IV Domingo
Tiempo ordinario
Jeremías
1, 4-5. 17-19; 1 Corintios 12, 31-13, 13; Lucas 4, 21-30
«Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos
y, levantándose, lo empujaron
fuera del pueblo hasta un barranco del monte en donde se alzaba su pueblo»
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3 febrero 2019 P. Carlos Padilla Esteban
«Quisiera
que mi amor fuera un cirio encendido en medio de la noche.
Una llama siempre
firme. Sin importar vientos
y brisas. Un amor que se consuma
lentamente. Sabiendo que el tiempo
es eterno»
No sé muy bien
si la vida entera se juega en las decisiones que voy tomando. A veces creo que sí. Decido elegir lo que estoy
viviendo. Aceptar mi realidad. Pero esa decisión
no siempre dura tanto. El otro
día escuchaba a la sicóloga Pilar Sordo. Y contaba la historia de una mujer que
lo había perdido todo en Chile en el
último terremoto. En su búsqueda de la felicidad en medio de la desgracia
le pregunta: «Pilar, yo tomo la decisión de ser feliz
por la mañana a las ocho. Pero
esa decisión no me dura
todo el día. ¿Se puede tomar
la decisión como quien toma un medicamento cada cuatro horas? Yo cuatro horas
sí aguanto». No sé si puedo ser feliz siempre. Tampoco sé sí logro aguantar
cuatro horas. Pero lo que sí puedo hacer es decidir cada cuatro horas ser
feliz. Elegir cada cuatro horas de nuevo la vida que tengo que
vivir y no otra distinta. Elegir
en momentos complicados esas
circunstancias que me angustian y me quitan la paz. No porque desee sufrir.
Sino porque sé que elegir lo que ya vivo, en lugar de vivir negándolo o
rechazándolo, es el único camino que tengo para tener paz en el alma y un corazón sano. Elijo la enfermedad que no deseo, porque no
puedo hacer que
desaparezca. Elijo la pérdida
que me duele muy hondo, porque no
puedo volver al pasado. Elijo mi soledad como compañera del camino, cuando no
estoy acompañado. Elijo el fracaso cuando no he podido lograr la victoria.
Vuelvo a decidir eligiendo lo que tengo ahora, aunque no lo desee. Y lo repito
cada cuatro horas, como si fuera un medicamento. Cada cuatro horas me levanto,
miro a Jesús a los ojos, y le digo: «Te
elijo a ti. Decido vivir contigo esta vida
que tengo. No otra distinta. No te lloro
por lo que no puede
ser. No me hundo al pensar en la
oportunidad perdida. No me amargo
por no poseer ahora lo que antes
me hacía tan feliz. Vuelvo
a elegirte a ti.
Decido
estar contigo. Siempre. No dudo de tu amor». Muchas
cosas en mi vida no van a cambiar nunca.
Algunas porque es imposible la vuelta al pasado. Otras porque por más que
me esfuerzo no logro cambiar mi carácter, mis prisas, mi forma de ser. Intento
en un esfuerzo sobrehumano dejar de apasionarme tanto por las cosas. Para no
sufrir en vano. Ni llorar por vanidades. Lucho por no vivir acelerado actuando
a veces precipitadamente. Lo intento. Me esfuerzo. No siempre lo consigo. Tal
vez tendré que aceptarme como soy de una vez por todas. Soy yo. El mismo
apasionado de siempre que corre por los caminos. Aquel niño al que Dios ama con
locura. Podía haber vivido otras vidas. Podía haber sido todo diferente. Pero vivo mi vida hoy, tal como es. Esta vida es la que me hace feliz. La elijo
de nuevo para no olvidar mi elección primera. No dudo. No tengo miedo. Me gusta
pensar que mi felicidad se conjuga en presente y no en futuros imposibles. Sé
muy bien que de nada sirve llorar sobre
la leche derramada. Porque el pasado es pasado y se agota en un suspiro. Y el
presente es una oportunidad nueva, cada cuatro horas, de renovar mi sí alegre.
Una nueva revancha. Una nueva posibilidad que se abre en una puerta hacia
delante. Sigo los pasos de Jesús y acepto con alegría sus huellas. Quiero
aprender a besar mi vida como es, no como quisiera que hubiera sido. Las
desgracias y las pérdidas pueden dejarme
herido. Pero no acaban con mi vida, no me amargan. Vuelvo a elegir el perdón,
el amor, la paz. Recuerdo el testimonio de Esther Sáez después del atentado del
4 de marzo del 2004: «Una terapia,
no asomarme sólo
a las ofensas que me habían hecho,
sino a las que yo había hecho,
hago y seguiré haciendo. Soy feliz porque
me encontré con Cristo. Nunca
me había parado
a pensar que Cristo había echado el resto conmigo. He necesitado un atentado terrorista para darme cuenta
de esto. Cristo
está a nuestro lado. He aprendido muchísimas cosas de este
atentado. Lo más fuerte ha sido el perdón. Cristo
me perdonó por haber dudado de Él. Él me rescató y me convertí en Pedro. Me puse a llorar. Le pedí perdón». Me conmueven sus palabras. Como ella yo también sé que soy feliz sólo al aceptar
la vida como se me ha dado. Sólo
cuando elimino el rencor de mi alma perdonando. Quiero mirar con paz lo
que soy, lo que vivo. Besar mis heridas
y suplicar que Dios las toque con su mano devolviéndome la esperanza.
Una madre está siempre pendiente de su
hijo. Sueña con él. Lo cuida, lo protege.
Siempre a su lado en momentos difíciles. No duda de lo que hay en su corazón.
No se queda en los hechos, no se fija sólo
en las derrotas. Mira el corazón de su hijo y permanece fiel a su lado. No lo
abandona a su suerte. Una madre conoce a su hijo. Lo ama en su verdad. No se
olvida de ningún hijo. Todos tienen que ver con su historia. Una madre es
misericordiosa. Perdona los errores, las ofensas, los desprecios. Una madre no
se desentiende de la suerte del hijo. Está pendiente de sus progresos. Cuida
sus avances. Cuando el hijo se aleja aguarda paciente. Cuando no llama, o no
escribe. La maternidad es un instinto impreso en el alma de la mujer. En
algunas mujeres es más fuerte que en otras. Guardo en el corazón la mirada de
mi madre. Su espera paciente. Su palabra cariñosa. Guardo sus consejos y sus
silencios. La música de sus pasos. La paz de su sonrisa. Me acuerdo de algunas
palabras suyas dichas solemnemente. Se quedaron grabadas para siempre. No
olvido sus pensamientos. No dejo de lado lo que para ella era importante.
Siempre esperaba alegre mi llegada. No me recriminaba mis olvidos. Sabía lo que
yo necesitaba antes de decírselo. Y me miraba con complicidad en momentos
íntimos. Me decía lo que pensaba con fuerza. Y caminaba con paso lento,
quejándose de mis prisas. Recuerdo su olor, su luz, su voz. Recuerdo su
presencia que todo lo llenaba. Una madre nunca se va del alma del hijo.
Permanece allí siempre anclada, dentro de la historia sagrada de cada uno.
Pienso en María que es mi madre. Y no me
deja tampoco en medio de mis días. Dios me regaló su misericordia en el rostro
de una Madre que me espera con los brazos abiertos. Me mira siempre. Me calma
cuando llego. S. Buenaventura comenta: «Dios pudo haber
creado un mundo
más grande, pero
no una madre más grande»1. María es mi Madre, con mayúsculas. Y el P.
Kentenich reza: «Si no hubieses sido
hasta ahora mi Madre, Reina y Protectora, si Dios
no te hubiera confiado esa dignidad, yo te elegiría libremente. No quiero
a nadie más. Y aun cuando pudiera tener mil otros, sólo
quiero tenerte a ti, la única Elegida
y Escogida. Renuncio a todo apego desordenado a las criaturas y a mí mismo, y prometo una
entrega de corazón
y fiel a la Amada
de mi corazón»2. Fue su Madre la que salvó su vida cuando en medio de sus
crisis estuvo a punto de volverse loco. Ella lo salvó de su caída. Lo levantó y
le dio la paz que necesitaba. María se convirtió en su Madre educadora. Fue
cambiando sus hábitos, calmando sus miedos. Como una madre. María no se olvida
nunca de su hijo. Rezaba
el Papa Francisco en Fátima: «Señor, por culpa del orgullo de mi corazón,
he vivido distraído siguiendo mis ambiciones e intereses, pero
sin conseguir ocupar
ningún trono. La única manera de ser exaltado es que tu Madre me tome en brazos, me cubra con su manto
y me ponga junto a tu corazón. Que así sea». Necesito mirar a María como mi Madre.
Sólo Ella puede
salvarme. Intento ser mejor cada día.
Pero fallo, solo no puedo. Me siento impotente para mejorar. María, mi Madre,
es capaz de sacar lo mejor que hay en mí. El amor consigue que sea mejor
persona. Más dócil, más tierno. Su ternura ablanda mi corazón endurecido. Es mi madre. Y también
es mi Reina. En Ella dejo mis impotencias.
Siento que no logro hacer lo que
pretendo. Desisto de mi propósito, me dejo paralizar por los miedos.
En Ella, que es mi Reina, descanso como
un niño. En mi impotencia veo todo lo que puede cambiar en mí. Si me dejo. En
sus manos educadoras de Madre. Ella vence allí donde yo soy débil. Tal vez sólo
pueda entrar en mí cuando me quiebre. Cuando se rompan de golpe mis seguros y
protecciones.
Cuando abandone esa zona de confort en la que me
siento cómodo. Hoy escribe el profeta Jeremías:
«Antes de formarte en el vientre,
te escogí; antes de que salieras del seno materno,
te consagré: te nombré profeta de los gentiles. No les tengas
miedo. Mira; yo te convierto
hoy en plaza fuerte, en columna de hierro, en muralla
de bronce. Lucharán contra ti, pero
no te podrán, porque yo estoy contigo para librarte». María
me salva.
Desde el vientre de mi madre. Hasta el vientre de
María donde me da forma para que llegue a ser columna firme. Ella se hace
fuerte en mí. Vence en mí y logra una victoria que se me escapa de mis manos.
Pero antes tengo que decirle que la necesito. Tengo que hacerle ver que no
puedo nada sin Ella. Me muestro impotente para que pueda manifestar su poder en
mi vida rota, herida, perdida. Ella puede hacerme de nuevo. Me engendra en su
seno para que brote de mi alma una vida nueva. Esa esperanza es la que pone en
mis entrañas. Un niño inocente concebido en su alma. Me da paz mirar a María y
entregarle mi vida. Necesito su mirada comprensiva, llena de misericordia.
Sonríe y ve lo
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1 Kentenich Reader Tomo 2: Estudiar al Fundador, Peter Locher,
Jonathan Niehaus
2 Kentenich Reader Tomo 1: Encuentro con el Padre
Fundador, Peter Locher, Jonathan Niehaus
bueno que hay en mí. La
belleza que a mí me pasa desapercibida. Cree en mí cuando yo he dejado de creer
y me lanza a la lucha cuando yo prefiero permanecer tranquilo. Ve las
posibilidades escondidas en mi barro. Aprecia la bondad que yo escondo detrás
de mi dureza. Me conoce y no se desentiende. No mira hacia otro lado. Me mira a mí y su paz sostiene mis pasos.
En ocasiones veo que me comporto como todos lo hacen para no desentonar. Es como si no quisiera
quedar excluido de un grupo. No quiero perder la pertenencia. Me asusta la
soledad, la exclusión. En un experimento hecho en la sala de espera de una
consulta se muestra cómo uno se adapta al comportamiento que ve en el grupo sin
cuestionarlo. Con el sonido de un bip todos se levantan y vuelven a sentarse inmediatamente.
Los que van llegando a la sala de espera se incorporan al ritual sin
rechazarlo. Todos lo hacen, yo también lo hago. Se adaptan por miedo a quedar
fuera. Es más fácil formar parte
del grupo. Aunque no entienda las razones del propio comportamiento. Este experimento sencillo se puede aplicar a otras
facetas de mi vida. Un niño sin móvil en una clase en las que todos tienen
móvil y WhatsApp. Unos padres que ceden a las presiones de los padres de la
clase para dejar hacer a sus hijos ciertas
cosas. Es más fácil ceder y adaptarme que mantenerme firme.
Cuando me adapto a lo que todos hacen no me siento solo. Formo parte del
grupo. Pero si no lo hago, siento que la vida sigue sin mí y yo quiero formar
parte de la vida. Tener la personalidad suficiente para no seguir patrones de
comportamiento establecidos no es tan sencillo. Corro el peligro de dejarme
llevar por la masa, por lo que todos piensan o creen. Acabo haciendo lo que no
quiero hacer, y pensando lo que no quiero pensar. No deseo entrar en
confrontación con nadie y por eso me
amoldo. Dejo de pensar por mi cuenta. Dejo de tener ideas originales.
Dejo de actuar de acuerdo con mi forma de ser. Imito, copio, me amoldo. Sigo
los comportamientos de los otros. No me atrevo a desentonar. Tengo miedo a la
reacción del grupo. No quiero la condena, ni la crítica. Esto que parece tan
obvio sucede en muchas facetas de mi vida. No quiero que me señalen como
distinto. Pertenecer a un grupo tiene su coste. Renuncio a mis ideas propias, a
mis formas originales de ver las cosas, a mis actitudes únicas. Renuncio a ser
como yo soy para ser uno más del grupo. Así no me diferencio. Creo que
siguiendo unas normas mínimas impuestas por el ambiente no desentonaré y seré
aceptado por todos. ¡Cuánto me cuesta diferenciarme de los demás! En la vida
cuesta mucho aceptar la originalidad de los otros. Cuesta aceptar las
diferencias. Digo que acepto al otro como es, pero no es así. Muchas veces
quiero que sea como yo quiero. Quiero cambiarlo. Comenta el P. Kentenich: «Incluso cuando creemos tener
abiertas las puertas
de nuestra alma para permitir la entrada de un tú personal y ser acogido
por él, a veces
nos engañamos. Porque
en esos casos
no solemos ver al tú en su figura real,
sino que nos fabricamos
una imagen de él a nuestro antojo,
una imagen que armonice con nuestro propio
yo necesitado. Y así no amamos
al tú con abnegación y con olvido
de nosotros mismos,
sino que, en el fondo,
nos amamos a nosotros mismos.
Medimos al tú con nuestra propia
vara y tratamos
de meterlo en la camisa
de fuerza de nuestro propio
yo; nos proyectamos en el tú.
No servimos a su ideal
personal sino al nuestro. No desarrollamos con
espíritu de servicio su originalidad»3. Quiero al otro como yo quiero que sea.
Intento meterlo en la camisa de fuerza de mi proyecto. Quiero que sea como yo
soy. O de una forma que me parezca adecuada. Me niego a aceptar su
originalidad, sus diferencias y pretendo que renuncie a ellas. Para poder
amarlo tiene que ser como yo deseo. Para que me amen tengo que responder a esa
expectativa que tienen sobre mí. Tengo que dejar fuera lo que les molesta a los
otros. Todo lo que incomoda, lo que es distinto, lo que desentona. Dejo de lado
mi forma de vestir, de comportarme, de pensar, de ser. Lo dejo todo fuera, a la
puerta, para adaptarme a las exigencias del amor. Me piden que sea distinto si
quiero ser amado. Y yo transo, renuncio, me adapto, entrego mi vida con el fin
de conseguir la paz de una convivencia tranquila. Si hago lo que esperan de mí
me aceptarán en el grupo. Si reacciono como espera de mí la persona que me ama,
seré siempre amado. Pero si sigo empeñado en ser fiel a mi originalidad, a mi
ideal personal, no tendré cabida en ese proyecto de amor. Me rechazarán, me
dejarán fuera. No me amarán tanto como deseo. Ya sea en el matrimonio, en la
familia, en una comunidad. No importa donde. Si no cambio no soy amado. Si no
me adapto a los demás y renuncio a mis formas, no voy a ser integrado en el
grupo. Tengo la tendencia a adaptarme. Y tengo la inclinación a exigir a los
demás esa adaptación. Eso no me hace feliz y veo que mi amor no hace felices a
los otros. Cuando no se respeta la originalidad uno no puede ser feliz.
Cuando no se ve con buenos ojos las formas
diferentes. Los
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3 Herbert King, El
mundo de los vínculos personales. Textos José Kentenich
hábitos distintos. Quiero cuidar lo mío, mi originalidad. Si lo hago seré
capaz de aceptar las diferencias de los demás. Mi amor será más abierto y
aceptará que el camino no es la uniformidad. El amor ama las diferencias. Las
integra. El amor verdadero no vive en confrontación con lo que es diferente. No niega lo original. El amor verdadero lo
acoge todo sin pretender cambiarlo.
Con frecuencia compruebo la fragilidad de
mi amor. Me veo desnudo en mi entrega.
Pobre en mi generosidad. Lánguido en mi disponibilidad. Y escucho a Pablo
conmovido. ¡Estoy tan lejos del ideal!:
«El amor es paciente,
afable; no tiene envidia; no presume ni se engríe;
no es maleducado ni egoísta;
no se irrita; no lleva cuentas
del mal; no se alegra
de la injusticia, sino que goza con la verdad.
Disculpa sin límites,
cree sin límites, espera sin
límites, aguanta sin límites. El amor no pasa nunca». Yo
me siento egoísta, triste, con límites en la fe y en la confianza. Débil para aguantar, impaciente para soportar,
frágil para resistir.
Me impresionan las palabras de Santo Tomás de Aquino: «El verdadero amor crece con las
dificultades, el falso se apaga. Por experiencia sabemos
que, cuando soportamos pruebas difíciles por alguien a quien queremos, no se derrumba el amor, sino que crece». El amor se hace fuerte en la entrega. Se hace resiliente, duradero, eterno. Un amor así es el que
les proponía el Papa Francisco a los jóvenes en la Jornada mundial en Panamá: «Decir ‘sí’ al Señor,
es animarse a abrazar la vida como
viene con toda
su fragilidad y pequeñez y hasta
muchas veces con todas sus contradicciones e insignificancias. Asumir
la vida como
viene. Es abrazar nuestra patria, nuestras familias, nuestros amigos tal como son,
también con sus fragilidades y pequeñeces».
Amar así, con el amor de Dios. Amar al diferente, al que no es como yo
esperaba. Amar al que se
rebela, al que me turba, al que no me quiere. Mi amor es frágil. Mi amor a Dios
y a los hombres. Quisiera que mi amor
fuera un cirio encendido en medio de la noche. Una llama siempre firme. Sin
importar los vientos y las brisas. Un amor que viva consumiéndose muy
lentamente. Sabiendo que el tiempo es eterno. Una luz que desgarrare la
oscuridad con rayos de luz
y esperanza. Un
fuego en medio de la vida que
tantas veces transcurre en la penumbra. Un fuego que venza las tinieblas dando comienzo a la vida. Un amor capaz de
hacerse fuerte venciendo los miedos en la tormenta, superando todas las dudas. Necesito aprender a vivir ese
amor que es más grande que mi propia vida. Quiero mirar a Jesús. Les seguía diciendo el
Papa Francisco: «Y así lo hizo Jesús:
abrazó al leproso, al ciego y al paralítico,
abrazó al fariseo
y al pecador. Abrazó al ladrón en la cruz
e incluso abrazó
y perdonó a quienes lo estaban crucificando. ¿Por qué?
Porque sólo lo que se ama puede
ser salvado. No puedes salvar
una persona, no puedes salvar una situación si no la amas. Sólo
lo que se ama puede
ser salvado. En el arte
de ascender la victoria
no está en no caer,
sino en no permanecer caído.
La mano para que te alcen. El primer paso
es no tener miedo de recibir la vida como viene, no tener miedo
de abrazar la vida, como es». Sólo
puedo amar con un amor más
grande que mis límites. Soy tan
torpe y desvalido. Mi
amor se enreda en celos y
dependencias. Mi amor se aturde cuando se desilusiona y desconfía. Mi
amor abandona la lucha cuando todo se vuelve costoso. Un sí eterno me parece milagroso.
No sale con facilidad de mis labios
heridos. Aspiro a un
amor tan grande que supere mis límites. Un amor que no espere nada. Que crea
más allá de las dudas. Que
espere superando las desconfianzas. Un amor que lo soporte todo. Yo me resisto
a aceptar al molesto y exigente, al
que demanda lleno de amargura. Un amor que lo perdone todo. Un amor
misericordioso que no guarde rencor ni se enfade ante comportamientos
distintos. Un amor
que no juzgue ni condene y no
viva esperando recibir lo imposible. Un amor fiel en medio de la noche.
Como ese cirio encendido que rasga la
oscuridad. Un amor que acoja al que no es perfecto como dice el papa Francisco: «Abrazar la vida se manifiesta también
cuando damos la bienvenida a todo lo que no es perfecto, puro ni destilado, pero
por eso no es menos
digno de amor.
¿Un discapacitado, una persona frágil
es digna de amor?
Sí». Y yo me pregunto cada día. ¿Es posible un amor tan
imposible? El amor al frágil,
al que no me
parece digno. Me cuesta. Me duele el alma. Abrazar
al leproso, al rechazado por
tantos. Hay personas que viven marginadas. No cuentan, no son amadas.
No experimentan en sus vidas el amor humano.
Han dejado de creer en los milagros. Yo estoy llamado a amar con un amor
milagroso. Es lo que siempre me sobrecoge. Miro mi vida
y compruebo que
amo mezquinamente a los que me quieren. Los quiero torpemente. Amar
a los que me odian,
a los que me hieren,
me parece una meta inalcanzable. Amar al enemigo, al que no me gusta,
al que me parece indigno.
¿Cómo puedo llegar
a amar con el amor de Jesús que perdona muriendo
en la cruz? No lo entiendo. Me cuesta tanto
amar bien a los que me aman.
Lo otro me parece una quimera. Pero
sigo soñando. Y hoy de nuevo, al escuchar a S. Pablo
y al Papa Francisco, mi corazón se ilusiona. Arde
la llama del
cirio en mi alma. Vuelvo
a creer en los
milagros. Vuelvo a esperar una gracia especial de Jesús que cambie mi mirada y mi alma herida. Sólo
puedo salvar lo que amo. Podré hacer muchas cosas.
Decir palabras muy bonitas. Hablar de realidades que todavía no suceden. Pero «si no tengo amor, no soy nada». Dar limosna,
hacer algo por otros. Pero si no tengo amor, si no lo
hago desde el amor, de poco sirve. Quisiera tener un amor así de grande. Como
el de Jesús. Me siento lejos al no poder abrazar lo diferente, no besar lo
distinto, no aceptar lo que me incomoda. Ese amor tan grande es el que sueño.
¡Cuánto me
cuesta aceptar las cosas que no son como esperaba! Hoy Jesús es rechazado en su propio hogar. Después de haber despertado la
admiración al leer al profeta Isaías: «Todos
le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de sus labios». Después de la alabanza viene
la reprobación y el rechazo: «Al oír esto, todos
en la sinagoga se pusieron
furiosos y, levantándose, lo empujaron fuera del pueblo hasta
un barranco del monte en donde se alzaba su pueblo, con intención de despeñarlo». Lo rechazan, porque no creen en Él.
Porque es uno de ellos: «Y decían: - ¿No
es este el hijo de José?». Jesús esperaba
más fe en su pueblo, en sus familiares y amigos. Y recibe dudas, desconfianza y desprecio.
Tal vez es lo mismo que me sucede a mí. Me resulta difícil ver a Dios
oculto en lo cotidiano, en lo vulgar, en lo conocido. Me es más fácil mirarlo
de lejos, tomando distancia. Cuando lo miro en la lejanía me parece más
perfecto todo lo que veo. Las personas a las que admiro me resultan más
inmaculadas y dignas de admiración. Pero luego, cuando lo miro de cerca en la
carne humana, dejo de ver lo extraordinario en lo que me resulta familiar. Deja
de llamarme la atención. A mí me pasa tanto en la vida. No admiro la santidad
de los que conozco, de los míos, de los que están más cerca. Con facilidad elogio
al santo que veo de lejos. Decía
el Papa Francisco en Panamá:
«No siempre creemos que Dios
pueda ser tan concreto, tan cotidiano, tan cercano y tan real,
y menos aún que se haga tan presente y actúe
a través de alguien conocido como puede ser un vecino,
un amigo, un familiar». Admiro las virtudes que no me rozan.
Exagero su bondad y su belleza cuando no veo tan bien. No me alegro de las
personas que conozco en su fragilidad. No me alegro de mí mismo porque sé cuál
es mi miseria. No me emociono con la pobreza de aquel al que conozco. Aunque
haga milagros y otros los admiren, yo no admiro su carne humana. Quizás tiene
razón hoy Jesús:
«Os aseguro, ningún profeta
es bien mirado
en su tierra».
Nadie es profeta en su tierra. Allí soy
uno más. Uno del montón, del grupo. Uno que no destaca por nada en especial.
Jesús era sólo el hijo del carpintero. Me da miedo el rechazo de los que me
juzgan y condenan por mis obras y mis palabras. Vivo expuesto a las críticas y
al rechazo. ¿Por qué lo temo tanto? También a mí en algún momento querrán
despeñarme por el barranco como a Jesús. Querrán mi muerte cuando sean testigos de mi pobreza,
de mi pecado. Cuando se escandalicen de mi vida y no me consideren digno de
alabanza. Temo tanto el rechazo. Busco la admiración y la alabanza de los que
me rodean. Hay cosas que hago deseando la aprobación. Quiero que otros se
alegren de mis éxitos.
Pero no quiero seguir la senda de Jesús
que me puede llevar al fracaso. No quiero aceptar mi verdad, mi debilidad, mi
imperfección. Los demás desean ver en mí lo que ellos no poseen. Yo hago lo
mismo con aquellos a los que admiro. Tapo su pecado buscando que sean perfectos
e invencibles. No quiero ver su mancha, su fragilidad, su derrota. Me parecen
inmaculados aun sabiendo que no lo son. Y yo deseo tanto la aprobación, el
aplauso, el éxito. Pienso en mí, en mi propia fama, en mi propia felicidad. Me importa más que la gloria
de toda la Iglesia. Siempre recuerdo ese dibujo de un niño mirando una torre en
la distancia comparada con su dedo: «Sin
duda mi dedo es más grande que la torre», decía. Es verdad. Me importa más
mi dolor que el dolor de muchos. Me afecta más mi rechazo que el que sufren
otros. Comenta el escritor japonés Yoshida Kenko: «Que alguien que no entienda mi forma de pensar me llame loco
si así lo desea, que piense que no estoy
en mis cabales
y que carezco de sentimientos. Los insultos no me molestarán y las alabanzas no las escucharé». Me gustaría
reaccionar así frente
a los insultos y las alabanzas. Santa indiferencia. Quiero vivir así
sin importarme tanto cómo me ven los demás, cómo me juzgan, qué opinan de mí.
No vivir tan pendiente del éxito de todas mis empresas. Hoy Jesús fracasa. Quiere
estar con los suyos y los suyos no quieren
que se quede con ellos.
No tienen fe en
Él, porque esperaban milagros: «Haz
también aquí en tu tierra lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaúm». Conocían
su fama. No pueden entender que no haga milagros en su tierra, con los suyos.
No entienden que no se manifieste con su poder salvando a sus vecinos
y familiares. ¿Quién
es Él?
Sólo es el hijo del carpintero. Un
impostor. Un hombre como cualquiera de ellos. Puede pasarme lo mismo. Llego a un lugar en el que me miran
con recelo y desconfianza. Y no muestro
lo que hago, lo que pienso.
Puede que lejos de ahí, en otro entorno más receptivo, sí lo haga. Y quizás con
los míos, con mis hermanos, no me muestro. Puede suceder en mi familia. Allí
guardo silencio, no actúo, no
digo lo que hago fuera con otras personas. Temo el
rechazo y la crítica. Me da miedo que los míos no me alaben ni admiren mis
capacidades. Las escondo por temor, por pudor. Soy alguien distinto fuera
cuando veo que tengo una misión y experimento la aceptación. Tal vez sea cierto
que nadie es profeta en su tierra. Porque allí saben de dónde vengo. Palpan a
diario mi debilidad. Son conscientes de mis imperfecciones y se sorprenden. Me
miran con cierto desprecio. No valoran lo que hago bien ni me ponen en el
centro. Allí, con los míos, no destaco en nada. Soy uno más en la masa. Y nadie
conoce de verdad lo que soy para otros. El límite es mío. El problema es mío.
Prefiero guardar silencio antes que ser rechazado. Callo para que no se burlen
de mí. Me escondo buscando mi seguridad.
La Iglesia está compuesta de hombres frágiles,
heridos y pecadores. Ahora muchos se escandalizan de la Iglesia al ver su
pecado. Ven su pobreza y se alejan avergonzados. Y tienen razón. Porque el
cristiano se avergüenza de sus incoherencias. Y ver el cuerpo de Cristo tan
herido y roto escandaliza los corazones inocentes. Cuesta aceptar la debilidad
del cuerpo de Jesús. Cuesta mirar con paz su carne enferma. En ocasiones
prefiero extirpar lo que está podrido para que no se pudra todo el cuerpo. Lo
hago en mi propia vida. Pero aun así dudo de una santidad libre de toda culpa.
Me desilusiono al esperar más de lo que veo y chocarme una y otra vez con la
fragilidad humana. Con la debilidad de la Iglesia. Tal vez deseo una perfección
que nadie posee, ni yo mismo. No me conformo con la realidad como es. Me rebelo
contra el pecado y la impureza
que veo en mí y en otros. Sueño con una perfección que no existe en carne humana.
Sólo en Cristo que no tuvo pecado. Pero luego veo la impureza, la indecencia,
la incoherencia, la debilidad y me duele el alma. Sé que tengo que curarme a mí
mismo antes de querer
curar a otros:
«Y Jesús les dijo:
- Sin duda me recitaréis aquel refrán: - Médico, cúrate
a ti mismo». Soy
consciente de mi pecado. Sé que quiero curar a otros mientras veo en mí la
herida, el dolor, la fragilidad, la enfermedad. Y escucho en el alma:
«Médico, cúrate a ti mismo». Intento
curar mis heridas. Una a una.
Sé cuáles son. Tengo claro que yo curo desde mi herida abierta. Desde mi dolor
manifiesto. No puedo esperar a estar yo bien y perfecto para poder servir de
ayuda a alguien. Eso no va a ocurrir nunca. Nunca estaré en perfecto estado.
Nunca luciré una vida sin mancha ni pecado.
Nunca mi piel estará libre de arrugas y cicatrices.
Soy capaz de acompañar el dolor de otros mientras mi corazón duele en lo más
profundo. Puedo aligerar la carga de muchos corazones mientras el mío va cargado. Sé que solo no puedo hacerlo, por
eso las palabras del salmo me dan esperanza: «Mi boca contará tu salvación, Señor. A ti, Señor, me acojo. No quede yo derrotado para
siempre; Tú que eres justo, líbrame y ponme a salvo. Inclina
a mí tu oído, y sálvame». Es
Jesús, el sanador
herido, quien me convierte
en médico enfermo. Médico que cura a quien tiene fe en la salvación. Porque hoy
no creen en el poder de Jesús. Por eso quieren
matarlo. Jesús, al no ver fe en ellos, sigue
su camino: «Pero Jesús
se abrió paso entre ellos y se alejaba». Muchos enfermos no fueron
curados en Nazaret.
Faltó fe. Siempre
hace falta fe. Siempre es necesario que yo crea para
que otro pueda hacer algo por mí. Jesús va a curar a los que tienen fe. A veces
me encuentro con personas que no creen y no quieren ser curadas. Vuelven a lo
mismo de siempre, porque no quieren cambiar. Están cerradas. Viven en su dolor,
en su enfermedad y no desean cambios. Sólo puedo pasar de largo. Y llegar al
que tiene deseo, necesidad, fe. Así hicieron Elías y Eliseo: «Os garantizo que en Israel
habla muchas viudas
en tiempos de Elías. A ninguna de ellas fue enviado Elías
sino a una viuda de Sarepta. Y muchos leprosos había en Israel
en tiempos del
profeta Elíseo; sin embargo, ninguno de ellos fue curado, más que Naamán,
el sirio». Fueron a sanar
a quien tenía
fe. Aunque fuera extranjero.
Cuando el Papa Francisco habla de la periferia se refiere a esto. A veces sólo
quiero que refuercen mis creencias cuando escucho al que me habla de Dios.
Quiero que me digan que están de acuerdo con lo que yo ya pienso. Busco que condenen
al pecador para justificar mi perfección. Y no
logro percibir mi pecado. En el fondo de mi alma no quiero que nada cambie en
mi interior. Me falta fe. No deseo la conversión de mi corazón herido. No
quiero ser curado quizás porque no sé lo profunda que es mi herida. No me doy
cuenta de la impureza de mis intenciones. De la podredumbre de mi piel. Me creo
que no tengo que perdonar a nadie y no acabo de comprender que la amargura que tengo tiene un origen. Habrá alguna
herida de mi pasado que no logro ver. Un rostro concreto. O muchos rostros. Tal
vez no soy consciente de que mi ira tiene detrás rostros y heridas de algún
tiempo ya olvidado. Tengo mi lista de personas que me han hecho daño. Y sigo
pensando que los enfermos son los otros y no yo. Sólo cuando me detengo y
callo. Cuando me arrodillo y siento. Afloran a la superficie de mi alma
sentimientos encontrados. El deseo de perdonar y ser perdonado. El deseo de
cambiar y seguir como hasta ahora. El deseo de curar a otros y de ser curado yo mismo.