa voz que me dice quién soy. Ante Dios se aquietan las aguas del alma y puedo verme. Son las palabras que enaltecen, que levantan, que reconocen. Son palabras que descubren mi verdad más honda. Son las palabras que se grabaron en mi alma el día de mi bautismo. Se marcaron con sangre y fuego para siempre. Con el tiempo las olvido. Pero están ahí grabadas. Lo mismo que oí cuando sellé mi alianza con María. Soy su predilecto. Y no lo soy por ser muy capaz. Por cumplir con nota todo lo que Dios me pide. Lo escucho y me reconozco. Veo con claridad quién soy. Jesús comienza ese día del bautismo a desvelar quién es. También Él ha crecido con esa pregunta en el alma. María y José guardarían todos estos años la misma pregunta. ¡Cuántos años sin que sucediera nada! ¡Cuánto silencio después de los ángeles, de los magos! Nada. Sólo la vida sencilla de un niño que va creciendo desde dentro en Nazaret. Jesús se pregunta quién es. Y necesita la voz del Padre para reconocerse. Es el hijo amado. El hijo profundamente amado, el elegido. Jesús debió sentir que su alma se abría como el cielo. Su Padre pronunció su nombre. Su mirada se complace en Él. Esa voz suena a ternura, a predilección, y también a orgullo. Pienso en lo importante que sería para Jesús oír el amor del Padre. Esas palabras fueron roca en su vida. Lo son en la mía. Después de años de silencio, se oye la voz de Dios. El Padre habla. No es después de un milagro. Es una escena de abajamiento. Resuenan en el alma de Jesús.
«Eres el hijo amado». Responde, seguro, a la intuición que tenía de sí mismo, a sus preguntas y anhelos. A su misterio que comienza a desvelarse ante los hombres. Sólo si me siento amado puedo saber quién soy. Sólo si oigo esa voz me sabré amado profundamente. Y podré mirarme y aceptarme.

Alegrarme de mi tesoro aunque lo lleve en frágiles manos de barro. Hoy Jesús recibe de manos de un hombre el bautismo. En esa humanidad Dios se revela y lo levanta. Es el Hijo que se ha despojado de sus privilegios para tocar el corazón de tantos heridos. Para ser como yo. Para amarme desde dentro. Para que pueda encontrarme en esta tierra con Dios. Entonces Jesús oye esa voz de amor único. Y escucha su nombre. Es el Hijo. Jesús se sintió amado como Hijo. Y ese amor fue lo que contó a los hombres. El amor del Padre. Su propio amor. Un amor incondicional. Gratuito. Tierno. Compasivo. Dios se complace y se enorgullece de lo que soy, de mi vida. Cree en mí más que yo mismo. Nunca duda. Siempre espera. Siempre abraza. Siempre tengo mi lugar a su lado. Me recuerda quién soy y para lo que estoy hecho. Doy gracias a Dios por esas personas que me han amado incondicionalmente y me recuerdan esa voz que toca mi alma en lo más hondo. Ante Dios, ante los que me quieren, mis heridas son preciosas y mis imperfecciones son amadas. Nunca estoy solo. Mi vida tiene sentido. No voy sin rumbo. Mi vida descansa en la palma de la mano de Dios. Ojalá hoy, en estos días de Navidad, pueda oír en mi corazón esas mismas palabras de Dios. Y saberme amado profundamente en lo que soy. En medio del cansancio y de la duda.