Deuteronomio 26, 4-10; Romanos 10, 8-13; Lucas 4, 1-13
«En aquel tiempo, Jesús, lleno del Espíritu
Santo, volvió del Jordán y, durante cuarenta días, el Espíritu lo fue llevando
por el desierto, mientras era tentado por el diablo»
10 Marzo 2019 P. Carlos Padilla Esteban
«No
quiero construir desiertos con mi ira, con mi odio, con mi desprecio. Quiero
construir jardines llenos de esperanza. Entregando amor, paz y alegría. Un
jardín lleno de vida»
Siempre me resulta algo extraño recibir ceniza en la
frente como bendición. Una ceniza bendecida.
Los ramos de olivo del domingo de ramos de hace un año convertidos en cenizas.
Cenizas bendecidas con agua bendita. Colocadas en forma de cruz sobre mi frente.
Para que no me olvide de dónde vengo, de a dónde voy. ¿Vengo realmente del
polvo? ¿El cielo acogerá mi polvo
bendecido? El polvo me recuerda que soy pequeño. ¿Me hace falta? Hay ya tantas
personas a mi alrededor que me lo recuerdan. ¿No deberían decirme al bendecirme
que soy maravilloso? ¿Tanto hincapié en mi necesidad de ser humillado? No lo
sé. Al bendecir pronuncio unas palabras: «Polvo
eres y en polvo te convertirás» o «conviértete
y cree en el Evangelio». Puedo elegir. O hablo
del polvo y de la humildad de mi carne. O pido que el alma se convierta y crea.
En ambos casos lo que importa es el signo, la ceniza en forma de cruz sobre mi
frente. Para recordarme que soy pobre y que sin Dios nada puedo. Para que otros
vean en mi frente la señal de humillación. Me hace falta mirar a Dios. Mirar a
Jesús caminando a mi lado en la desolación de mis días, en mi dolor y en mi
cruz, en mi soledad. Verlo abrazándome y diciéndome al oído que no tema, que mi
vida es maravillosa y que conmigo va a hacer grandes milagros. ¿Me lo creo? Me
quedo quieto con una sonrisa extraña y una cruz más extraña aun sobre mi
frente. Saldré a la calle convencido de una cosa: mi vida es maravillosa y yo
soy maravilloso. Y esa cruz es como la corona, o la señal que me distingue. Me
ha marcado Jesús con su cruz para que no me pierda. Soy de los suyos. Lo he
elegido a Él, lo he buscado. Me ha nombrado, me ha venido a ver. Y ha dejado su
huella, su marca, su señal de posesión. No necesito que me humillen más. Ya
bastante lo hace el mundo. Sí necesito comprender que no puedo salvar mi vida
yo solo. No me levanto sobre la tierra. No soy capaz de elevarme por encima de
la muerte. Necesito que Jesús me eleve. Me llame. Me encuentre. Y para ello me
ha marcado. Y yo salgo con una sonrisa. Y me pongo en camino. Y sé que lo que
tengo por delante son cuarenta días de camino, de conversión, de dejarme hacer
por Dios de nuevo. Sobre los tres pilares que se me regalan: el ayuno, la
oración y la limosna. Así los explica el Papa Francisco al comenzar la Cuaresma:
«Ayunar, o sea aprender a cambiar nuestra
actitud con los demás y con las criaturas: de la tentación de ‘devorarlo’ todo, para saciar
nuestra avidez, a la capacidad de sufrir por amor, que puede colmar el vacío de
nuestro corazón. Orar para saber renunciar a la idolatría y a la
autosuficiencia de nuestro yo, y declararnos necesitados del Señor y de su
misericordia. Dar limosna para salir de la necedad de vivir y acumularlo todo
para nosotros mismos, creyendo que así nos aseguramos un futuro que no nos
pertenece. Y volver a encontrar así la alegría del proyecto que Dios ha puesto
en la creación y en nuestro corazón, es decir amarle, amar a nuestros hermanos
y al mundo entero, y encontrar en este amor la verdadera felicidad». Miro mi corazón ávido de bienes, ansioso, inquieto. Y deseo que se calme
en el corazón de Dios. Es la Cuaresma un tiempo para detener el tiempo. Para
salir de mí mismo en un éxodo sagrado al encuentro con Dios. Un despojarme de
tanto peso que carga mi alma apegada profundamente a la tierra. Deseo tener una
piel nueva. Un corazón nuevo. Para entender que mi vida sólo tiene sentido
cuando se entrega por amor. Habiendo sido amado. Me inclino para recibir la
bendición. Me arrodillo ante Dios para ser abrazado por su amor. Jesús me
quiere a mí como soy en mi pobreza. En el polvo de mi vida que me ahoga tantas
veces. No sé amar como quisiera. Y siento siempre que el mundo está en deuda
conmigo. O Dios mismo por no haberme dado todo lo que le he pedido. Soy polvo.
El polvo que se pega a los zapatos. El polvo que molesta al meterse en los
ojos. El polvo que cubre los caminos por los que voy y vengo. Soy polvo en este
tiempo que me aturde con su devenir pausado. Mañana habré dejado sólo la huella
en el polvo de mi paso ligero por la vida. ¿Cómo es que me ato tanto a este
camino caduco? Hoy la cruz en mi frente me recuerda a quién le pertenecen mis
días. El hambre de infinito que tengo
sólo en Dios será calmada. Un día. Cuando sea eterno.
La imagen del desierto me acompaña al comenzar el camino
de la Cuaresma. El desierto es el lugar de las tentaciones.
Es el lugar de la búsqueda interior de Jesús. Allí descubre quién es. Bajo la
luz de las estrellas. En el desierto el cielo es más ancho, la mirada más
amplia y las estrellas brillan más. Hasta allí impulsado por el Espíritu
recibido en el Jordán: «En aquel tiempo, Jesús, lleno del Espíritu
Santo, volvió del Jordán y, durante cuarenta días, el Espíritu lo fue llevando
por el desierto». El desierto es lo opuesto al vergel, a la vida, a la abundancia.
En el desierto hay anhelo de paraíso, de vida plena. «La creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos
de Dios» (Rm 8,19). El desierto me recuerda la soledad, la sequía, la falta de esperanza. Ir
al desierto significa adentrarme en mi propio mundo interior. Mundo de
opuestos, de tensiones. En mi alma todo clama expectante por el cielo que no
poseo. Veo a mi alrededor signos de desierto. Comenta el Papa Francisco: «En este mundo la armonía generada por la
redención está amenazada, hoy y siempre, por la fuerza negativa del pecado y de
la muerte». La amenaza del mal que pretende destruir el bien. El desierto
de un mundo llamado a ser vergel, paraíso. El pecado se ha introducido en la
piel del hombre. Y el paraíso ha dejado de serlo. Continúa el papa: «El hecho de que se haya roto la comunión
con Dios, también ha dañado la relación armoniosa de los seres humanos con el
ambiente en el que están llamados a vivir, de manera que el jardín se ha
transformado en un desierto. Se trata del pecado que lleva al hombre a
considerarse el dios de la creación, a sentirse su dueño absoluto y a no usarla
para el fin deseado por el Creador, sino para su propio interés, en detrimento
de las criaturas y de los demás». Vivo en un desierto anhelando el jardín.
Es la Cuaresma ese proceso que me lleva al jardín. Dice el Papa Francisco: «La ‘Cuaresma’ del Hijo de Dios fue un entrar en el desierto de la
creación para hacer que volviese a ser aquel jardín de la comunión con Dios que
era antes del pecado original». Es lo que yo anhelo al
comenzar estos días. Siempre me impresiona que muchas películas que hablan de
un tiempo futuro muestran una realidad más parecida a un desierto que a un
jardín. Un mundo de hormigón, de cemento, de soledad, de destrucción. Han
muerto los bosques. Se han secado los mares. Un desierto en el corazón de los
hombres. El pecado que ha roto el vínculo profundo del hombre con Dios. El
corazón humano que deja de buscar a Dios para pasar a creerse él mismo Dios. Me
da miedo que mi vida sea un desierto. Que el mundo en el que vivo y crezco
tenga más de desierto que de jardín. Me gusta mirar cómo crecen las plantas con
su ritmo cadencioso. O pensar en los árboles que hoy abrigan con su sombra y
hace tanto eran sólo un tronco incipiente. Me sorprende el desarrollo lento de
la vida, desde dentro. Entrar en un jardín me habla de vida que crece desde
dentro. Nada sucede rápidamente. Ni la muerte, ni la vida. Todo comienza en
momentos apenas perceptibles. Tal vez es como mi propia vida. No crezco rápidamente.
A veces pienso que no crezco. Luego, con el paso del tiempo lo veo claro. He
crecido, o he envejecido, o he madurado. Todo a fuego lento. O me he acercado a
Dios sin darme cuenta. O me he alejado de Él torpemente. La fidelidad y la
infidelidad son el final de una secuencia. Se juegan en momentos
insignificantes que se suceden. Entre el jardín y el desierto hay cientos de
instantes sagrados. Se suceden sin que me dé casi cuenta. Así es la vida. No
ocurre todo de golpe. No cambia un entorno al instante. No se seca mi alma en
un solo latido. No llego a la meta sin un sinfín de momentos de lucha. La vida
se juega en instantes. Eso lo entiendo. No en uno, en muchos. Siempre puedo
volver a sembrar con la esperanza de la vida. O puedo arrancar lo plantado en
un gesto de ira, acercándome al desierto. Yo construyo jardines. O con mi vida
logro que crezca el desierto. Puedo ir en una dirección. Puedo ir en la otra.
Puedo lograr el oasis dentro del desierto. Puedo hacer que mi vida sea un
desierto en medio de jardines. Leía el otro día una reflexión sobre el
desierto: «El término desierto significa,
etimológicamente, ‘sin hombres’, pero también lugar ‘sin lluvias’ y, por ende, ‘sin plantas’. Para muchos es un lugar vacío, sin vida, monótono, sin
paisaje. Para otros, el desierto es el mundo de los detalles. Puede provocar
multitud de sensaciones: miedo, soledad, desubicación, placidez, euforia». El desierto habla de todo eso. Un espacio vacío de hombres, de lluvias,
de plantas. Un espacio sin vida. Pienso en el desierto como el lugar que teje
mi propia vida alrededor. Cuando el pecado se mete en mi alma y me envenena. Me
aísla. Acaba con la vida que hay en mí. Con la vida que he sembrado. Y me seca.
El pecado que me hace solitario, incapaz de vínculos, amante de espacios vacíos.
Me da miedo ese desierto de extremos. Calor extremo. Frío extremo. Ese desierto
en el que falta el agua que calma la sed. Y las sombras que dan cobijo a mis
miedos. Me da pánico construir desiertos en lugar de jardines. Caer en la
tentación de alejar a los hombres de mí. Y no ser para ellos lugar de acogida,
espacio sagrado en el que pueden echar raíces y dar fruto sano. Anhelo el cielo
en la tierra. El oasis en el desierto de mi vida. La armonía amenazada por el
pecado que mata la vida. Destruyo lo que florece para intentar construir mi
propio desierto. Se seca la vida porque no la cuido. Deja de haber sombras
porque he matado la esperanza. La creación expectante está aguardando el
paraíso, la vida eterna, la vida plena. No quiero construir desiertos con mi
ira, con mi odio, con mi desprecio. Quiero construir jardines llenos de
esperanza. Entregando amor, paz,
alegría. Un jardín lleno de vida.
Me gusta iniciar el camino de la Cuaresma de la mano de
María. No sufrió Ella sólo cuarenta días. Fueron muchos más. El
dolor más hondo de María. El abrazo de Jesús muerto en su regazo. El fracaso
humano de su hijo, el hijo de Dios. Albergando la esperanza de la vida eterna
en su seno. Soñando con el imposible de volver a verlo en la tierra. Sin miedo
cuando todo parecía desmoronarse. ¡Cuánto dolor en el pecho de María! ¡Cuánta
soledad y cuánta angustia! Y el miedo tan humano, tan verdadero. ¿Cómo no temer
cuando todo se ha perdido? Ella conservaba la fe y la esperanza. No dudaba de
su Hijo al que amaba tan íntimamente. Pero los hechos hacían pensar otra cosa.
María vivió su vía crucis, su Calvario. El dolor desgarrado de una Madre. El
silencio sobrecogedor entre lágrimas. María estaba firme al pie de la cruz.
Guardaba silencio ante tanta violencia. Sin gestos. Sin palabras. «La madre de Dios ama a un Dios que no hace
ruido y que consume la violencia humana en el fuego de su amor misericordioso»[1]. Yo también quiero amar a ese Dios del silencio. Me gusta su calma. Su
misericordia infinita. María vive como vive el Dios al que ama, como el Hijo al
que adora. Abraza también en silencio. No hay gritos en sus labios. Ni gestos
de furia impotente. No hay deseo de venganza. Ni rencor. Sólo perdón y
misericordia. Es el mismo Dios al que ama. Como yo que amo a ese mismo Dios.
Pero me siento pequeño al comenzar mi camino hacia el Calvario. A menudo siento
rabia y deseos de venganza. No soporto las injusticias, ni los gritos, ni la
maldad. Hoy me detengo a mirar a María. Leía el otro día: «A tu lado María me gusta ser pequeña. Acercarnos a Ella y aprender a amar
nuestra pequeñez. La ternura de María y su sonrisa nos animan»[2]. María es Madre, es educadora, es reina cuando le
entrego mi impotencia. Me enseña a amar como Ella ama. Me enseña su ternura, su
delicadeza, su respeto. Me enseña a guardar silencios y a acoger callando. Me
enseña a admirar amando y a amar sirviendo. Quiero mirarla a Ella al comenzar
estos cuarenta días. Ella se hace firme al pie de mi cruz sujetando en sus
manos el cáliz con la sangre de su Hijo. Nada se puede perder. Ella permanece
firme sin temer la muerte. María ama como Madre. Ama con un corazón grande, con
ternura, con una sonrisa. Me sostiene a mí para que aprenda a sostener mis
pasos. Me vuelvo niño pequeño en su regazo consciente de mis límites: «Cuando en lugar de
hablar de ’ser niño’ hablamos de ’ser pequeños’, la mirada psicológica vuelve al primer plano. Con ’pequeñez de niño’ nos referimos a la
encantadora humildad del niño»[3]. Me veo pequeño a su lado. Me veo necesitado. Menesteroso. Me gusta mirar a
María al comenzar la Cuaresma para sentir su fuerza. Doy los primeros pasos de
su mano de Madre. Me gusta mirar a María como la mira el P. Kentenich: «Si hemos puesto nuestra vida a entera
disposición de María, ella, de modo similar, también se da totalmente a
nosotros: su brazo poderoso, el brazo de su omnipotencia suplicante, el Niño en
sus brazos, la lengua de fuego sobre su cabeza, en su oído el ‘Ave’, en sus labios el Magníficat
y la espada de siete filos en el corazón»[4]. María lleva en sus manos a Jesús. Lleva el Espíritu Santo en forma de
lengua de fuego. El Fiat en su corazón. La gratitud del magníficat en su alma.
El dolor de la cruz en su corazón herido. Miro a María para que me enseñe a dar
la vida como Ella. Y me enseñe a agradecer, a ser generoso. Soy instrumento
dócil en sus manos. Me dejo llevar por Ella para cambiar el mundo: «María actuará, pero no sin nosotros.
Queremos colaborar. Precisamente esa idea de la colaboración dio pie al Capital
de Gracias. Nada sin nosotros. No sólo debemos nutrirnos del Capital de
Gracias, sino multiplicarlo»[5]. Vengo al santuario a entregarle a María mi vida. Es mi ofrenda. Nada sin
mí, sin mi sí, sin mi entrega, sin mi vida puesta a su servicio. Necesito
decirle que sí con mi Fiat. Y agradecerle su abrazo constante con mi
magníficat. María me salva en medio de las dudas y los miedos. Me salva, me
utiliza porque soy su instrumento. Sin su poder no puedo hacer nada. Su brazo
fuerte. Su misericordia infinita. En su silencio me sumerjo para guardar
silencio. Pero no me desentiendo de la vida. Puedo dar más, ser más generosos.
Cargando con mi cruz me convierto en instrumento de paz, de sanación para los
que cargan a mi lado. Miro su confianza ciega en Jesús. La miro a Ella porque
deseo tener una mirada pura, un alma
inmaculada, un amor profundo y cálido. Es lo que quiero. En sus manos puedo.
El demonio tienta a Jesús. En la soledad del desierto es tentado: Jesús «era tentado por el diablo».
Ser
tentado es lo más humano. La tentación me toca en mi debilidad. La debilidad de
Jesús era ser hombre. Había renunciado al poder de Dios. No lo sabía todo, no
lo podía todo, no estaba en todas partes, no era inmortal. Se había limitado en
el tiempo y en el espacio. No podría hacer uso de su esencia divina. Era Dios y
era hombre. No conocía el pecado. No estaba roto por el pecado original. No
tenía la fragilidad que al hombre lo lleva a hacer el mal. Hay en mí dos
fuerzas internas que luchan continuamente. Una de ellas surge de la bondad de
mi alma. De ese Abel que tengo muy dentro. Y otra fuerza me lleva al mal. A
querer el mal. A buscar la maldad que en realidad no deseo. El pequeño Caín que
llevo dentro. Y el demonio conoce mi fragilidad. Sabe que estoy roto y que
puede fácilmente vencer mis resistencias. Puede insinuarme paraísos terrenos
que calmarían mi sed de infinito. Me muestra un cielo en la tierra que él se ha
inventado. Haciéndome creer que seré feliz si como de ese árbol prohibido. O
sigo sus pasos hacia el vergel que él me presenta tan atractivo en medio de mi
desierto, un espejismo. El demonio conoce la renuncia de Jesús. Es el hijo de
Dios. Sabe cómo puede tentar a Jesús. Porque Jesús ha abrazado la carne humana.
Y conoce al mismo tiempo quién es su Padre que lo ama: «Este es mi hijo amado, mi predilecto». Escuchó su voz en el Jordán
y algo saltó en su vientre. Un anhelo de infinito que encontraba un eco muy
hondo. Era Dios. Era el hijo de Dios. Pero no tenía todo el poder de Dios.
Limitado en su carne había abrazado el querer de hombre. Su voluntad débil. Su
alma frágil. El demonio se acerca sigiloso en el silencio de su desierto. Lo ve
con hambre, necesitado porque es hombre. Lo tienta con la posibilidad de no
dejar de ser Dios. Es la mayor tentación para el Hijo de Dios. No tiene por qué
renunciar a tanto. Podría ser Dios entre los hombres. Capaz de todo. Sin
límites. Hacedor de milagros. Un mago. ¿Para qué tanta renuncia? ¿Qué sentido
tiene? Podría salvar a todos. Ser adorado por todos. Respetado por todos.
Incluso temido por todos. ¿Por qué no? El demonio tienta a Jesús que es hombre,
que es Dios. También me tienta a mí como hombre. Quiero ser como Dios. Quiero
ser perfecto y hacerlo todo bien. Quiero hacer todo lo que me propongo. El demonio
conoce mi debilidad humana y se acerca. Tengo una fragilidad en mi alma. Dice
el P. Kentenich: «El hombre siempre tuvo dificultades para arraigarse en el mundo
sobrenatural porque su naturaleza está lesionada, agobiada e infectada por el
pecado original»[6]. Soy
débil. Tengo una herida, la mía, nadie más la tiene igual. La forma de mi
herida es mi forma original de vivir. Estoy herido. Comenta S. Agustín: «Aunque en el Paraíso,
antes de pecar, no podía todas las cosas, con todo, lo que no podía no lo
quería, y por eso podía todo lo que quería; pero ahora, el hombre se ha vuelto
semejante a la vanidad [en vez de semejante a Dios]; pues ¿quién podrá referir
cuánta inmensidad de cosas quiere que no puede, entretanto que él mismo a sí
propio no se obedece?»[7]. Soy
frágil en mi pecado. Ahora no puedo hacer lo que quiero hacer. Antes lo que no
podía no lo quería. Ahora lo deseo, lo quiero. No acepto la renuncia. Me rebelo
contra la impotencia. Sueño con lo que no he elegido. Desprecio lo que poseo. Anhelo
lo que no me pertenece. Por envidia, por vanidad, por orgullo. El demonio
conoce mi alma enferma y me seduce mostrándome como posible lo que deseo. Sabe
que soy frágil en mis amores. Y que lo que hoy deseo mañana lo cambio sin
problema. Conoce la facilidad con la que caigo en la infidelidad y lo rápido
que me canso de las cosas. Conoce mi alma hasta lo más profundo y por eso me
tienta. Me muestra como posible lo que mi alma apetece. Quiere que lo posea
todo, que lo sea todo, que lo pueda todo. ¿Cuál es mi mayor tentación? Tendrá
que ver con mi herida fundamental. Con mi carencia más honda. O no he sido tan
querido como necesito. O no me han valorado en mi entrega y generosidad. O me
han dejado solo y no me han buscado ni enaltecido cuando lo necesitaba. O no me
han dejado la libertad que precisaba y estoy herido. Y entonces la tentación
entra como el agua por la grieta. Se desliza suavemente sin hacer ruido. Cuando
intento darme cuenta es tarde. Hay un fango en mi interior que retiene mis
pasos. No puedo salir. La voluntad claudica y me veo arrastrado hacia dónde no
quiero ir. Es un muro contra el que choco sin poder resistirme. Imposible
resistir su fuerza. Tal vez demasiado tarde para oponer resistencia. Cuando he
dejado entrar el agua suave, o la brisa suave, sin hacer nada por evitarlo. Ya
está todo hecho. Una vez el agua dentro, o el viento dentro. No puedo pararlo
con mi voluntad. He caído. Y me maldigo a mí mismo. Pero no es culpa mía por
esa caída última. Es más bien antes cuando debería haber parado los pasos.
Antes de todo. Cuando aún era más fuerte que el agua débil o que la brisa
suave. En ese momento podía. Después ya
no.
El
demonio tienta a Jesús con la posibilidad de satisfacer sus deseos. Le
ofrece renunciar a sus límites para poder ser Dios: «Todo aquel tiempo estuvo sin comer, y al final sintió
hambre. Entonces el diablo le dijo: - Si eres Hijo de Dios, dile a esta piedra
que se convierta en pan. Jesús le contestó: - Está escrito: - No sólo de pan
vive el hombre». Es la primera tentación. Jesús
tiene hambre y sed después de cuarenta días. Son necesidades básicas. Basta una
orden suya para conseguir alimento. Aquel que resucitará a los muertos y dará
de comer a tantos, ¿no podría en su necesidad satisfacer su hambre? Era
sencillo hacerlo. Trasgredir una norma en beneficio propio. ¿Era ese el sentido
de su camino en la tierra? ¿Había asumido mi condición mortal para satisfacer
sus propios deseos? Una persona me decía hace un tiempo: «Yo nunca pido nada para mí. No puedo. Me supera. A veces pido para
otros. Se lo pido con intensidad a Jesús. Y en ese momento estoy seguro de que
Dios me lo va a conceder. Cada vez que lo he hecho, lo he comprobado». Me
impresionaron sus palabras. No pedía milagros propios. Me reconocí en mi
miseria. Yo sí que pido milagros para mí. Quiero mi bienestar. Busco satisfacer
mi hambre. Intento siempre saciar mi sed y calmar mis ansias. Es verdad que no
siempre obtengo lo que busco. Me frustro en mis peticiones y me amargo cuando
veo que no hay respuesta. Clamo a Dios y me quejo ante Él porque no hace caso a
mi súplica. Yo no tengo el poder de darme de comer a mí mismo. Pero si lo
tuviera, caería en la tentación de utilizarlo, lo sé seguro. Uso mis dones para
mi bien. ¿Es ese el fin de los dones que Dios me da? No lo creo. Me da tanto
para que yo lo entregue. Para que me vacíe por amor. Para que piense en los
otros antes que en mí. Para que ponga a los demás en el centro y así yo me
descentre. Comenta el Papa Francisco: «Hagámonos
prójimos de nuestros hermanos y hermanas que pasan dificultades, compartiendo
con ellos nuestros bienes espirituales y materiales». Pienso en el hambre
del que está cerca de mí. El que sufre, el que está solo, el que no tiene. Yo
vivo tantas veces saciado, colmado, satisfecho. Y no es ese el fin de mi vida.
No soy cristiano para vivir así. Miro a
mi alrededor. Dejo de mirarme a mí. Para mirar el corazón de los que Dios me
confía.
Tienta
el demonio a Jesús con la posibilidad de ser poderoso: «Después, llevándole a
lo alto, el diablo le mostró en un instante todos los reinos del mundo y le
dijo: -Te daré el poder y la gloria de todo eso, porque a mí me lo han dado, y
yo lo doy a quien quiero. Si Tú te arrodillas delante de mí, todo será tuyo.
Jesús le contestó: - Está escrito: - Al Señor, tu Dios, adorarás y a Él sólo
darás culto. Entonces lo llevó a Jerusalén y lo puso en el alero del templo y
le dijo: - Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito: - Encargará
a los ángeles que cuiden de ti, y también: - Te sostendrán en sus manos, para
que tu pie no tropiece con las piedras. Jesús le contestó: - Está mandado: - No
tentarás al Señor, tu Dios». Dueño de todos los
reinos. Inmortal. Invencible. ¿Acaso no era Dios? Esa tentación podía debilitar
el corazón de Jesús. Podría hacerlo dudar. Hacer uso de su poder divino.
Olvidarse de su impotencia. Renunciar a la pobreza de la carne. Y adorar al
demonio. Volver el corazón hacia el mal. Me tienta el poder. De nuevo pongo el
acento en mi yo. Quiero tener poder. Quiero que no me hagan daño. Quiero ser
eterno. Lo llevo impreso en el corazón como un deseo con el que nazco. Que todo
sea mío. Y a cambio, ¿arrodillarme ante el demonio? ¿Convertirme en su servidor
para tener vida, para tener poder? A veces veo que tengo un precio. Estoy
dispuesto a renunciar a mis principios, a mis creencias, a cambio de un bien
que me ofrecen. «Si haces esto…». Hay
siempre una condición. Si dejo de lado mi fe, mis creencias, mis principios. Si
renuncio a mi pobreza. Si me callo. Simplemente tengo que decir que sí a lo que
me piden. Parece sencillo, sólo es un trueque. Renuncio a ser honesto,
verdadero, auténtico, fiel, honrado. Renuncio a amar, renuncio a poner al otro
en el centro. Renuncio a mis límites. Me dejo tenar para conseguir un deseo que
creo que me hará libre. Pero no es así. El límite forma parte de mi felicidad.
Leía el otro día: «El deseo y la
limitación constituyen dos aspectos inseparables de una misma componente, en el
sentido de que ambos van siempre juntos, es decir, que sólo en la fantasía
pueden concebirse por separado. Sin límites no puede haber orden y estabilidad»[8]. Mi corazón se deja tentar fácilmente. El límite forma parte de mi camino.
Es mi verdad más profunda. Tengo límites porque soy mortal, contingente,
humano, débil. Y yo quiero el poder. Me tienta que me obedezcan, que hagan lo
que les pido. Y abuso de mi poder cuando lo tengo en mis manos. Soy poderoso
sólo porque han confiado en mí. ¿Cómo uso ese poder? Quiero ser honesto. No
renunciar a mis principios. Ser auténtico y fiel. El límite forma parte de mi
vocación. Tengo límites que me hacen más humano. Los acepto. Hay deseos que no
se harán nunca realidad. Lo veo con mucha paz y libertad. No deseo lo imposible
que no forma parte de mi camino. Y
sonrío ante esa renuncia que me hace más libre.
Hoy siento que me gusta estar protegido y no caer. No quiero ser herido. No quiero morir. Pero también sé que no tengo que
servir al mal para conseguirlo. Miro a Dios y escucho las palabras que hoy
repito en el salmo: «Está conmigo, Señor,
en la tribulación. No se te acercará la desgracia. Te llevarán en sus palmas,
para que tu pie no tropiece en la piedra; caminarás sobre áspides y víboras,
pisotearás leones y dragones. Se puso junto a mí: lo libraré; lo protegeré
porque conoce mi nombre, me invocará y lo escucharé. Con él estaré en la
tribulación, lo defenderé, lo glorificaré». El Señor es mi Dios. Él me
protegerá. No tengo que temer los infortunios ni las desgracias. Miro mi
historia sagrada. Hoy escucho la historia de Moisés: «Mi padre fue un arameo errante, que bajó a Egipto, y se estableció
allí. Luego creció hasta convertirse en una raza grande, potente y numerosa. Los
egipcios nos maltrataron y nos oprimieron, y nos impusieron una dura
esclavitud. Entonces clamamos al Señor, y el Señor escuchó nuestra voz, miró
nuestra opresión, nuestro trabajo y nuestra angustia. El Señor nos sacó de
Egipto con mano fuerte y brazo extendido, en medio de gran terror, con signos y
portentos. Nos introdujo en este lugar, y nos dio esta tierra, una tierra que
mana leche y miel». Miro mi propia historia. He sido salvado. No tengo que
renunciar a nada para vivir confiado. Dios me lleva en la palma de su mano.
Miro a Dios que me quiere con locura y me recuerda que no me va a dejar nunca.
Esa confianza es la que me salva. No tengo que vender mi alma para conseguir lo
que deseo. Dios conduce mis pasos. Lo que sucede es que me olvido de mi historia
de alianza. Dios me ha elegido, me ha llamado, me ha ido a buscar y nunca me ha
dejado solo. Tal vez sólo tengo que vivir con más libertad interior en el
presente sin desear lo que no me da la felicidad. En ocasiones me tientan
poderes y bienes que no me harán feliz ni pleno. Y en medio de mi vida creo que
son los bienes más importantes que deseo. Pero no lo son. Si tomo distancia. Si
me alejo un poco. Si subo a lo alto de la montaña. Dejan de ser tan relevantes.
No me atraen tanto esos deseos. Hoy escucho: «Nadie que cree en Él quedará defraudado». Miro mi camino. Dios me
hará salir del desierto. O mejor, convertirá mi desierto en jardín. Hará que
florezca mi alma. Calmará mi sed por dentro. Y me dará la paz que necesito. Esa
es la certeza con la que empiezo la Cuaresma. A veces me agobio pensando en
este tiempo. Como unas semanas en las que la renuncia está en primer plano.
Pero no es lo central, me equivoco. Quiero cultivar en estos días el anhelo de
una vida más plena. Más llena. Más de Dios. Quiero que el desierto de mi alma,
donde reina a menudo el caos y el vacío, se vista de cielo y de jardín. Quiero
que mis deseos inconsistentes queden al margen del camino. Porque con
frecuencia no me hace feliz la mera satisfacción de mis deseos. Miro fuera de mí.
Al prójimo. Miro a Dios en mi historia que es siempre fiel. Él nunca renuncia a
mí, me busca, me sigue. Cuenta conmigo. Quiere que tenga paz y sea feliz. Eso
es lo que le importa. Pero quiere que en este tiempo me libere de tantas
tentaciones y cadenas que me atan y me quitan la libertad. Quiere que se
ensanche mi alma para amar más. Quiere que haya más silencio en mi interior
dejando de lado los ruidos que me enloquecen. Quiere que viva para Él buscándolo
en los demás y en lo profundo de mi corazón. Son días sagrados llenos de luz,
de misericordia. Miro mi historia. Dios me ama con locura. Lo he visto a lo
largo de mi vida. Mi padre es un arameo errante. Así comienzo mi historia de
salvación. Dios vino a sacarme de mi esclavitud para hacerme hijo suyo. Escuchó
mis gritos de dolor y vino a abrazarme y sostenerme. Así de cercano y humano es ese amor que se hace carne para mostrarme
desde sus límites humanos cuánto me quiere.